Constantemente la vida nos interpela frente a nuestras propias circunstancias, aunque la mayoría de las veces no nos damos cuenta de ello por correr tras objetivos irreales y banales. La falsedad del mundo materialista intenta subsumirnos en un plano artificial y hasta contradictorio con nuestra propia naturaleza.
Para ello, como el ancla que sujeta al barco de la corriente, existen referencias universales que en plena vigencia definen amarres morales para la humanidad. El amor, el respeto, la solidaridad, la paz, la justicia entre otros más, enumeran el conjunto de los valores morales. Éstos florecen cuando lo individual se asume desde lo colectivo y cuando el conjunto no somete a lo propio, en otras palabras, en la búsqueda de la libertad del conjunto para la particular.
Antagónicamente, el odio, la ira, el egoísmo, la violencia, el individualismo entre otros más son el conjunto de los disvalores morales. No casualmente estas incapacidades de lo positivo se han potenciado en los últimos tiempos para transformarse en factores transversales de un conjunto de individuos rehenes de éste régimen deshumanizante.
Detrás de toda acción existe un propósito o razón responsable que pretende lograr un objetivo, que en éstos términos puede ser materialista o humanista. Los primeros artificiales, obedientes a las facultades conferidas por los disvalores de la moral, los segundos simples y prácticos se manifiestan en las cosas sencillas de la vida, y su expresión es garantía de felicidad.
Así como gráficamente se dice “ni frío, ni calor, sino todo lo contrario”, en la escala de valores no existen puntos intermedios. O aceptamos la idea impuesta de “un todo” desde “el nosotros”, o forjamos culturalmente la idea de “un nosotros” desde “el todo”.
En la agenda que pretenden imponer los poderes económicos y políticos ocultos no figura una construcción colectiva, ni siquiera están considerados los intereses de los que han sido inducidos a las movilizaciones del pasado “8N”.
Es necesario que nos interpelemos individualmente con un profundo sentido social para distinguir cuales son las razones que movilizan nuestro manifiesto. No vaya a ser cosa que quienes nos dañan sean los mismos que nos arengan, no vaya a ser cosa que sin querer seamos masivamente instrumento de la ambición de algunos para dejar de ser conjuntamente artífices de nuestro propio destino. Los poderes fácticos pujan únicamente para no perder sus privilegios.
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