Después de trabajar muchos años recién ahora está "en blanco" y con aportes. Sin embargo, la inseguridad le puede jugar una mala pasada
Hace cinco meses que tiene este nuevo oficio. Nació en Rivadavia y desde los 7 años ayudó a sus padres en la chacra que tenían en Corralitos. Ahora le esperan sus hijas, de cinco y dos años, y su esposa, en la casita que alquilan en Rodeo de la Cruz. Su rostro, apacible, denuncia sus antepasados norteños. Morocho, de ojos pequeños y oscuros. Pelo negro y parado como "alambres". Habla con calma y bajito. Sus oraciones son breves, a veces entrecortadas; apuntan a lo importante: poco adjetivos.
Como todos los trabajadores de esta Argentina moderna, agradeció a Dios el trabajo que tiene y rogó por mantenerlo durante mucho tiempo. La "plata" que gana le alcanza para los alimentos y algo de ropa y rasguña el mes.
Los últimos diez años se los dedicó a la construcción: peón, medio oficial, oficial, fueron los escalones de tanto sacrificio al frío, al sol, al viento y encima, en negro, siempre en negro. Trabajó para una gran empresa que construyó un gran hotel en medio de la ciudad de Mendoza y nadie le permitió acceder al "privilegio" de estar en los libros, ni siquiera los "controles de la autoridad competente".
Dentro de un taxi, ahora, parece que le tocó la suerte. Es que al fin está "en blanco" después de tantos años de trabajo.
De repente, un dejo de resignación se metió en su voz al recordar que los ladrones nuevamente se acordaron de ellos, los taxistas. Y como un rosario de quejas, comenzó a narrar los asaltos de los últimos días, de noche o a plena luz del día. David encuentra incomprensible tanta malicia con las víctimas que sufren golpes y toda clase de vejaciones e incluso, una chofer violada.
David sigue hablando de su vida sencilla. La ropa que comprará a sus hijas para que vayan a un cumpleaños el fin de semana. Todo muy sencillo. Con zapatitos blancos y trencitas bien armadas. No faltan dos o tres palabras de amor para su esposa, esa compañera que "banca" todo.
El nuevo taxista como tantos de sus compañeros no sabe que desde hace mucho tiempo atrás, dos o tres años, ya deberían contar con elementos considerados indispensables para cuidar sus vidas dentro del auto: un blindex grueso que los separe físicamente del pasajero que deberá subir atrás, cámaras de video que grabarán la cara de los viajeros y el pago con tarjetas para evitar que el dinero en efectivo pase por sus manos sacando del medio el tesoro que buscan los malvivientes. Hay para todo esto financiamiento del Estado. Los sindicatos ya dieron su okey. ¿Qué esperan los dueños de los taxis para hacer lo que vienen posponiendo desde hace tanto tiempo? Nadie quiere un muerto más para avisarnos que la vida se está poniendo muy, pero muy difícil.
Comentá la nota