El sobreviviente: Sergio Ochova, a 31 años del hundimiento del crucero General Belgrano

El sobreviviente: Sergio Ochova, a 31 años del hundimiento del crucero General Belgrano
Revivió con Jornada aquel día de fuego y muertes. Es la primera vez que revela detalles. También habló sobre el destrato de los superiores. Hace 11 años que reside en Trelew.

Usted pidió hacer una misa por los muertos en el Crucero General Belgrano?

-Sí señor.

-Y usted quién se cree que es. Además, acá hay aviones, no barcos. Y usted es un cabo. Tendría que haber pedido permiso.

Así lo trataron cuando en el año 88 publicó un aviso para recordar a los héroes del crucero hundido por los ingleses en la guerra de Malvinas. En la Base Almirante Zar los marinos con rango superior seguían agregando letra desagradable a un largo historial de desventuras.

La misa se hizo igual y los jefes salieron en la foto en primer plano como queriendo llevarse un reconocimiento que no merecían. Poco tiempo después, esos mismos marinos le dijeron que “a usted le conviene irse”. Le dieron 2 años de certificado médico y después, pidió el retiro.

Omar Daniel Ochova tiene 52 años. Nació en la pequeña localidad de Chilecito, en La Rioja. Está casado y tiene 3 hijos. Desde hace 11 años vive en Trelew. Es un sobreviviente del hundimiento del crucero, atacado por los ingleses cuando estaba fuera de la zona de exclusión. Hoy se cumplen 31 años de aquella pesadilla. Cuando a las cuatro de la tarde y tras dos mortíferos disparos el emblemático barco comenzó a hundirse. Ochova debió saltar en busca de una balsa salvadora a la que se aferró para esquivar la muerte.

Una delgada línea entre el agua helada y la balsa le salvó la vida aunque hoy la voz se le quiebra cuando recuerda a sus compañeros muertos, a quienes no pudieron escaparle a aquel infierno de bombas y fuego, a quienes quedaron en el fondo del mar, hundidos para siempre.

Debió sufrir después el ocultamiento y hasta la culpa de haber vuelto perdedor de una guerra que aún no encuentra explicación lógica, que todavía da vueltas en su cabeza en noches de pesadillas repetidas.

Todavía puede recordar con absoluta nitidez cuando abrió la puerta de un baño del Destructor Piedrabuena, el barco que lo rescató y vio decenas de cadáveres apilados o el gesto de desesperación de sus compañeros cuando el crucero ardió en llamas y a los que quiso tenderles una mano salvadora pero no pudo porque el fuego también lo cercaba y tuvo que elegir en una fracción de segundos si seguía su camino hacia la vida o se quedaba allí para siempre.

Ochova le contó a Jornada cómo fue aquel día de fuego y cómo después de aferrarse a la vida fue perseguido y humillado, abandonado a su suerte y hasta casi castigado por el sólo hecho de querer recordar a sus camaradas muertos.

“Iba a tomar mi guardia. Yo tenía a cargo una ametralladora antiaérea. Pero nunca llegué a mi lugar. En el camino vi a compañeros que se estaban bañando y a otros que jugaban a las cartas en la cantina. Hasta que llegó el primer impacto. Y a los 15 segundos el otro. Enseguida nos quedamos sin luz. Y todo se convirtió en algo incontrolable. Había fuego por todos lados y el barco comenzó a inclinarse. Había tormenta. Salí a cubierta y empecé a notar que el crucero se hundía. Pero eso no es nada: el fuego comenzó a llevarse vidas y el olor a cuerpos quemados empezó a quebrarme, a hacerme pensar que iba a quedarme en ese infierno para siempre”.

“Llegué a un lugar donde estaban las balsas. Tiramos una al mar pero se desinfló enseguida. No servía. Después, otra balsa. Pero era difícil saltar del barco porque las olas de ocho metros la llevaban de un lado para otro y había que calcular justo el momento en que se acercaba a la popa del crucero para saltar y alcanzarla. Hasta que el fuego me fue empujando y tuve que saltar. Me tiré y cerré los ojos. Mitad de mi cuerpo quedó en el agua helada y la otra mitad en la balsa. Mis compañeros me tomaron de las manos y pude subirme. Un minuto después presencié una imagen que aún recorre mis pesadillas: el enorme ancla del crucero cayó sobre cuatro balsas. Y las cuatro balsas desaparecieron de la superficie. Con ellas se fueron también muchas vidas. Nunca voy a poder olvidarlo”.

“Comenzamos a navegar a la deriva. Olas gigantes y silencio. Niebla y frío. Nadie sabía que las balsas salvavidas tienen un dispositivo que las levanta unos 15 centímetros del agua y la protegen de las tempestades. Por eso, todo el tiempo estuvimos en contacto con el agua helada del océano. Nos orinábamos para poder darle un poco de calor al cuerpo. Todo era desesperación. En esas horas pensé en por qué no había podido despedirme de mi vieja, de mi novia, de toda la familia que había dejado cuando me embarqué hacia la guerra. Fueron horas en que no tenía destino. Sino un camino: la muerte segura. Pero llegó el destructor Piedrabuena y nos rescataron. Pero aún después de 30 años me golpean los recuerdos. Vi como moría un soldadito que había estado en la lancha con nosotros. Recuerdo el llanto de un oficial en la lancha, el mismo que nos castigaba durante el entrenamiento y también la cara quemada y el cuerpo helado de un soldado que pudimos rescatar del agua”.

“Lo que vino después fue otra pesadilla. Nos escondieron. Éramos los perdedores de la guerra. Me sentía culpable de todas las muertes y de no haber podido recuperar Malvinas. Nos llevaron a Ushuaia y después a Puerto Belgrano. De allí en colectivo a la base. No querían que nadie nos viera. No parecíamos víctimas, sino victimarios. Cuando pasaron algunos años y quise protestar me mandaron castigado a Punta Indio, donde estuve casi 10 años. Pero nunca me rendí. Pasó el tiempo y llegaron los reconocimientos. La verdad, hoy no se si ya era demasiado tarde. Igual reivindico a los verdaderos héroes de la guerra, a aquellos que quedaron en las islas muertos bajo las balas de un enemigo superior. Y también el coraje y patriotismo de todos los que peleamos en esa guerra desigual. Fuimos a poner el pecho. Volvimos con la derrota en el cuerpo y en el alma, desolados y culpables. Y sólo teníamos 20 años”.

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