La denuncia de un caso de abuso en un colegio religioso irrumpe en la tranquilidad de una localidad balnearia y desata una cacería humana: una horda de padres indignados está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de encontrar a los responsables.
Cámara Gesell (Planeta, 2012), la última novela de Guillermo Saccomanno, hace una radiografía de una sociedad violenta, mezquina, careta y corrupta a partir de la colección de recortes de diarios, del chisme de algún vecino, de las conversaciones que surgen en un asado de obreros o de lo que aporta un remisero indiscreto. “Es un catálogo de miserias humanas”, define el escritor en diálogo con 0223.
- Un montón de historias trazadas por un común denominador, la violencia. ¿Eso es Cámara Gesell?
- Esa puede ser una definición. Yo también diría una historia compuesta de muchas historias a través de una sucesión de relatos compuestos por voces, fragmentados.
El armado responde a una idea tomada de las películas de Robert Altman, donde personajes que al comienzo no son protagonistas pasan a un primer plano, mientras que los que estaban en un primer plano pasan al segundo y se va armando un entramado. Hay muchas historias y una sola historia porque es un pueblo. Un pueblo está cargado de historias, te habla todo el tiempo. Siempre digo que con esta novela me gustaría que me dijeran que está bien escuchada más que mejor escrita.
El pueblo tiene un deporte favorito: el chisme, el rumor. Yo me crié en un barrio de calles de tierra y noto que un pueblo tiene bastantes comportamientos de barrio, donde uno le cuenta a fulano lo que hizo mengano y lo que empezó con un bofetazo en la mitad de una cuadra, cuando llegó al final de la calle, fue un magnicidio.
Fue prestarle atención a los distintos registros, tonos y voces, porque no habla igual el criollo de Madariaga que el santiagueño que viene a laburar en la temporada. Es el tano, el gallego, el cheto, el de clase baja, el marginal, el chorro, la mucama. Me interesaba ver lo que contaba el pueblo, que está en perfecta y continua ebullición.
- ¿Por qué decidiste «escuchar al pueblo»?
- Porque así es como siempre uno encuentra historias. Hemingway decía que el escritor tenía que tener un radar, un detector de mierda prendido todo el día. Yo no quiero extremar hacia el detector de mierda, pero creo que hay que tener un detector prendido todo el tiempo y andar siempre con una libretita, cuaderno, lapiceras y grabador.
La novela es un catálogo de miserias humanas pero también hay algunos que intentan -dentro de esta oscuridad- una búsqueda de luz, una persecución de coherencia, de ética, de solidaridad. Que después lo logren o no, es otra cosa, pero por lo menos plantear que no todo es negrura.
En comunidades como esta, Bariloche o Mar del Plata, todos piensan que la temporada nos va a salvar, pero cuando llega marzo, empieza el gran letargo blanco del frío y la sudestada. Y con eso, se ve en primer plano la abyección social mucho más fuerte.
Cada vez que un político adquiere un cacho de poder, agranda la cocina, se compra una 4 x 4; se separa y se mete con una pendeja; compra un bulo y se mete en un spa en Mar del las Pampas. A diferencia de lo que pasa en las grandes ciudad, en un pueblo todo eso se ve sin necesidad de que te lo cuenten.
- Si bien siempre aclarás que en el libro no se está hablando de Villa Gesell, el título sugiere lo contrario.
- El título es un disparador, fue puesto con picardía. Se llama Cámara Gesell porque quien la inventó, el doctor Arnold Gesell, la usaba para trabajar con chicos con problemas y eso le permitía estudiar el comportamiento de los pibes que eran esquizos y hacer el seguimiento de una terapia, etcétera. Después se ha usado en marketing, en política para las mediciones de imagen y en policiales y judiciales para interrogatorios.
Mi idea de ver a través de la Cámara Gesell me permitía aludir y no aludir al pueblo. Es como que todo el pueblo está visto desde esa cámara y yo también estoy adentro, claro.
- Pero, ¿qué dice la gente? ¿Cuál fue la reacción de tus vecinos?
- Más allá de las críticas entusiastas que he recibido, a mí lo que más me importaba era cómo se leía en el pueblo, mi vecino.
