Dos testigos vieron a Rocío Barletta con Omar Peralta. Sospecharon, pero callaron. El testimonio tardío abre una puerta a la reflexión.
Rocío es la más cariñosa con su papá. La más “entradora”. Lo ayuda, va a comprarle cigarrillos y vuelve rápido a ayudarlo. La relación entre ambos es especial. Raúl tiene tres hijos más con Alicia, su actual pareja, y uno de otro matrimonio anterior, a quien ve poco y extraña mucho. El vínculo con su hija de 11 años es distinto. Rocío lo puede, lo acompaña. Su presencia lo ilumina tanto como su ausencia lo entristece.
Rocío no está. Todo lo anterior era real hasta hace un año. Salvo la parte en que la ausencia de la nena entristece a Raúl, el resto, es producto de la imaginación. Rocío podría seguir ayudando a su padre en el taller, compartiendo con sus hermanitos o continuando con sus estudios de danza. Pero no. Alguien privó a Rocío de crecer. Y cambió el semblante de sus padres por un gesto lúgubre que parece perpetuarse.
Hoy, los Barletta sólo esperan justicia. Nada de juicios civiles con resarcimientos millonarios. Sólo justicia.
Preguntas. ¿Por qué Rocío ya no está?, ¿Por qué el relato es ficción?, ¿Se podría haber evitado que la rapten, la violen y la maten?, ¿Qué mensaje puede dejar este hecho, tan recordado como despreciable?
La Justicia será la encargada de determinar porqué la persona que acabó con la vida de una niña de 11 años hizo lo que hizo. Eso es otro tema y no se escribirá en esta nota sobre ello. Sin embargo, dos personas tuvieron en sus manos –o en sus teléfonos– la posibilidad concreta de cambiar el destino de Rocío Barletta. El de Omar Peralta, con alguna variación o atenuante desprendido de las artimañas jurídicas, sería el mismo: terminaría en Bouwer por un largo rato.
Testigos silenciosos. Bernabé Hoyos observó algo sospechoso aquel mediodía del año pasado en la calle Roque Arias, a la vuelta de la casa de los Barletta. Rocío se dirigía a la despensa que está en la esquina cuando fue interceptada por el acusado. Hoyos, desde su ventana, intuyó que algo no andaba bien. Anotó la patente del auto que frenó a la nena y guardó la información hasta la tarde. Se acostó a dormir la siesta. Cuando se levantó, ya era tarde. Este jubilado de 76 años decidió aportar el dato de la chapa del vehículo una vez que la noticia ya había tomado conocimiento público. Una vez que la vida se la nena estaba extinta.
Vicente Beltrán presenció, desde la vereda del frente de la casa de Peralta, cuando éste llegó –a las 12.45– a su domicilio con la víctima en el asiento del acompañante. Estacionó en su casa, la bajó en brazos (la niña estaba casi inconsciente) y la metió mientras ella pataleaba, ofreciendo una resistencia tibia, sin fuerza. Este mecánico de 65 años no sospechó nada en ese momento. Se quedó con lo que vio y se lo reservó casi un año. El pasado miércoles contó todo ante el Tribunal de la Cámara Segunda del Crimen.
Ambos mayores, testigos fundamentales, pudieron hablar. No lo hicieron... ¿por qué?
Entender para actuar. Pedro León Almeida es sociólogo y aportó su reflexión para comprender el motivo de quedarnos callados cuando más se necesita nuestra voz: “El no saber que consecuencias puede llegar a traer entrometernos en lo que le sucede a otros nos hace no meternos. Nos dan temor las acciones que los otros llevan a cabo. Preferimos la comodidad del no me meto. La represión, la venganza suelen inmovilizarnos”.
Para el especialista, la edad de los testigos (65 y 76) es clave para entender su inacción: “Cuando uno se va poniendo viejo, se pone más temeroso. Se cuida más de todo, porque sabemos que tenemos la muerte cada vez más cerca”.
“Pero el sentimiento de culpa de saber que pudimos hacer algo por el otro y nos quedamos quietos, a veces, es terrible. Suele pasar que los datos de la situación puntual que presenciamos no nos brindan tanta información como para darnos un cuadro acabado que nos haga sospechar. Además, el hecho de tener que vincularse con la Policía, llenar actas y expedientes, nos desalienta a participar”, explicó.
Al respecto, el abogado querellante de la familia Barletta, Carlos Nayi, expresó a este diario que como sociedad debemos abandonar el estado de desprecio por lo que le pasa al de al lado. “Volver a confiar en la Policía y en la Justicia como instituciones seguras es trascendental para denunciar a tiempo y participar activamente”, se expidió el letrado.
Pedro León Almeida -Sociólogo- Cuando uno se va poniendo viejo, se pone más temeroso. Se cuida más de todo, porque sabemos que tenemos la muerte cada vez más cerca. Además, vincularse con la Policía nos desalienta a participar.
Un tubazo para cambiar la historia. El comisario mayor Claudio Vignetta, quien tiene a su cargo el sistema de comunicación 101 de la Policía, dijo a Día a Día que es cierto que la gente no se quiere meter, que la mayoría tiene una actitud egoísta para comprometerse con lo que le sucede al otro.
“El hecho de que a uno lo van a citar, que tiene que ir a declarar y perder tiempo hace declinar al vecino de participar y denunciar”, manifestó.
A diferencia de lo planteado por el sociólogo León Almeida, el comisario concluyó en que los jóvenes son los menos “comprometidos” y que casi no se meten. Para el comisario, los adultos son quienes mayor participación ciudadana en denunciar tienen.
La Policía manifestó que cuando hay denuncias que involucran a menores, se acude inmediatamente al lugar. En otros casos, queda a consideración del telefonista del 101 que recepta la llamada derivar a una patrulla el mensaje de alerta. Hay muchas bromas y burlas a diario. Según datos del 101, se atienden cerca de cinco mil llamadas chistosas por día.
En el caso de Rocío, de haber sido informados a tiempo, Vignetta aclaró que había grandes posibilidades de salvarla, aunque es imposible ser taxativo ante un supuesto semejante. Si bien esta apreciación es sumamente subjetiva, ya que existen imponderables sin considerar, las chances estaban: según surge de las investigaciones del caso, la niña estuvo más de tres horas en la casa de Peralta antes de que éste acabara con su vida, por lo que la Policía hubiese tenido tiempo para acudir a la casa del exmecánico de 27 años y recatarla.
Vignetta manifestó que cuando sucede un acontecimiento como el crimen de Rocío se aumentan notablemente las llamadas y denuncias al 101. Cuando pasa el impacto de tremendo delito, las cosas vuelven a la normalidad y los teléfonos paran de sonar. “Son ciclos, siempre pasa lo mismo”, cerró.
La Policía explicó que las denuncias pueden ser anónimas y no es necesario que el denunciante se involucre con el caso.
Con un tubazo, alcanza.
Anónima. La llamada puede ser anónima e igualmente, si se pronuncia con seriedad, efectivos acudirán.
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