Fue quien soñó con el Paralelo 33. ¿Qué es ese Paralelo? Es el Corredor Bioceánico. Sería prudente en este momento observar la relación de correspondencia entre el Atlántico y el Pacífico.
También supo percibir el potencial termal, pero no como un negocio inmediato sino permanente. No obstante esta presentación, Oscar Badano es mucho más. Los que lo conocen dan fe de eso. Que le gusta el desarrollismo, como aquellos que saben que no hay desarrollo sin antes educación. Dicen los que saben que el homo sapiens, que desplazó al homo faber, es un desarrollista.
El diálogo que sigue no habla tanto del ingeniero como del hacedor. Es que Badano comparte más sueños que recuerdos. No se ubica como sabio o el dueño de todas las respuestas. Es un ingeniero que no desafía a ningún Dios, sino en todo caso a sí mismo. Punto ideal para comenzar a dialogar hasta el final.
Oscar Alberto Badano Coronel nació el 9 de noviembre de 1941 en Gualeguaychú. Casado, padre de seis hijos y abuelo de doce nietos, le gusta remontarse en las enseñanzas de los antepasados para construir el mañana.
Es el mayor de cuatro hermanos, de padre comerciante y madre docente. Vivió sus primeros diez años en la estancia La Selmira. Su abuela materna fue directora desde 1914 de la Escuela N° 27, más tarde su madre la releva en el cargo y Oscar cursa sus primeras letras en aquella circunstancia donde la posta de la responsabilidad se pasaba de manera generacional.
-¿Qué buenas referencias para hablar de raíces?
-Así es. Mi abuela incluso se recibió en la primera promoción de la Escuela Normal que fue en 1913 y al año siguiente ya estaba dando clases en la Escuela N° 27, en la Estancia La Selmira. Ahí conoce a mi abuelo y tienen cinco hijos, entre ellos mi madre.
-¿Cuándo decide su familia radicarse en la ciudad?
-Estaba finalizando mi segundo grado y como tenía que continuar, la decisión no se hizo esperar, porque además ya percibían que esa necesidad la iban a tener con mis otros hermanos menores. Mi padre deja el almacén que tenía en La Selmira y se radica en la ciudad y pone un almacén en Irigoyen e Ituzaingó. Mi casa paterna era San Juan y Neyra y actualmente sigo en el mismo barrio. La primaria la curso en la Gervasio Méndez y más tarde ingreso al Colegio Nacional “Luis Clavarino” Anexo Comercial de 1955 hasta 1959, que me recibo.
-La suya fue una generación que más que profesores tuvo maestro, en el sentido más cálido del concepto.
-Sí. Recuerdo a la profesora Gómez Cattaneo. Tuve como docentes a Rodolfo García, Pebete Daneri, Ruperto Gelós, América “Pildorita” Barboza, que era compañera de mi abuela y se había recibido en aquella primera promoción de la Escuela Normal. Más que docentes eran instituciones, porque no se limitaban a la enseñanza de sus materias sino que constantemente nos educaban en valores.
-La ingeniería es muy general, cuál fue su especialización…
-Fue ingeniería metalúrgica. Siempre me reconocí con un espíritu inquieto y esa era una especialidad que recién nacía en el país. Quiero aportar un dato, que para mí es histórico. En esos años estaba como Presidente Arturo Frondizi y abracé los ideales del desarrollismo y la motorización del país a través de la industria. Por un lado mi gusto por las Matemáticas y por el otro lado las ideas del desarrollo, me inclinaron por la ingeniería. Y la especialidad metalúrgica era muy nueva, incipiente, a tal punto que no había ningún ingeniero recibido cuando ingreso a la Facultad y en 1965 me convertí en el egresado número diez del país.
-Regresa de inmediato a Gualeguaychú…
-No. Me recibo en diciembre de 1965 y tenía cinco opciones laborales. ¡Mire cómo era la Argentina de entonces! Lo concreto es que para los primeros días de enero de 1966 ya estaba trabajando en Somisa. Frondizi alentó la industria automotriz, la industria petrolera, con él nació en el país prácticamente la industria siderúrgica. Ingreso a Somisa el 10 de enero de 1966. Ingresamos ochenta ingenieros para reemplazar a los que habían venido de Estados Unidos para poner en marcha esa empresa. Allí estuve hasta 1970. Somisa estaba integrada por cinco mil personas. Era una potencia en todo sentido.
-¿Y luego de Somisa?
-Trabajo dos años en Kaiser Aluminio que estaba en La Plata. En 1971 ingreso a Gurmendi, en Avellaneda donde logro un mayor desarrollo profesional. A través de esa firma tuve la suerte de conocer casi todo el mundo, porque me especialicé en la fabricación de chapa galvanizada. Conocí Japón, gran parte de Europa y Estados Unidos. Ahí estuve hasta 1980. Fueron años duros, porque en el medio estaba el proceso militar. En 1990, se produce otro cambio y las industrias nacionales comienzan a desaparecer. En ese año estaba en Aceros Bragado en Rosario y con el cierre de esa empresa decido regresar a Gualeguaychú.
-¿Cómo fue el proceso de retornar a su ciudad?
-Me había ido en 1966 y regreso luego de 25 años. Y creo que lo hice como un instinto. Cuando un animal se siente perdido, acude a su nido, a su hogar; justamente para buscar protección. Y ahí están los amigos de siempre, la familia, la comunidad. Y decido poner una panadería que se llamó “La B” y estaba sobre calle San Martín. La innovación fue la elaboración a la vista.
-¿De fabricar acero a fabricar el pan hay un trecho?
