Por: Carlos Pérez LlanaEXPERTO EN RELACIONES INTERNACIONALES (UNIVERSIDAD SIGLO 21 Y DI TELLA)
Con motivo de la expropiación de empresas argentinas en Venezuela y de las afirmaciones del presidente Chávez en Brasil, donde sostuvo que las empresas brasileñas no sufrirán igual tratamiento, recuperó entidad un viejo tema, el ingreso de Venezuela al Mercosur, pendiente de la aprobación brasileña y paraguaya.
Las negociaciones tendientes a perfeccionar el ingreso venezolano en verdad nunca prosperaron. Venezuela debe proteger a su incipiente industria, alejándole competidores, mientras los productos que exporta provienen del complejo petrolero, de manera que ese comercio se desarrolla en otros espacios, en verdad no siempre transparentes. Pero existe una paradoja: como Chávez asiste protagónicamente a las Cumbres del Mercosur, el imaginario diplomático incluye a Venezuela como socio cuando en verdad no lo es. La diplomacia bolivariana es inteligente: sube la apuesta y logra un protagonismo internacional a través de los medios de comunicación que recogen las reuniones de un proyecto que todavía concita interés mediático.
Salvo que el objetivo fuera otro e inconfesable -v.g transformar al Mercosur en una mera zona de libre comercio-, Brasil y la Argentina poco ganan ofreciendo una plataforma política a un gobierno cuya sensibilidad internacional básicamente se expresa en la esfera petrolera de la OPEP -en cuyo seno Chávez no logra concitar apoyos más allá de Irán- y en la confrontación permanente con Washington, sin distinción de quien habite en la Casa Blanca.
Plantear el ingreso de Venezuela al Mercosur como lo más relevante de la agenda sudamericana es un error. La lógica fundacional de este emprendimiento es incompatible con una economía crecientemente estatizada como la de Venezuela. Si comparar es conocer, retrocedamos a la Guerra Fría e imaginemos a un país miembro del Mercado Común socialista -el COMECON- postulándose en Bruselas para ingresar a la Comunidad Europea. Ni siquiera un país "no-alineado" y socialista como la Yugoslavia de Tito imaginó algo semejante. Sencillamente el modelo europeo de integración supone la plena vigencia de una economía de mercado, instituciones sólidas, reglas de juego claras en el marco de una democracia representativa, con libertad de prensa y vigencia de los Derechos Humanos.
Es más, en Europa siempre resultó vital la existencia de un marco jurídico que regule la competencia. Si un Estado miembro de un proceso de integración es asimismo el principal actor económico, ninguna empresa privada puede competir con quien administra los recursos en beneficio propio o de los "capitalistas amigos".
Si el Mercosur todavía conserva potencial estratégico, resulta indispensable profundizar la integración económica, porque allí se hace la política. Si se invierte la fórmula, pensando en sustitutos ideológicos o geopolíticos, nuevamente se impondrá la retórica latinoamericana.
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