Una familia vive en un campamento abandonado de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Es en el paraje iglesiano llamado El Carrizal.
"En ese momento no sabíamos de qué se trataba. Estas tierras eran de mi padre, se las pidieron prestadas para instalar un campamento y él accedió. Quince años después se fueron, dejando todo lo que habían levantado", dijo Juan Brizuela, quien contó además que después de que pasó todo, se enteraron para qué servía el uranio (una gran fuente energética).
Juan vive en El Carrizal junto a su esposa y tres de sus hijos. Ahora ocupa las construcciones que dejó la CNEA. Se trata de una serie de cabañas de madera todas iguales, que sirvieron para alojar a quienes realizaron las perforaciones. También dejaron los sanitarios. El campamento estuvo habitado desde 1974 hasta 1989. Ahora sirve para alojar a los turistas que pueden llegar hasta el paraje, al igual que los baños.
Los Brizuela mantienen la construcción intacta. Parece que no les hubiese pasado el tiempo. Un parral, las plantas de doña Elba y un par de perros le dan al lugar un toque hogareño. "Lo único que veíamos en esa época era cómo hacían las perforaciones. Todavía hay pozos de más de 40 metros y se conservan intactos túneles y pasadizos que también construyeron durante la búsqueda", dijo Juan. Según el hombre, la gente de la CNEA no daba detalles de la tarea. Y de un día para el otro, se fueron dejando el campamento en pie.
Juan se fue a vivir allí y construyó una casita al lado de las cabañas. Desde entonces, en el lugar aloja al personal de varias empresas mineras que llegaron a la zona para buscar oro. Los turistas aventureros también tienen su espacio. A los Brizuela les gusta recibir visitantes. Dicen que el contacto les sirve para no despegarse demasiado de la civilización. Aunque buena parte del año viven totalmente aislados porque el río crece y corta todo acceso posible entre Angualasto y El Carrizal.
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