Ya estamos compartiendo el clima de Semana Santa, cronología de los acontecimientos más trascendentes que nos trae el mensaje de Jesús, en esa cumbre de Pasión y Muerte que señaló el cauce del credo cristiano. Somos cristianos.
Nuestro país es católico, apostólico y romano, contenido doctrinario que nos muestra a Jesús redentor como entrañable referencia en relación al Padre Eterno. Sí, nuestro país es declaradamente cristiano en tradición y fe, aunque desde hace varios años los símbolos se han desteñido y muchos íconos fueron arrumbados.
Las motivaciones religiosas quedan de lado, en relación al torrente de ofertas turísticas, porque se busca y se aprovecha cada “fin de semana más largo”, propicio para el descanso y la distracción, relegando obligaciones intransferibles de todo cristiano. Somos impulsados por esa corriente imparable de la indiferencia, por hacer uso de la calificación más leve.
Pero nadie puede negar que mientras transcurre la Semana Santa la invitación a reflexionar está en el ambiente. Aprovechémosla para dirigir nuestra mirada y sentimiento hacia el interior de nosotros mismos, para cerciorarnos de nuestras acciones, de esa oportunidad de amar a Dios y a nuestros semejantes que se renueva cada mañana.
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