Soportan la pestilencia de la basura para conseguir alimentos, juguetes, ropa y libros

Cientos de personas viven diariamente de lo que otros desechan en los vaciaderos municipales, y nadie quiere ese futuro para sus hijos. LA GACETA recorrió los distintos basurales donde las administraciones de Monteros, Concepción y Famaillá arrojan lo descartado por sus 110.000 vecinos, en total.
Fogatas a ciego abierto, trabajo organizado o personas que acuden por su cuenta para poder mantenerse, completan un paisaje desolador en medio de críticas situaciones sanitarias irresueltas

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La basura del Gran San Miguel de Tucumán salió nuevamente de debajo del tapete. Dos fallos judiciales -uno de la Justicia provincial y el otro, de la Federal- contra Pacará Pintado reavivaron la controversia por la disposición final de los residuos sólidos urbanos (RSU).

Sin embargo, no es un problema exclusivo de los municipios de la capital y sus alrededores -cuyo desperdicios fueron a parar a Pacará Pintado durante años-, sino de muchos del interior que tampoco logran resolver la problemática.

LA GACETA recorrió los predios donde Famaillá, Monteros y Concepción arrojan los desechos que producen sus habitantes. En los tres casos, se trata de vaciaderos a cielo abierto. Según los intendentes, que coincidentemente en algún momento fueron investigados por la Justicia Federal en causas por presunta contaminación ambiental, son basurales que se utilizan de manera provisoria.

Entre el humo

Cinco columnas de humo grisáceo pueden verse desde la ruta 38. Con el olor, son los dos indicativos del sitio en el que el municipio de Famaillá, a 35 kilómetros de la capital, deposita los residuos que generan sus más de 30.000 habitantes.

El basurero municipal no dista demasiado de uno clandestino: no hay cercas perimetrales, carteles que prohiban el paso ni maquinarias trabajando. Pero las principales irregularidades que se observan a simple vista son la quema de basura (cuando este medio lo recorrió había al menos cinco montículos encendidos), el ingreso de vehículos particulares para tirar basura y la mezcla de residuos orgánicos con inorgánicos.

Una veintena de familias pululan entre las 24 toneladas de desperdicios que descargan los camiones del municipio por día. Escarban para buscar elementos que puedan vender (botellas, metales, cartones, vidrio y papel) o rescatar (ropa, calzado, muebles rotos y cajones, entre otros).

"Está feo el basural, muy desordenado. Pero ahora llega el encargado y comienza a prender fuego", delata Magdalena Beltrán, un ama de casa de 44 años. Con su madre, suele ir a buscar cajones de madera: "es para encender el fuego, porque si no, no se prende. Pero no vengo casi nunca", dice avergonzada. Cuenta que vive en Nueva Baviera y que aprovecha el trayecto hasta el vaciadero para "caminar un poco y pasear". "A veces le consigo cosas lindas a mis chiquitas como ropa, zapatitos y muñecas. No sé por qué la gente tira esas cosas", se asombra la mujer.

"Desde la mañana y hasta la noche hay gente que trabaja aquí. De algo hay que vivir... Sino, tienen que salir a robar para comer", sentencia Rafael Chaile, un jornalero de 41 años. Es un asiduo visitante del predio, donde reúne pan duro o restos de verduras para alimentar los chanchos que cría. "Está muy dura la situación en Famaillá. Trabajo en el arándano y el limón y apenas saco para dar de comer a mi familia, pero hay gente que está peor y viene a buscar alimentos en la basura", se angustia.

Marcelo Díaz, de 48 años, es empleado municipal y se presenta como responsable del lugar: "aquí vamos amontonando y enterrando todo. Pero no crea que nosotros quemamos la basura, es la gente que viene a revolver. Será que la prenden para poder ver bien", argumenta pese a que es media tarde y el sol abrasa el predio.

Monteros se ordena

El basural de Monteros sí tiene un cartel y un alambrado, que marcan distancia: "prohibido el paso de personas ajenas. Vaciadero controlado". Está a varios kilómetros de la ciudad y recibe por día alrededor de 18 toneladas de desperdicios que arrojan sus 28.000 vecinos.

Juan Ruiz, de 45 años, coordina las tareas de separación de elementos: "aquí no entra nadie que no sea empleado del Municipio (distante 53 kilómetros de San Miguel de Tucumán). Nosotros separamos los plásticos y los vidrios para que sean vendidos. Es peligroso que gente que no toma las medidas de seguridad esté entre la basura". El hombre señala las enormes bolsas de arpillera y puntualiza que no hay grandes montículos porque, además de sacar lo que tiene algún valor comercial, van acomodando y tapando los residuos orgánicos. "La máquina municipal suele venir casi todos los días. Siempre estamos ordenados por si viene alguna inspección de ’la ciudad’ o de Buenos Aires", advierte. Comenta que la topadora más grande tiene el motor fundido y la están reparando; por ello, utilizan palas más pequeñas, que trabajan el doble de tiempo.

En Concepción se mudó

Los pobladores de las orillas del río Gastona, a 70 kilómetros de la capital, recuerdan cómo el agua arrastró el basural durante las inundaciones de 1997 y 2007. "La correntada se llevó todo, los chiqueros quedaron sin chanchos. Pero nos metimos al río y atrapamos a casi todos", relata "Pucho", de 8 años, en referencia al último incidente. El nene junta botellas en el basural y cuida las cabras que tiene su familia cerca del vaciadero municipal, que ya no está recostadas sobre las márgenes sino que se lo mudó a unos 200 metros más adentro, hacia el Este.

El terreno, alquilado a una familia de lugareños, recibe ocho descargas diarias de los camiones recolectores (llevan la basura de 50.000 vecinos) y algunos residuos extra que recoge la Municipalidad como escombros o ramas.

Darío Cuello, de 24 años, es hijo del dueño del lugar y advierte que todo cambió desde que "mudaron" los residuos: "hay más moscas pero tapan las pilas con tierra y una vez por semana, fumigan. Además, ahora tengo trabajo".

Es uno de los 20 jóvenes (entre hermanos, primos y amigos) que separan los desperdicios y luego los venden. "Trabajamos en equipos de a dos y conseguimos casi $ 300 por semana. Con eso mantengo a mis dos hijos", revela. Se declara acostumbrado al olor pestilente y asevera que nada "le da asco". "Entre la basura encontramos muchos libros, pero no sé leer. Los embolsamos y ofrecemos como papel", relata. Confiesa que no sueña con cambiar de trabajo porque nunca fue a la escuela y "no sabe nada", pero está convencido de algo: quiere que sus niños jamás tengan que pisar un basurero.

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