El juicio oral por la causa Díaz Bessone se reanudó ayer tras la impasse por la feria judicial con el testimonio de tres sobrevivientes del centro exterminio que operó en el Servicio de Informaciones (SI) de la Jefatura de policía de Rosario.
Recordó que por entonces militaba en la Juventud Peronista y estudiaba odontología. Relató que el 17 de agosto de 1977 “una patota de 15 personas comandada por El Vasco” irrumpió en su casa. “Me golpean y me dicen: «En la parrilla vas a hablar»”, dijo, y explicó que fue secuestrada con su hija de sólo tres años.
“El momento más terrible fue cuando me separan de mi hija”, añadió. Sobre la tortura, relató: “Me desvisten, me llevan a una camilla, me atan las manos con gomas y me ponen un trapo en la boca, mientras que colocan una pinza de metal de la que colgaban cables”.
“Uno (de los torturadores) pide la picana de 110 (voltios) y luego la de 220 y me torturan aproximadamente durante 7 u 8 horas; cuando uno se cansaba le pedía a otro que continuara”, precisó la testigo. Identificó a sus torturadores por los apodos Managua, El Ciego (imputado, Rubén Lo Fiego), Carlos Baravalle (un detenido que se convirtió en represor y se suicidó hace unos años en Italia antes de ser capturado), el Sargento; y el jefe de la policía de aquel entonces Agustín Feced.
“Me torturaron en todo el cuerpo, en los ojos, en la vagina, en la boca”, puntualizó para ser luego llevada a El Sótano. “Ahí me ponen en una pieza y estoy dos días sin comer ni beber nada, y me dijeron que si me daban agua iba a reventar como un sapo”, añadió.
Por último, la mujer relató que el 7 de septiembre, el Día del Montonero, “Feced organiza un banquete con comida que nos hace pedir a nuestros familiares. Nos dijo que iba a ser la cena del triunfo sobre la subversión”, relató. Además, contó que para celebrar la fecha “adelantó el fusilamiento de siete compañeros”.
Al finalizar su testimonio, y antes de retirarse de la sala de audiencias, Bernal miró fijamente a Mario Marcote —a quien también identificó como uno de sus victimarios— y le pidió que tenga el valor de mirarla a la cara, mientras el represor seguía con su vista fija en el piso. Fue en ese momento que la testigo tomó un vaso con agua que estaba junto a la mesa de los defensores y lo arrojó sobre la cara de Marcote. Ante esto, el Tribunal ordenó el desalojo de la testigo por personal de Gendarmería, medida que extendió al público en la sala que se alzó para aplaudirla.
El primo. Posteriormente, declaró Graciela Borda Osella. “Primero les voy a relatar mi relación con el comandante (Agustín) Feced, que era primo hermano de mi padre y se odiaban”, inició diciendo. Relató que “tenía tres amigos: Mercedes Sanfilippo, el doctor Francesio y José Luis Acosta. Trabajábamos juntos desde 1971 en el Hospital de Niños. Una vez Mercedes Sanfilippo me dice que el Francesio era perseguido y corría riesgos y le dije que viniera para mi casa, no por relación política sino porque eran como mis hermanos, iba a intentar defenderlos”.
A raíz de esto, Borda Osella fue capturada y permaneció seis días en el SI, donde fue interrogada por su propio tío Feced, y mencionó también entre sus captores y torturadores a Picha, Pirincha, El Cura (Marcote) y el Ciego. “Un día me sacan, me toman fotos y luego me llevan a la Alcaidía donde me encontré con mi marido. Salimos de ahí a la noche, caminando por calle San Lorenzo”. Declaró que antes de ser liberada, “se me acercó un hombre, que dijo ser cura, me dijo que todo había sido un error, que no contara nada para no tener más problemas. Yo quería saber quién era, le dije que había sido muy amable conmigo y quería verlo. Entonces me bajó la venda. Era el cura (Eugenio) Zitelli”.
Finalmente declaró Carlos Fernández Bruera. “Una de las situaciones más terribles de esa noche era la sensación de cuando me dicen que me iban a vaciar el cargador del FAL en el lomo. Como cuando lo golpean a mi padre, yo era un chico de 16 años y sabía que podían hacerlo y que nada les iba a pasar”, dijo. “Mi padre estuvo 40 días (cautivo). No hubo una causa en su contra. Lo quisieron tener para que se entregue mi hermano. Nosotros sabíamos que si mi hermano se entregaba su destino era la muerte. Mi padre era el rehén. Lo mejor que pudo pasar es que mi hermanos pudiera irse”.
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