Fue el peor remezón desde el trágico sismo del fin de semana. El principal foco fue nuevamente Concepción, la segunda ciudad del país y la más golpeada por el temblor. Hubo un falso alerta de tsunami, pánico y corridas entre la población.
Histeria pura, desesperación, confusión. Padres que salieron corriendo dejando atrás a sus hijos, madres y niños que lloraban, jóvenes que caminaban sin rumbo ni destino. El caos duró pocos minutos, hasta que las autoridades militares empezaron a recorrer las calles y anunciaban con megáfonones que cualquier posibilidad de un tsunami estaba descartado.
En Concepción, la paz todavía está muy lejos. Horas antes de este nuevo ramalazo, se había empezado a distribuir alimentos con cierto orden y organización.
Una joven madre, con su hijo en brazos, se acerca lentamente a un esperado camión, cargado de bolsas blancas. Extiende las manos y, al fin, accede a la ayuda que necesitaba. Pero no alcanza. "¿Pañales, no tiene pañales?", preguntó. Ni esperó la respuesta. Se dio media vuelta y partió con su ración de leche, te, harina, azúcar, fideos y conservas.
Como Marisa Miranda Ortiz, gran parte de la ciudad recibió la prometida ayuda alimentaria que, aunque no cubre todas las expectativas al menos sirve para aliviar el dolor de un pueblo que sigue sufriendo la furia de la tierra.
"Al menos tiene leche", dijo Marisa mientras se alejaba del camión de la municipalidad. "Nosotros no somos saqueadores y casi nos quedamos sin comida. Esto es poco pero ayuda", relató la mujer de 24 años aferrada a su hijo Pablo y a la bolsa de alimentos.
El día amaneció soleado en esta ciudad que sigue totalmente militarizada. En el playón de uno de los tantos supermercados Líder que hay aquí, el ejército y la armada se encargaron de custodiar miles de toneladas de alimentos que llegaron el martes desde Santiago y ayer fueron repartidas entre los vecinos.
La alfombra de bolsas blancas, cargadas con alimentos fue desapareciendo a medida que trabajadores de la comuna y jóvenes voluntarios las subían a los camiones, que luego partían en caravana a los barrios más necesitados.
Antes de comenzar la distribución, la alcaldesa de la ciudad, Jacqueline van Rysselberghe ordenó y motivó como un director técnico a los empleados. "No hay que parar. Tiene que ser rápido porque vamos a tener poco apoyo de los militares y si frenan los pueden saquear", fue su mensaje.
Y no se equivocó: en algunos barrios, ni carabineros ni soldados custodiaron la distribución, que fue organizada por los propios vecinos. "¡Al fin se acordaron de nosotros! Bachelet envió ayuda rápida a Haití, pero acá se demoraron más de la cuenta", disparó Elsa Olave mientras sostenía con una de sus manos la bolsa con la ayuda y con la otra pedía más. Su cara de decepción lo dijo todo cuando se la negaron. "Es una por casa, colaboren por favor", gritó desde arriba de un camión un empleado del municipio de Concepción.
El barrio Collao, en las afueras del centro, fue uno de los primeros en recibir la asistencia. Allí el terremoto no golpeó tan fuerte como los saqueos. Todas las casas están en pie, y no muestran grandes daños, pero los vecinos no se salvaron del vandalismo que inundó las calles de la ciudad luego de la catástrofe, y que sólo se frenó con la llegada de las Fuerzas Armadas.
En la entrada al barrio de clase media, con calles angostas y empinadas que terminan en un cerro, los vecinos improvisaron barricadas con tablas, chapas y todo lo que sirviera para evitar el ingreso de los delincuentes, que tras saquear los negocios del centro, apuntaron a las casas particulares.
No hay armas como en otros sectores. "No queremos más violencia, por eso necesitábamos que los militares llegaran y pusieran orden. Parecía que los políticos tenían miedo de mandarlos para que esto no se pareciera a la época de la dictadura, pero no quedaba otra solución", comentó Carlos Valdés, otro vecino del Collao.
En otros barrios la inseguridad y la tensión se mantienen. Allí el verde militar brilla por su ausencia, y son los vecinos los que se defienden como pueden, armas incluidas, de los saqueos. En las esquinas se amontonan palos, ladrillos y cartones, como claras señales de que la tranquilidad todavía no se instaló en Concepción, donde se mantiene el estricto toque de queda.
Sólo seis horas, desde las 12 a las 18, tienen los habitantes de la ciudad para moverse libremente. El resto del día no pueden salir de sus casas, y si lo hacen corren el riesgo de ser detenidos por las fuerzas de seguridad que custodian celosamente las calles.
"Tenemos pocas horas para hacer muchas cosas y no alcanza el tiempo para todo", explicó Iván Bertolotti, el último de una kilométrica cola de autos que esperaba para cargar combustible en una estación que está entre Concepción y Talcahuano. En esa última ciudad, famosa por su puerto, la violencia sigue instalada. Ayer soldados reprimieron, disparando al aire y pegando con las culatas de sus armas, a un grupo de personas que estaban saqueando un supermercado. Hubo saqueadores que incluso se movilizaban en un micro pequeña. Tras los saqueos, apareció con fuerza el mercado negro. Y hasta algunos hoteles, tentados por los dólares y euros de la prensa extranjera, expulsaron a otros pasajeros para ofrecerles habitaciones al doble de su valor.
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