No es candidata, pero su figura se ha convertido en faro para la derecha más fundamentalista.
Aquí, en Wasilla, una ciudad de unos 7.000 habitantes flanqueada por picos nevados, todos la conocen personalmente y hablan de ella como si fuera un familiar querido. Desde los mozos de los restaurantes hasta el hombre de la tienda de armas. Wasilla es una típica pequeña ciudad del interior de los EE. UU., con una calle principal donde se aglutinan la municipalidad, el cuartel de bomberos, el correo, la biblioteca y el banco. No hay veredas, la gente anda en auto y no camina por la calle. No hay nada especial que la distinga. Es un sitio francamente olvidable.
En este lugar cruzado por el viento helado fue donde Sarah comenzó a forjar su carrera política.
Aquí dejó de ser ama de casa y periodista deportiva freelance para ser alcaldesa, más tarde saltar a la gobernación, luego a la candidatura a la vicepresidencia al lado de John Mc Cain, y hoy, quién sabe a dónde más.
Sarah Heat nació en Sandpoint, Idaho, el 11 de febrero de 1964. Hija de un maestro y secretaria, siendo un bebé de tres meses recaló con su familia en Alaska, que poco antes había sido arrasada por un terremoto y un tsunami. Con tres hermanos, enseguida se sintió atrapada por las maravillas de la naturaleza, según cuenta en su biografía oficial. La pequeña Sarah creció escalando montañas, esquiando, cazando, acampando y pescando. De su mamá heredó la vocación religiosa y se volvió devota. Cuenta que aún hoy no sale de la cama sin antes rezar una oración y tampoco se va a dormir sin ella. Es una “cristiana renacida”, como George Bush. Vivían modestamente, en una pequeña casa.
Hoy Sarah no precisa amontonar a su familia porque tiene una mansión más cómoda para su marido y sus cinco hijos. Aunque los lugareños se muestran misteriosos a la hora de identificar la vivienda –son muy celosos de la privacidad de su princesa—, Clarín pudo finalmente ubicarla a la vera del hermoso lago Lucille, en Wasilla. Es un sitio perfecto, rodeado de agua, bosques y montañas.
Mientras carga nafta en su camioneta, Michael Willmes contó a esta enviada que el año pasado había trabajado en la casa de los Palin, construyendo un amplio garage para que puedan guardar la camioneta Dodge del marido, la SUV Cadillac de ella, los dos autos de los chicos mayores y un pequeño hidroavión que tienen, más que lujo casi una necesidad para moverse en la inhóspita Alaska. Willmes adora a Sarah: “Mientras trabajábamos, ellas se nos aparecía con muffins recién horneados por ella para que desayunáramos”, cuenta, y agrega que la mujer, entonces gobernadora, salía a correr todas las mañanas por del lago.
El deporte es un capítulo esencial en la vida de Sarah. Ella cuenta que el básquet fue lo que forjó su personalidad. Competitiva y dispuesta a dejar todo en la cancha, sus compañeras la apodaron “Sarah Barracuda”. En 1972, Todd Palin, un apuesto basquetbolista descendiente de esquimales, entró en su vida. El noviazgo fue bastante a la distancia porque ella se fue a estudiar periodismo a Idaho. Sarah, mientras tanto trabajaba en lo que podía y más tarde –ella jura que fue para pagar sus estudios— se presentó en el concurso Miss Wasilla y lo ganó. Un día de 1988 con Todd decidieron casarse sin aviso, en el momento. Fueron a un juez y firmaron. Luego se fueron a comer una hamburguesa a Wendy´s. Ocho meses después nacía su primer hijo. Si los cálculos no fallan, esta mujer que pregona la abstinencia sexual, se habría casado embarazada .
Cuando tenía tres hijos y su marido la dejaba sola seguido para viajar al Polo Norte a donde trabajaba en la industria petrolera, ingresó a la política local. En 1992 fue elegida alcaldesa, hasta el 96. En Wasilla tienen buenos recuerdos de su gestión. “Sarah es una buena política. Se preocupa por todos y también por su familia, el apoyo familiar es fundamental”, dice Cindy, una señora que cuida ancianos.
Sarah condujo la alcaldía con pericia, abogando por menos impuestos, pero aumentando una tasa para construir un gimnasio. Un episodio la complicó. Fue cuando despidió al jefe de Policía porque no estaba de acuerdo con ella. La gente se movilizó para pedir que lo repusiera en su cargo o llamara a nuevas elecciones. No lo hizo. El fotógrafo Stepleton dice a Clarín : “Ella es vengativa y siempre se queda con la última palabra”. Katherine Forest, de la organización Planned Parenthood, dijo a esta enviada que quisieron llevar un plan de educación sexual que estaban haciendo en todo el país a Wasilla y ella lo impidió. “Ella está en contra de todo lo que tenga que ver con la salud de la mujer”, agregó. De Wasilla, Sarah saltó sin problemas a la gobernación, donde estuvo desde 2002 y luego fue reelecta. En 2008 recibió la llamada mágica y sorpresiva de John McCain para que la acompañara como candidata a vice, lo que la lanzó como figura nacional.
Cuando se pregunta aquí por Sarah, todos automáticamente se refieren a su familia. Siendo gobernadora, ella tuvo su quinto hijo, Trigg, que nació con síndrome de Down. Todos saben vida y obra de sus hijos. Bristol saltó a la fama cuando se supo que estaba embarazada de su novio, poco después de la convención republicana, donde su madre pregonaba la abstinencia sexual. “Aquí todos sabíamos que ella esperaba un hijo”, dice Forest. “Para ocultarlo, la sacaron del colegio de Wasilla y la llevaron a otro de Anchorage”, explica. Sarah dejó en diciembre la gobernación –un hecho que no gustó nada a los alaskeños— para lanzarse de lleno a nivel nacional. “Ella quiere ser una superstar”, dice Forest. En pocos días saldrá al aire un reality show de los Palin, donde seguirán a Sarah y su familia paseando y practicando deportes por Alaska. Stepleton suspira: “Siempre encontraremos a Sarah Palin cuando haya una cámara encendida”.
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