Arsenal encontró al fin una sonrisa: guiado por Jara, autor del 2-1 (tras un regalo de Manzur) y figura, ganó su primer partido en el Apertura. Tigre no dice ni miau.
Asombró el partido de Tigre, con los bolsillos aún llenos por los cinco goles de Colón. Seamos justos, sin embargo, con el Matador: el toque, el dominio y la paciencia que tanto se le elogia al equipo de Cagna puede verse, en partidos así, como apatía, sometimiento y lentitud. Castaño parecía marcar con desidia, Arruabarrena y San Román no eran opciones de salida, a Oviedo le costaba romper, sólo Giménez terminó abollado de tanto ir, de tanto querer lastimar, atacar, y Morel, ay Morel, qué decir de ti. Dos veces tocó la pelota el enganche de Tigre: en un tiro libre y en la única vez que pisó el área (buen pase atrás para Lazzaro, quien calculó mal). Antes y después, el fastidioso trotecito de quien no quiere estar ahí. La nada misma, el amigo Morel.
El orgulloso paso al frente que dio Arsenal fue orgulloso sólo porque lo adjetiva su reciente pasado. El equipo de Burruchaga había sido peloteado, la fecha anterior, por el Racing de Caruso. Visto así, entendido así, Arsenal dio entonces un paso gigantesco, exagerado, aunque no haya muchos argumentos que pueda repetir. Es un celebrado hecho la solidez de la zaga, la salida, la velocidad, el toque y la pegada de Cristian Alvarez (golazo de tiro libre) y el destape de Jara. Luego, más que festejar, habría que observar, detectar, purgar falencias. El doble cinco es un cinco doble: tanto Marcone como Pérez Castro gustan de la marca, y no hay entonces alguien que la pida, la tenga, juegue, acelere. Sena llegó al fondo apenas tres veces, y Galván, dos. De Medina, disculpe usted, todavía no conocemos cómo patea al arco. Apenas podemos conocer la victoria, este 2-1 que desanuda un poco la soga en el cuello, la eterna soga en el cuello que muchas veces no nos deja jugar, soñar, o soñar mientras jugamos.
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