Elsa Drucaroff tiene mucho para decir sobre los ´70. Al menos eso surge del extenso diálogo mantenido con El Atlántico en su paso por Mar del Plata para presentar su novela “El último caso de Rodolfo Walsh”.
El libro se convierte en excusa para un diálogo extenso y variado, donde la autora recorre sus recuerdos de adolescencia imbuidos del espíritu militante de los ´70 y parada en ese contexto realiza sus críticas y busca desmitificar muchas cuestiones instaladas entornos a la mística de los años donde la militancia política era ineludible.
-¿Existió alguna motivación personal para trabajar esta temática?
-Mi motivación personal es biográfica. Soy el último coletazo de la generación de la militancia. Tengo la edad de los chicos de “La Noche de los Lápices”. Eso me coloca en un lugar muy especial, porque viví de un modo muy intenso todo ese momento, todo ese sueño de construir el socialismo en Argentina. Yo me lo creí. Mi abuelo, cuando yo tenía 12 o 13 años, me miraba fijo y me decía: “yo no lo voy a ver, pero ustedes sí”. ¿Cómo dudar de eso?
El primer proyecto de esta novela nace en un periodo muy oscuro de la Argentina, en pleno menemismo, en el ´94. Surge de un diálogo con un amigo que tiene muchos menos años que yo. El es escritor… Ignacio Polo, había sido mi alumno. Veía que él, a quien considero un tipo muy sensible, muy interesante, que no tenía nada de despolitizado, me decía con toda honestidad que no podía imaginarse cuando yo le hablaba de “la fiesta que se vivía en los ´70”. Los ´70 no fue sólo la picana eléctrica… también fue una fiesta. El no podía creerlo, creía que era mentira y que lo único que podía pensar como pasado era 1976. Entonces, un poco esta novela surge de ese diálogo con Ignacio Polo… de alguna manera la escribía dialogando con él.
-¿Cómo fue trabajar una ficción tomando un personaje tan fuerte como Rodolfo Walsh?
-Es un desafío fuerte, pero yo no me lo planteé así. No fue muy planeado, fue inconsciencia. Lo que pasa es que a mí me pasó algo con Walsh, eso fue todo. Yo doy Walsh en mis clases en la Facultad y trabajando con Walsh tuve como una imagen de relato, que fue esa que cuento en el posfacio: la de ese hombre solo escuchando en Radio Colonia el enfrentamiento donde muere su hija. Yo tengo memoria de ese hecho, recuerdo haberlo leído en los diarios… lo dieron a conocer como una victoria contra la guerrilla Tengo el recuerdo del flash que se me vino a la cabeza cuando leí la noticia: en ese mismo momento, un tipo, que es el padre, que está en la más absoluta clandestinidad, solo escuchando esa noticia… dije bueno acá puede empezar un policial… la investigación que Walsh hizo y nunca pudo escribir.
-El tema abordado en la novela es muy complejo en términos históricos, pero a pesar de eso elegiste llevarlo a la ficción ¿Cuál es el límite para ficcionar temas históricos?
-Soy escritora de novelas históricas, hasta ahora, no me quiero encasillar…
-¿La considerás una novela histórica?
-Sí, porque transcurre en una época que, si bien no es muy alejada en el tiempo, es un abismo respecto de hoy. Realmente requiere una reconstrucción de época -no sólo de trajes y de ropas y estilos- sino sobre todo de mentalidad, de valores, de historias, de presupuestos… es realmente otro mundo. No es escribir una novela de hace 10 años… hay un abismo. De hecho es una novela que las generaciones de pos dictadura no se pueden imaginar. Porque no habla de la picana eléctrica… eso está como el límite, como el horizonte de esta historia… pero esta novela no habla de eso. Habla de la lucha armada, y habla de la militancia y de una época en la que se había logrado una victoria ideológica tan impresionante, en tantas cosas, que se vivían escenas como las que se relatan en el libro. Por otro lado, tiene cosas del género… La novela histórica elige algún personaje de público conocimiento, generalmente muy fuerte; hechos de público conocimiento y teje toda una trama imaginaria alrededor. Yo hice eso.
-¿Por qué la elección del género ficción y no, el uso de no-ficción?
-Primero porque soy escritora de ficción. No soy historiadora, tampoco soy política, ni politicóloga, ni analista… no podría hacer un ensayo sobre las fuerzas guerrilleras… En la novela tiro preguntas de las cuales no tengo respuestas… Si hacés un ensayo sos absolutamente responsable de todo lo que está significado ahí. Yo me siento responsable de las preguntas que están en la novela, no de lo que se pueda leer de ella.
-La ficción también te permite potenciar algunas dualidades…
-Eso… la posibilidad de la ficción es esa. La posibilidad de hacer preguntas sin tener respuestas. Yo no sé si tiene más razón Lilia que Marta (se refiere a un debate entre dos personajes del libro); no se si el ama de casa que protege, exclusivamente, sus valores íntimos y familiares tiene más razón que la guerrillera que sostiene que si todos piensan así aún habría esclavos.
-El libro trabaja intertextualmente con parte de la obra de Walsh, sobre todo con el cuento “Esa mujer” y con “Carta a mis amigos” ¿Buscás una vuelta del lector a la obra de Walsh o simplemente los planteás como disparadores?
-Me encantaría… si este libro hace que gente que no leyó “Esa mujer” lo lea yo estoy hecha, muy feliz. “Esa mujer” es uno de los más grandes cuentos de la literatura argentina. Lo que sí, no lo hice con un fin didáctico y tampoco lo hice poniendo la teoría antes que mi pulsión de escritura… cuanto más conozco teoría literaria más quiero a mi perro (risas). No me propuse trabajar la intertextualidad… pero tampoco no me hago la tonta… Lo que quiero decir es que no pensé primero en eso, sino que leer “Esa mujer”, a mí me desató relatos; del mismo modo “Carta a mis amigos” me desató el relato de la investigación que Walsh no escribió.
Hay un tema que junta en mi vida docencia y ficción: había dado en un año “Operación Masacre” y “¿Quién mató a Rosendo?” y estaba como muy tomada por la historia del detective, investigador de crímenes políticos que cada vez que investiga va y escribe un libro. Y que está todo el tiempo oscilando entre la práctica y la semiosis, la escritura, la construcción de mundo discursivo real y ficcional al mismo tiempo, porque si bien los libros son reales tienen toda la técnica novelística del policial. Entonces me llamaba mucho la atención que cada vez que un crimen lo conmovía, lo investiga y trabaja todas las relaciones de clase que giran en torno a él. En ese contexto releo la “Carta a mis amigos” y automáticamente pensé “esta muerte política no puede no haberlo conmovido”, porque es la más impresionante que tuvo en su vida. Ahí me pregunté qué hubiera escrito, qué hubiera investigado, cómo hubiera sido esa investigación y empiezo a notar que hay pequeños indicios en la carta que ocultan un relato. Entonces me propuse inventar ese pequeño relato utilizando esos pequeños indicios. Con “Esa mujer pasa lo mismo”, esconde pequeños indicios que esconden un relato.
-Una de las cuestiones más polémicas con las que te metés en el libro es el debate entre Walsh y la Conducción de Montoneros. ¿Cómo lo trabajaste?
-Esa parte es totalmente histórica. Hay una reunión imaginaria en el libro, pero las cartas que envió Walsh a la Conducción las tomo para extraer los argumentos. Lo que contestan los guerrilleros no me constan que fueron exactamente así… salen de mi propio recuerdo y experiencia
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