Hay un importante foco de contagio en el ingreso al puente que se está construyendo, donde es permanente la incineración de huesos, vísceras, plásticos y otros desechos. Y a la basura se suma el frío, la peor amenaza de todas las noches, para quienes la dureza de su suerte sólo les deja espacio en las almas para pedir continuar sobreviviendo
Actitudes sumisas y miradas tristes son la constante entre estos olvidados de siempre. Indigentes harapientos, que sufren la pobreza, el aislamiento, el frío y la mugre que otros depositan en las puertas mismas de sus precarias casuchas.
Son esos seres que pasan desapercibidos en el trajinar diario, los que sufren la soledad, la necesidad, el olvido. A los que el transitar por este mundo les dejó más espinas que rosas.
En la tierra de los pobres también hay inseguridad, la de no saber cómo se sobrevivirá a cada frío, cuando el viento taladra los huesos y el hambre se asoma a la hora de cada almuerzo o cena. Y es importante el foco de contagio que se genera en el sector de ingreso al puente nuevo a raíz de la permanente incineración de huesos, vísceras, plásticos, aerosoles y otros variados desechos. Quienes viven allí, a diario soportan el olor inmundo y el humo intolerable que emana de ese basurero, de varios metros de extensión, ubicado en la costanera sur, sobre la calle Oncativo.
Alberto Monte (47) vive enfrente del basural, a pocos metros de la desembocadura del nuevo puente que se está construyendo, y se queja amargamente por las condiciones de vida que tiene. “Ahí hay un caballo muerto. Tengo que aguantar todoProxy-Connection: keep-alive Cache-Control: max-age=0 se olor. Vienen de la Municipalidad, miran y pegan la vuelta. Por qué hay que aguantar esta mugre. Está lleno de ratones por todos lados. No se les puede decir nada a los que tiran la basura porque enseguida quieren pelear. Acá vienen los camiones todo el tiempo y tiran escombros, también chatas y carros. Y en lugar de poner todo en el contenedor, lo tiran afuera. Así no se puede más. Le hemos dicho a la Municipalidad, pero no hay forma de que nos lleven el apunte. Ese contenedor hace dos semana que no lo vienen a vaciar”.
Los habitantes del lugar conviven con el horrendo paisaje que proporciona ese amontonamiento de escombros, animales muertos y cueros putrefactos, botellas plásticas, chapas, telgopor, ropas y bolsas de residuos.
Santos (21), que no quiso ser fotografiado, ni que se publique su apellido, dijo: “El humo es terrible. Acá siempre hay fuego. Hay muchos chicos y esto es un peligro para la salud. Limpiaron cerca de donde están haciendo el puente, nada más. Los caballos vienen y rompen las bolsas. Y también se comen el plástico, por eso hasta se mueren”.
En cuanto al frío, el joven señaló: “No tenemos nada para calentarnos. Tengo un bebé de meses y mi casa es una heladera. Venimos pidiendo una garrafa desde hace dos meses y nadie nos escucha”.
Nada los aleja de la exclusión y la deshumanización. Son pobres que pasan estas crudas noches invernales casi a la intemperie. Unas chapas y unas lonas como techo, agujeros en las paredes, pedazos de maderas que hacen las veces de puertas y ventanas… y mucho, pero mucho frío.
Cerca de ese aciago lugar vive Stefanía Centeno (18), una joven desocupada, madre de tres niños de 3, 2 y 1 año. Dijo que para combatir las bajas temperaturas estaban usando una estufa a leña, pero que no tienen más con qué alimentarla. “Salimos a buscar algunos palitos, pero no hay nada”, comentó. Y siguió: “Hemos pedido gas, pero no hay.
Anoche estuvo duro para dormir, entra el aire frío por todos lados”.
No tienen piso, ni puertas, ni vidrios en las ventanas, que apenas son tapadas con unos plásticos. Dos de las aberturas de su casa están cubiertas con unas maderas, que sacan cada vez que entran o salen. Entre el techo y el final de la pared de la habitación hay un agujero extenso por el que el viento parece soplar más que afuera y el frío se hace sentir sin piedad. En esa frágil vivienda viven seis adultos y cinco chicos.
Estos hombres, mujeres y niños cuentan apenas con precarios refugios para hacerle frente al clima hostil y nada indica que sus vidas puedan cambiar demasiado, parecen condenados a transitar por el aislamiento social y el abandono personal que poco ayuda a su autoestima y cada vez parece alejarlos más de la vida de todos los días que transcurre a escasas seis o siete cuadras.
Pablo (25), un changarín al que el frío y el basural que han hecho cerca de su casa lo tienen al maltraer, dijo: “Limpian en otros lados, pero no acá. Nos trajeron el contenedor al lado de la casa. Cada vez hay más mugre”.
