Los ricos y la clase media, con menos penurias pero con escasez

Están sin gas y sin agua, pero las casas están en pie y no hay escombros en la calle
Una camioneta 4x4 ingresa a un lujoso barrio de las afueras de Concepción, llevando un remolque con un enorme tanque cargado con 1.200 litros de agua. Como en cualquier barrio humilde del Chille destruido por el terremoto, las coquetas vecinas salen de sus casas con baldes y botellas, acompañadas por sus hijos o empleadas domésticas, los llenan y regresan a sus hogares con la satisfacción del deber cumplido.

En el barrio Lonco Ray, sobran casas y autos de lujo, pero falta el agua. "Y la luz recién volvió ayer", cuenta Loreto Suárez, que salió apresurada de su casa al ver que una camioneta cargada con agua entró en su vecindarios.

El barrio de Loreto está muchos mejor que las barriadas pobres: soportó muy bien el terremoto y sus réplicas y, en sus calles, no se acumulan los escombros como en otros sectores.

"Nos arreglábamos con el agua que tenían las piscinas de las casas de los vecinos, porque la nuestra se rompió", agregó la mujer y luego lanzó exactamente la misma queja que se escucha entre los vecinos de todas las clases sociales de Concepción: "Acá nadie nos ayuda".

Aunque en Chile la brecha entre ricos y pobres es amplia, hoy todos los ciudadanos del sur del país sufren más o menos los mismos trastornos después de la catástrofe.

La mayor coincidencia es el temor al vandalismo que siguió al terremoto. Sin embargo, la situación es más calma en Concepción, y el toque de queda se flexibilizó: ahora será de 21 a 10 de la mañana.

A varios kilómetros del Lonco Ray se encuentra el condominio San Pedro. En el sector G, viven once familias de clase media que también vieron, con impotencia, cómo su vida cambió con la catástrofe y cómo tienen que ingeniarse con salidas de sobrevivencia que nunca hubieran imaginado tener que implementar.

Dos niños miran la televisión cómodamente sentados en un sillón que está afuera de su casa, mientras los mayores trabajan.

"Estamos construyendo un horno porque todavía no llega el gas", relató Abraham Arros, un chofer de ambulancias al que sus vecinos llaman "el comandante".

Arros fue el encargado de organizar a todos en el lugar. Apelando a una división del trabajo conservadora decidió que los hombres se encargan de la seguridad, y las mujeres de la cocina.

"Juntamos toda la comida, y hacemos una olla común", dijo Ximena González, mientras preparaba un budín de acelga con ensalada de tomate.

"Durante las noches hay una guardia armada en las esquinas, para cuidarnos de los saqueadores", agregó Patricio Solto, mostrando que entre los chilenos, a pesar del toque de queda, el vandalismo asusta tanto o incluso más que las réplicas.

Decenas de banderas chilenas ilustran el condomio que se ubica en la ruta que une Concepción con la destruida ciudad de Lota. En el gran parte del país y en el interior de cada grupo, hay un sentimiento de solidaridad y unión, como pocas veces vista, recuerdan los vecinos. No así con los extraños.

Orlando Jeldes, un niño de 12 años, fue capaz de resumir ese espíritu en una frase: "En nuestro país, la mitad se cae a pedazos y la otra mitad ayuda a levantarla".

Siguiendo por la misma ruta, se encuentra el colorido barrio "Raúl Silva Henríquez", donde vive Cristian Jara y su familia. Este mecánico agradece que en el momento del terremoto, su familia estaba en el campo.

Hoy está más tranquilo. "Recién ayer (viernes) pasaron entregando ayuda alimentaria", comentó Cristian, mientras Antonia, su hija de 2 años, jugaba en una impecable Suzuki Vitara.

En el barrio, las pequeñas casas tampoco muestran grandes daños. Tienen agua y luz, y falta gas. Pero para el mecánico hay otro problema mayor. "No nos pagaron el sueldo. Teníamos que cobrar el lunes y el terremoto fue un sábado, así que todavía no nos pagan", aseguró.

A pocas cuadras, un grupo de vecinos conversa. Los temas son recurrentes: las réplicas, los saqueos, y las ciudades destruidas . Como expertos sismólogos, todos explican porqué el mar no ingresó a su territorio y siguió su viaje hacia el sur, donde lanzó su furia contra otras ciudades.

"Talcahuano es un desastre", dice uno. "Tienen que ver cómo quedó Lota", agrega otro. "Dichato no existe más", aseguró un tercero.

Las reuniones se extienden por horas y muestran el localismo y la ambivalencia de los vecinos, solidarios pero también desconfiados, que se ayudan pero además incendian neumáticos en las esquinas para espantar a los saqueadores y patrullan las calles todas las noches.

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