Escribe OMAR BELLO - Sin duda, en el futuro Mario Meoni será recordado por el traslado de la Terminal. Claro que la gran pregunta es: “¿Cómo?”.
Cuando el inefable representante de Edelweiss (Mr. Portalet) salió de nuestras oficinas después de una accidentada y por momentos hilarante entrevista, alguien me comentó: “Arruinaste el negocio”. Con la experiencia que tengo sobre los hombros contesté: “Jamás. Ningún medio puede llegar a tanto; eso sí, dudo que esta empresa siga adelante”. Más por viejo que por diablo, entendía que se vendría un cambio cosmético como al fin ocurrió con Rowing SA quien, hay que decirlo, parece mejor armada a pesar de algunas cuestiones que casi todas las empresas constructoras arrastran y son fáciles de encontrar en Internet.
Ya lo dije alguna vez: el traslado de la Terminal es la gran obra de Mario Meoni y desde ese lugar será evaluada. Por un lado, se trata de algo que los juninenses querían, por otro, imposible que quede liberada del mote “negocio”, en especial porque muchas cosas se manejaron con desprolijidad asombrosa desde el punto de vista comunicacional. Ahora vendrán idas y vueltas judiciales, amparos y otras yerbas por el estilo, lo cierto es que ya está aprobada y la postura de la oposición resultó lamentable: no siempre hay que ganar las discusiones, podrían haber ido para perder exponiendo sus argumentos. A mi nada modesto entender, la ausencia es antidemocrática (no fue ningún opositor).
A los ojos de Meoni, la realización de esta obra es una obsesión. Quizá entienda que debe hacerla o esconda algún tipo de razón que desconocemos (todo puede ser en la viña del Señor). Lo cierto es que se le puso en la cabeza y no hubo forma de convencerlo acerca de lo contrario. De hecho, no todos estaban tan convencidos en su gabinete y hasta fantasearon con la realización de un plebiscito que los liberara de las consecuencias posteriores. ¿Por qué? Saben que durante los próximos años se la pasarán dando explicaciones, y esa situación poco tendrá que ver con los resultados o el impacto ambiental de meter mil quinientas personas por manzana en un ciudad que, en el mejor de los casos, tiene trescientas. Siempre habrá alguien dispuesto a introducir el dedo ahí, donde quedaron puntos sueltos que la “desesperación” no ayudó a coagular.
Pero lo que nadie sabe es que el proyecto estuvo a punto de naufragar por cuestiones que nada tienen que ver con las sospechas o el respaldo de las empresas involucradas. Durante varios meses, tres personas pasaron noches sin dormir debido a un problema de permisos que se complicó feo. ¿Quiénes fueron? Mario Meoni, Damián Itoiz y Javier Gabrielli. Sólo ellos sabían que estaban a punto de pasar el papelón de sus vidas (y de dejar pasar una gran oportunidad) debido a que el proyecto estaba flojo de papeles. En realidad los más afectados hubieran sido Meoni y Gabrielli, igual que el Chapulín Colorado, Itoiz fue llamado para apagar el incendio (cosa que hizo con proverbial eficiencia).
Se avanzó sin un permiso de tierras que debía otorgar la Gobernación y Damián lo habría conseguido en tiempo record. El drama es que llegaron hasta el punto de largada sin siquiera saber que ese paso era necesario.
La oposición se enteró en algún momento aunque cometió un error: creyó que los terrenos no le pertenecían al municipio y por eso andaban convulsionados. Siguiendo esa pista falsa que, según algunos habría sido plantada a propósito, le dieron tiempo a Damián para que manejara el entuerto y lo solucionara.
Lo cierto es que Meoni acaba de lograr la inmortalidad conquistando la aprobación de un proyecto polémico pero que, si juzgamos la escasa reacción popular, a la gente le importa menos que la implantación de un cartel de bienvenida en las puertas de la ciudad.
Y otra vez le debe parte de su “gloria” (o escarnio, la historia dirá) a Damián Itoiz que sacó las papas del horno en tiempo justo.




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