La Corriente Agraria Nacional y Popular (CANPO), vende sus productos, todos producidos en La Plata, en distintas ferias platenses. Cómo es la cosecha y la labor cotidiana en las afueras de la urbe.
Aún de noche, el frío se hacía sentir. Había llovido en los últimos días, por lo que el camino de acceso a la quinta estaba embarrado. El silencio sólo lo rompían los gallos del lugar que hacían su típico canto de amanecer. Los siete horticultores trabajaban en silencio.
Parecían maquinitas que hacían lo mismo una y otra vez. Agarraban lechuga, luego tomate, albahaca, espinacas, morrones, apios, lechuga de manteca, atados de acelga, berenjenas y brócoli. Los ponían en la bolsa, la cerraban y se lo pasaban a Antonio que estaba a arriba de la caja de la camioneta. Él las iba acomodando una a una y cuidaba la mercadería. Las acomodaba de forma tal que no se aplastara mucho la verdura y pudiera llegar en las mejores condiciones posibles.
Así armaron 100 bolsones. En silencio y de manera casi mecánica. Tardaron no más de una hora y para las 7 de la mañana estaba todo cocinado. Habían terminado las bolsas y acomodado los cajones de verduras, ya vacíos, a un costado de la quinta que tiene cinco hectáreas y está llena de invernaderos. En el lugar también hay dos pequeñas casas, precarias por cierto, donde viven algunos de los productores. Además hay un pequeño lugar donde tienen un chancho y algún que otra animal más. Los gallos andan sueltos y caminan sin rumbo definido. Los perros también. Son guardianes. Cuando vieron por primera vez a quien escribe esta nota y al fotógrafo empezaron a ladrar sin escatimar en el ruido y revuelo que generaron. El dueño los calmó y a partir de ese momento, algunos perros siguieron al fotógrafo a todos lados.
Entre bolsón y bolsón, algunos de los productores dialogaron con Diagonales. Son algo temerosos a los medios y tienen sus razones. La actividad tiene a la mayoría de los empleados en negro, y además, la mayoría son extranjeros. En este caso, los siete horticultores eran bolivianos, varios de ellos hinchas de Bolivar. Estaban contentos por haber eliminado a Lanús de la Copa Libertadores hacía unos días.
Antonio, el horticultor que estaba arriba de la camioneta, confesó que se levanta a las 5 de la mañana, pero que el día de la nota se levantó “un poquito más tarde, sabía que iban a venir ustedes a eso de las 6 y aproveché para dormir un poquito más”. Es el más desinhibido del grupo y, junto con Edmundo, otro de los productores, se sacaron varias fotos y mostraron la quinta a este medio. Sobre su trabajo, Antonio contó que “ahora la cosa está un poco complicada. Nos estamos vendiendo mucho y eso no ayuda a la gente de acá – en relación a sus pares –. Cuesta vender los bolsones y a veces nos quedamos hasta las 15 en el Mercado o en la Feria, y mucho no nos sirve porque tenemos que volver y trabajar en la quinta”. Sobre los pedidos de la gente, Antonio reconoció que “nos piden mucha papa y cebolla y nosotros no producimos eso”. Es una trabajo sacrificado, con horarios distintos a los habituales.
Tiene sus beneficios también. “Acá no importa si te cortan la autopista”, dice a modo de chiste uno de los productores mientras guardaba la lechuga en los bolsones. Allí en pleno campo, pero a minutos de la ciudad, los tiempos son otros. Los apuros, si los hubiere, también son otros. Hasta los ruidos y el paisaje son otros. Y sólo están a 15 minutos del casco urbano plántense, de los bocinazos, de los edificios, del caos vehicular, de los tiempos más apresurados. Son contraposiciones, necesarias por cierto.
Invernaderos. Una vez terminado el trabajo de armar los bolsones, y tras haber partido la camioneta para la ciudad, Edmundo mostró la producción local. “Ahora estamos cosechando lechuga, albahaca, espinaca, todas verduras, todo verde”. Muestra cada uno de los invernaderos y explica cómo trabajan allí. Para ello, sube el nylon con la mano e invita a pasar a un nuevo ambiente. La temperatura es otra. Es un ambiente más húmedo y mantiene siempre los mismos grados centígrados. Las plantas estás cosechadas prolijamente una al lado de la otra y forman largas filas. Entre fila y fila hay espacio para una manguera que pasa y las riega cuando es necesario. La iluminación del invernadero es distinta. Toma el sol a pleno y mantiene a la verdura sin que pase el viento.
Edmundo explica que en invierno se levantan más tarde, “a eso de las 10, 10.30”. Es que cuando no hay que levantar la cosecha, la labor es diferente. Por ejemplo, “cuando se hace de noche y vemos que va a escarchar, nos quedamos toda la noche adentro de los invernaderos haciendo humo para que se mantenga la temperatura y la verdura no se eche a perder. Por ahí estamos toda la noche para que el nylon no se congele, porque si eso pasa se pierde la cosecha”, contó. Lo cierto es que Edmundo cuenta que, si bien el trabajo varía dependiendo la estación del año, “estamos cuidando todo el tiempo la cosecha. En verano, a la mañana, casi que no estamos adentro de los invernaderos porque la temperatura puede llegar a los 60º”. Simpático y charlatán, Edmundo posó para la cámara las veces que fue necesario. Explicó y mostró su trabajo y agradeció la visita a este medio. Y antes de partir para la feria dijo sonriendo: “Quiero que me pasen algunas fotos”. El fotógrafo prometió hacerlo.
Centro. A eso de las 9 de la mañana, Diagonales llegó a calle 13 entre 55 y 56, donde los bolsones ya estaban depositados en la rambla listos para ser vendidos. Allí estaba Nicolás Fortunato, referente de la Corriente Agraria Nacional y Popular, ayudando a los productores y verificando que la feria se realizara con normalidad.
Algunos platenses, con caras de haberse levantado hacía poquitos minutos, se llevaban las bolsas a $60 que los vendían los propios productores, quienes hacía horas estaban trabajando. La jornada fue positiva ya que las ventas anduvieron bien. La mañana acompañó con temperaturas cálidas. Para el mediodía quedaban pocos productos y el mercado estaba a punto de finalizar.
El día continuaría con los productores nuevamente en las quintas abocados a la cosecha de los distintos productos en los invernaderos. El día en la ciudad de los ruidos y edificios había terminado. Los aguardaban el silencio, el aire y los gallos.
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