Clelia y Antonio Benegas son dos de los pocos habitantes que quedan en Challacó. El paraje fue un activo pueblo que llegó a tener un cine, una escuela y hasta una facultad. Como tantos otros lugares de la provincia, surgió de la mano del petróleo y de YPF, pero los 90 lo condenaron.
En los años 50 pasaban dos trenes: el de pasajeros y el de carga. También había un campamento de YPF donde vivían cientos de familias y que se había conformado luego de que en 1941 se descubriera petróleo en la zona.
Allí, en ese barrio creado para los empleados, llegó a funcionar la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional del Comahue. También un cine, una escuela primaria, un comedor, una enfermería y varias canchas para practicar deportes. Hoy sólo quedan los restos de construcciones desmanteladas.
Antonio y Clelia Benegas tienen 70 y 75 años. Son los pobladores más antiguos y una de las cinco familias que quedan en el lugar. Clelia llegó de chica, junto a su madre y tres hermanos, luego de que su padre fuera trasladado para trabajar como cocinero en el campamento de YPF. Allí pasó casi todo el resto de su vida. La posibilidad de que los niños pudieran hacer la primaria en la escuela de Challacó fue una de las razones por las que la familia decidió trasladarse. No fueron los únicos: el paraje llegó tener más de 2.500 habitantes. Clelia se reconoce como "la única nativa que queda" y se niega a partir.
Antonio nació en Plaza Huincul, pero de chico viajaba hasta Challacó para vender diarios, donde conoció a Clelia. Tiempo más tarde entró a YPF a trabajar en la zona de tanques de acopio, hasta que se jubiló 25 años después. Ella también trabajaba. Al principio viajaba a Cutral Co, donde estudió para profesora de manualidades. “Me llevaban en un auto de YPF porque mi papá era empleado”, relató. Años más tarde se desempeñó como maestra en distintos parajes hasta que su padre se enfermó y se fueron a Plaza Huincul.
El petróleo
Luego de descubrir petróleo en el lugar, YPF construyó el campamento para los empleados. Llevó gas, luz y agua potable, mientras que Ferrocarriles Argentinos montó pabellones para los trabajadores, al costado de la estación. “Era un barrio muy lindo. Teníamos un club, canchas, de todo; había muchas familias y eran muy unidas”, contó Clelia. En 1965 se construyó la Facultad de Ingeniería con residencias para estudiantes de todo el país.
Clelia y Antonio volvieron de Plaza Huincul en los '70. Se instalaron en la casa donde ella se había criado y donde viven en la actualidad. Tienen intacto el recuerdo de los años en que el pueblo estaba lleno de vitalidad: “La estación estaba en pleno apogeo, corrían los trenes y había hasta un negocio”, comentaron. Para los habitantes de Challacó el tren era fundamental, no sólo como medio de transporte, sino porque también marcaba el pulso del pueblo. “Paraba en la estación a las 11 de la mañana. Toda la gente lo usaba para viajar a Huincul, a Neuquén o a Buenos Aires”, relataron.
Ese trajín desapareció repentinamente en los noventa. En 1993, el tren dejó de pasar tras la privatización de Ferrocarriles Argentinos y el campamento desapareció con la de YPF. Los Benegas fueron testigos de ese cambio. “Cuando se privatizó todo no había vida acá. Esto era un desierto. Y la gente se empezó a ir", contó Antonio.
En Challacó sólo quedan unas diez personas y la mayoría vive de la venta de animales. En la planta de acopio entran y salen camiones que transportan petróleo y es lo único que quedó de aquel viejo campamento. La estación del tren está abandonada y en su interior duermen los animales de un criancero. El esqueleto oxidado de cuatro vagones de carga descansa sobre las vías que se pierden en el suelo arcilloso.
Pese a todo, Clelia y Antonio decidieron quedarse. Viven de los animales y de sus jubilaciones: “Es la tranquilidad más linda, no te molesta nadie”. Para Antonio no existe otro lugar donde pudiera continuar su vida. “¿Adónde?”, se pregunta. “La vida mía es acá. Vos estás en el pueblo y es un bullicio. No puedo dormir la siesta y es un gastadero”, contó entre risas.
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