“Yo me crié en este barrio, pero ya no se puede vivir más así”, se quejó este muchacho, papá de un bebé de seis meses, que contó que no tiene nada con qué calefaccionar su casa. “Está re frío y no podemos comprar gas porque no tenemos garrafa; si
consiguiéramos una, por lo menos podríamos poner una pantalla”, señaló, al tiempo que agregó: “Esta semana fuimos a buscar una orden de gas y no nos quisieron dar”. Y siguió: “Todo lo que tenemos es una garrafita de dos kilos, para cocinar. Si me vendieran un envase grande, yo lo podría pagar en cuotas. El nene tiene que dormir con nosotros, porque está muy frío”.
En su mayoría son familias jóvenes. En general numerosas, sin ocupación y con pocas posibilidades de conseguir trabajo estable. Surcados por la miseria, despojados de esperanzas, curtidos por el sufrimiento, adormecidos ante tanta carencia material y alimentaria, su aspecto vislumbra los golpes que les dejó la vida en la extrema pobreza y el desabrigo que les cala los huesos en medio de las calamidades a las que los somete esta helada estación.
Cecilia Castro (15) está embarazada de siete meses, vive enfrente del basural de la calle Oncativo y no tiene cómo aplacar el frío que se cuela por cada rincón de las dos piezas en las que vive con su esposo, que trabaja como changarín. “Ahora estamos por hacer una estufa a leña, porque no se aguanta el frío. No tenemos nada con qué calentarnos un poco. La puerta está rota y se mete todo el viento”, comentó, mientras mostraba el triste interior de esa pobrísima casita. Y agregó: “Nos acostamos vestidos para poder dormir y ponemos ropas arriba de las frazadas”.
“Y cuando nazca el bebé, no sé qué vamos a hacer con este frío”, dijo esta jovencita que abandonó la escuela hace un año.
Ese infierno, caldo de cultivo de la delincuencia, la droga, la prostitución, las enfermedades respiratorias crónicas, las discapacidades físicas y mentales, sin tratamientos adecuados, el alcoholismo, es el mundo que les toca a muchos vecinos, que están ahí no más, cerquita de donde a diario se pasa en auto para ir a Banda Norte por el puente Juan Filloy.
Silvia Beatriz Hidalgo, aunque aparenta haber pasado los 50, apenas tiene 34. Le falta la mayoría de sus dientes y sufre de una enfermedad que le dificulta caminar, por lo cual tampoco puede trabajar. Vive con su marido y su nena de 11 años en dos precarias piezas, levantadas en medio del basural. El techo es de chapas, el piso de tierra y las paredes están sin revocar. “No tenemos ninguna estufa, ni nada para el frío. Es duro vivir así. Encima, hay mucha mugre, todos los días vienen y tiran la basura”, dijo.
Su esposo, Antonio Castro (41), que es ayudante de albañil, señaló: “No sólo que no hay para el gas, tampoco tenemos agua, y la luz la hemos traído con un cable así no más”.
El dolor que genera el abandono de las personas y la piedad que brota al ver los ojitos de esos niñitos llenos de vida y las ganas de sus jóvenes mamás de criarlos a pesar de todo lo que no tienen, son las dos caras de una misma moneda, lo peor y lo más bello de los seres humanos, que se conjugan casi de manera inexplicable en esa villa miseria, llena de historias de sufrimiento, pobreza, violencia, desamparo, hambre y frío.
Se refugian entre maderas y plásticos, al lado del río
Atravesados por la desocupación, armaron precarias chozas en la orilla del río. Usan tarimas de maderas como paredes y los techos están cubiertos por plásticos. Así viven Héctor Ayala (40), su mujer Alicia Arabel (34) y su hijito de 12 años, expuestos a contraer enfermedades, en medio del basural ubicado detrás de donde estaba la jabonera de Alberdi, que hace años se llevó la correntada.
Se dedican a recoger cartones, vidrios y otros desechos para vender. Y su forzoso oficio de cirujas los empujó a la peor de las miserias, sin luz, ni agua, ni gas, ni abrigos, ni vecinos, ni baño. Están solos, al lado del cauce, a la espera de que lleguen los camiones y carros con basura, y a escasos 500 metros del coqueto country, que está cruzando el río, sobre la ribera norte.
Tanto para comer como para calefaccionarse y alumbrarse recurren al fuego, ya sea en una fogata enfrente de la casucha o con un candil, cuando llega la noche. Dicen que necesitan de todo y que han pedido en reiteradas oportunidades ayuda a la
Municipalidad, para poder levantarse una casa.
Parecida es la situación de Fernando Magallanes (37), padre de seis nenes, de entre 1 y 12 años. Un desocupado que fue al basural en búsqueda de ladrillos para fabricarse una estufa, porque no tiene con qué mitigar el frío.
El hombre que estaba con tres de sus niños y que contaba con un carro que empuja a mano, como único transporte, dijo: “Cuando no tengo trabajo, me vengo a ver qué puedo encontrar. Y traigo a los chicos para que jueguen un poco, porque en la casa no se puede estar por el frío que hace”.
Ignacio Bracamonte (13), que vive en José Serrano al 150, se mostró alegre porque encontró una bolsa de cemento en el basural. Estaba allí, con uno de sus cinco hermanos y contó que hace poco hasta lograron hacerse de un par de zapatillas, que estaban tiradas.
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