Mestre tiene el desafío de integrar un nuevo gabinete que haga valer los 20 meses que le quedan en el poder. Y demostrar que puede conducir un equipo que sea más que un grupo de amigos.
Hace años que dejó de ser el paso previo a la Gobernación. Ser intendente es, antes que nada, conducir una organización de casi 11 mil personas que perdió casi todas sus capacidades operativas y que al mismo tiempo consume en sí misma más del 60 por ciento del presupuesto que debería alcanzar para todo lo que esperan los vecinos.
Esa organización, además, es una verdadera licuadora de poder político. Hay evidencia: desde ya 15 años, ningún intendente dejó una ciudad mejor que la que encontró en términos de situación financiera, infraestructura, servicios, políticas sociales o sustentabilidad. Ninguno, tampoco, logró un cargo político más importante.
El intendente Ramón Mestre lo debe haber terminado de aceptar el viernes pasado: el altísimo grado de dificultad que supone gobernar Córdoba no es apto para un equipo donde ser “amigo de Ramón” es la principal virtud, ni para una conducción más ocupada en internas y futuras batallas políticas que en la gestión pura y dura de arreglar calles, cambiar focos y destapar cloacas con pocos recursos y escasa colaboración.

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