-Sí, pero se parecen en mucho. Se toman varios elementos y se obtiene un producto. Lo importante era transformar y hacer cosas. Fue una sensación la panificación a la vista. Recuerdo que los domingos las panadería cerraban y yo proponía producción continúa. Pero empiezan a nacer los supermercados y trajeron la panificación con elaboración a la vista con los hornos eléctricos. Dejó de ser negocio.
-¿Y cómo llegó a la presidencia de la Corporación del Desarrollo?
-Fue en 1996. Estaba representando al Centro de Defensa Comercial e Industrial por mi rol como panadero y me proponen esa responsabilidad. Y ahí pude canalizar mi vocación no sólo desarrollista sino también por el prójimo y el interés general. En 1996 se realiza un cambio revolucionario en Corporación, porque después de 22 años asumía yo como su segundo presidente. Es decir, fue el segundo presidente de esa entidad en dos décadas. Hoy que se habla tanto de no a la re re elección, muchos deberían mirar ese espejo.
-¿Con qué se encontró?
-Corporación había hecho una obra gigantesca que era el Parque Industrial, pero carecía de objetivos. Y el desarrollo es mucho más que un Parque Industrial. Como entidad de segundo grado había que tener una idea del desarrollo mucho más amplia. El Parque Industrial es una herramienta, un medio, no un fin en sí mismo. Además de inaugurar la traza vial del Parque, hicimos una gigantesca tarea de ordenamiento administrativo y económico. Cuando asumimos, la Corporación estaba fundida con una deuda en 1996 de 500 mil dólares, todos los terrenos del Parque estaban embargados, no se habían pagado las cargas sociales de los empleados a pesar de que se les habían realizado las retenciones, además de tener hipotecada la sede. La contabilidad se hacía manual y nosotros bancarizamos esa contabilidad y le dimos mayor transparencia. E hicimos algo muy importante: con mi gestión modificamos el Estatuto para que la presidencia no sea eterna como venía sucediendo. Por eso le digo que en 22 años tuvo un solo presidente.
-¿Cómo terminó esa gestión?
-Muy bien. Saneamos la institución y recuperamos el Parque Industrial. Por la promoción industrial, muchos empresarios compraban en Gualeguaychú, radicaban un domicilio y gozaban de los beneficios impositivos; pero la fábrica la seguían teniendo en Buenos Aires y aquí no abrían ninguna fuente de trabajo. Tuvimos que hacer una recomposición importante para recuperar los terrenos y así se empezó a traer industrias de verdad.
-¿En ese contexto nace el Paralelo 33?
-De alguna forma. Se había creado el Mercosur, y habíamos visualizado el vínculo terrestre desde el Atlántico hasta el Pacífico. Así comenzamos desde Corporación a establecer redes con otros países. En ese entonces era rotario y conocía a alguien que nos podía abrir las puertas en Río Grande, Brasil, que era un puerto importante y que representaba la cabecera o la base en el Atlántico. Nos recibieron con los brazos abiertos y confirmamos que ese puerto es el más importante del Brasil y recorrimos el Uruguay por el Paralelo 33, es decir, por el medio. Y por otro lado tomamos contacto con personas en Malargüe, Mendoza, donde insistían con la necesidad de tener un paso fronterizo hacia Talca, Chile. Aún hoy siguen dando esa pelea. Y toda esa región del Paralelo 33 desde Brasil hasta Chile, donde el Paralelo es Gualeguaychú tiene una idiosincrasia bastante parecida, una historia y una cultura común y un futuro común. Claro que hay que ser generosos, porque si bien el Paralelo pasa por Gualeguaychú, la autopista que une la costa del Uruguay con la del Paraná puede pasar por Concepción del Uruguay, Colón o finalmente Concordia como se la ha diseñado. Es decir, el Paralelo 33 es algo más que su propia precisión geográfica. Llevamos esa idea a Victoria, a San Luis, a Rosario, a Paysandú, Fray Bentos, Montevideo, Capital Federal, Mendoza, Brasil, San Nicolás e incluso Junín en la Provincia de Buenos Aires que el intendente de entonces, Abel Paulino Miguel, fue un gran entusiasta. El Paralelo 33 es la base de la hoy Región Centro, que integra Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba. Pero lo otro que para nosotros era más importante era abrir polos educativos integrando Chile, Argentina y Brasil.
-¿Y cómo se recepcionaba esa idea?
-Con mucho entusiasmo por parte de cada autoridad de cada pueblo. La idea no se abandonó sino que es de construcción permanente. Se llame o no Paralelo 33. Lo importante es que cada comunidad aporte sus talentos para una real y efectiva integración que sea el combustible del desarrollo armónico.
-¿El desarrollo es productivista?
-Es un concepto incompleto, porque sin educación no hay desarrollo. Gualeguaychú tiene el perfil industrial, agropecuario, comercial, de servicios, turístico, cultural. Lo que nos puede estar pasando es que la dirigencia no debe mirar tanto las elecciones como a las generaciones.
-Volvemos al hogar. Su padre tomó una decisión de venirse del campo a la ciudad pensando en los hijos… en las generaciones que vienen.
-Siempre tengo presente esa decisión, que no habrá sido fácil. Pero es un sacrificio para logros superiores. Tal vez como comunidad y como sociedad nos esté faltando ese espíritu, que ha sido en su momento tan dinámico en Gualeguaychú. Como ciudad tenemos una gran ventaja que es su ubicación geopolítica y que además es natural y no depende de nadie. Es dueña de una historia muy fecunda, tiene una comunidad laboriosa y es un pueblo pujante y solidario. Pero es insuficiente: hace falta una actitud de grandeza por parte de quienes protagonizan la historia. Tenemos que deponer intereses individuales para pensar en las generaciones que vienen.
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