Alrededor de 120 son las personas que debieron dejar sus viviendas inundadas en Villa Hermosa, en la localidad de La Emilia. Hasta ayer permanecían alojadas provisoriamente en la Escuela 18, preguntándose “cómo iremos a salir adelante”.
“Perdimos todo”, dicen los padres de familia mirando cómo sus hijos juegan con sus amigos del barrio. Pero, claro, ya no juegan en las calles de tierra ni bajo las arboledas de Villa Hermosa: ahora lo hacen en los pasillos, las aulas y los patios de la Escuela 18, y bajo la mirada entre solícita y clemente de los uniformados del Ejército que asisten a las víctimas del temporal.
Esos padres que dicen que “perdimos todo” han regresado a la escuela desde la zona anegada, donde vuelven cada tantas horas como imantados por la esperanza de recuperar algo que haya permanecido seco a lo largo de estos cuatro días de lluvias y más lluvias. Es muy poco -y muchas veces, nada- lo que recuperan.
Y la buena noticia que traen al improvisado albergue, y que comunican a sus familiares y vecinos, pronto se vuelve superflua: el nivel del agua -que en las zonas más bajas del barrio llegó a alcanzar los dos metros de altura- había bajado hacia el mediodía de ayer unos 30 centímetros. La noticia es buena, pero no alcanza. Y mucho menos, con un horizonte emiliano que hacia el oeste persiste en esa constante amenaza de nubarrones bajos y oscuros, cada vez más cercanos.
El clima reinante se parece bastante a la desazón, pero también es evidente que se trata de gente que no bajará los brazos fácilmente. Hay, también, espacio para la gratitud: la expresada para todos los emilianos que se acercaron para donar colchones, frazadas y ropa seca, o para las cocineras del servicio alimentario escolar que funciona en la “Leodegario Córdova”. Aunque se necesita todavía un poco más. En la noche del lunes, las 95 personas que durmieron en la escuela (según la cifra informada por fuentes del Ejército) dispusieron sólo de 30 colchones. Ancianos, niños y discapacitados tuvieron prioridad. Los demás, se arreglaron estableciendo turnos. O durmiendo en sus autos. En la mañana de ayer, los animó la promesa de que llegarían más colchones.
También hay algo de enojo. Varios fueron los damnificados por el temporal que señalaron que la evacuación de Villa Hermosa debió estar mejor prevista y planificada por las autoridades del Partido y de la Delegación, y llevarse a cabo de forma más ordenada y efectiva. Otros advirtieron que la obra hidráulica de La Emilia no tuvo en cuenta a Villa Hermosa. Hay enojos, pero el clima que se vive en la escuela -al menos hasta ayer- no es el de una protesta.
Tampoco es resignación. ¿Qué es, entonces? Acaso sea la conciencia de que recién están iniciando el duro camino que supone recorrer la condición de ser un “inundado”, un camino que no se terminará si hoy, mañana o pasado para de llover. Acaso sea el ánimo que un hombre supo sintetizar cuando comentó ayer a EL NORTE que “sabemos que cuando baje el agua, se viene la peor parte”.
El hombre era otro de los que acababa de volver de Villa Hermosa. De la cintura para abajo, estaba empapado. Hasta ahí le daba el agua en el interior de su casa. Y contaba que “es impresionante la cantidad de culebritas que tuve que matar”. La inundación no termina cuando deja de llover ni cuando baja el agua. Después habrá que sortear y eliminar los riesgos sanitarios. Y, por último, rehacer la vida. Después de haber perdido todo.
Comentá la nota