Por: Ricardo KirschbaumLa elección del 28 de junio, cuya aprobación holgada fue exhibida como un gran triunfo, tiene un significado legal y otro político. Se trata de una convocatoria a renovar parte del Senado y de Diputados, pero también de aprobar o no el rumbo y el modo que el oficialismo le ha impreso a los negocios oficiales
El mensaje se completa con la demonización de lo que puede venir. De allí las alusiones permanentes a la "Alianza remanente" o a la huida en helicóptero, refrescando así las imágenes de la caída a plomo de De la Rúa.
Se trata de una gigantesca simplificación de la realidad con una doble finalidad: agrupar a sus fuerzas y, a la vez, crear o incrementar temores sobre el futuro si el oficialismo queda débil por una regular o mala actuación electoral.Las alusiones veladas o directas de un abandono del Gobierno si el kirchnerismo pierde han surgido de sus propias entrañas. Han sido declaraciones irresponsables y perversas para la propia Presidenta y para el sistema democrático. Pero constituyen el remate de esta táctica extrema.Quienes se preparan para una batalla definitiva en Buenos Aires, tanto el oficialismo como la oposición que acepta un plebiscito que no es tal, deben saber que estas tensiones extremas afectan aún más a las instituciones que dicen defender y servir.
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