La lectura es, por un lado, chismosa, pero también agradecida. Por otra parte, te tenés que comer las puteadas que llegan -a través de otras personas- de aquellos que se sienten tocados. De pronto, un remisero me pregunta si me molestaría pasar por su casa para que le firme el libro que le regaló su mujer. O de golpe te encontrás con una amiga que te cuenta que una amiga suya que yo no conozco sostiene que me metí en su sexualidad porque conté que hay un cura que curte con una mina cuando, en realidad, en todos los pueblos los curas curten con todas las feligresas que pueden. O sea, yo no inventé nada.
La novela toca zonas álgidas de la sociedad donde está en juego la corrupción y lo que yo denomino la criminalidad y no la inseguridad, que es una sensación. Hay que dejarlo a Blumberg que hable de la inseguridad, esto es criminalidad.
- ¿Cómo es eso?
- De los 40 mil habitantes que tiene Gesell, un 1% está prontuariado: mecheras, estafadores, pungas, golpeadores, alcohólicos, dealer, chorros de todas las edades. Eso habla de lo que pasa en la sociedad. Una sociedad que se ha empobrecido es necesariamente una sociedad que se vuelve violenta. La pobreza genera resentimiento y pobreza y la impudicia de los medios mostrando riqueza desde la revista “Hola” hasta la procacidad de Tinelli, genera resentimiento. Es decir, se está generando una ideología del maltrato, del abuso, del joder al otro, del individualismo, de la trepada, de la mezquindad. Esto es violencia y se refleja después en el maltrato doméstico, en la adicción. Esos son los conflictos de una sociedad que está muy vulnerada desde hace muchos años y tiene que ver con la complicidad civil y con la careteada. Uno, quizás, no entiende una página de economía, pero si querés saber sobre la economía de un país, mirá la página de policiales, porque ahí te explica y te desarrolla mucho mejor la situación económica de un país. Del mismo modo, uno puede pensar una sociedad a partir de los distintos tipos de crímenes. Esta novela no la escribí yo, la escribieron ustedes.
- Y esa crisis que mencionás lleva a que mucha gente quiera hacer justicia por mano propia.
- Esto habla de un corrimiento hacia la derecha de ciertos sectores bajos porque también en el delito se perdieron los códigos.
Yo nací hace casi 65 años en Mataderos, un barrio de calles de tierra pero en el que había códigos: el chorro que andaba de caño era un señor y no le robaba a doña Teresa de acá al lado o no te entraba a robar en el barrio; es más, hasta podía llegar a cuidarlo. Esta cosa que puede sonar hasta mafiosa, se perdió y hoy, el plomero, el gasista, la verdulera o la mucama viven al lado de un pibe chorro, que es hijo de un chorro y nieto de un abuelo chorro. Ese pibe chorro, por un fasito o por un saque, va a robar al lado y está en complicidad con la cana.
Es muy compleja la trama porque la justicia te está pidiendo que el pobre viva al lado del pibe chorro y termina siendo una guerra de pobres contra pobres. Es un claro corrimiento hacia la derecha, lo que no significa mano dura, ojo.
Al final, siempre quiero hablar de literatura y termino hablando de otros temas, pero eso pasa porque no creo que la literatura pueda estar alejada de la sociedad que la produce; hay que contextualizar los textos.
- Cuando elegiste Villa Gesell para vivir, buscabas un poco de paz, pero ya no es la misma de hace veintipico de años. ¿Seguís eligiendo ese lugar?
- Amo ese lugar. Gesell es donde he sido feliz, donde pasaron los veranos mis hijas; ya tengo amigos en el cementerio y cuando eso pasa, uno ya es del lugar. Aparte, esto también pasa en Bariloche, Mar del Plata o Pinamar.
En Pinamar, por ejemplo, decían que nosotros éramos Lanús con mar. Yo, en cambio, creo que somos San Justo o Morón y que los de Pinamar, que son presumidos, cagan en saquitos de té, aunque ahora también tienen el mismo rollo con la villa, desprecian a los bolitas, que son los que les hacen el trabajo sucio.
Es muy difícil que esto se revierta. Yo quisiera ser optimista pero me parece que tampoco es la función del intelectual ser optimista sino, más bien, indagar, preguntar, interpelar.
Comentá la nota