Recuperar el tiempo perdido estudiando en una vecinal

Recuperar el tiempo perdido estudiando en una vecinal
Muchos deciden realimentar sus esperanzas y sueños. Otros esperan terminar la escuela y poder buscar un futuro que les permita una vida mejor. En Comodoro Rivadavia decenas de adultos de distintas edades que abandonaron la educación primaria recurren a la enseñanza nocturna para completar tarea que les quedó pendiente cuando eran niños.
Algunos dejaron la escuela por decisión propia y otros obligados por circunstancias de la vida. Hoy, convertidos en adultos, a todos ellos los une el mismo objetivo: superarse día a día y terminar sus estudios primarios.

Para algunos han pasado varias décadas desde que tomaron por última vez un cuaderno. Incluso, en ese tiempo, la enseñanza sufrió profundas transformaciones con los avances pedagógicos y también tecnológicos, porque aparecieron las calculadoras y más tarde las computadoras.

A pesar de esas diferencias, muchos adultos deciden volver a las aulas para aprender lo que no pudieron de chicos y seguir superándose día a día, como ocurre en la zona oeste de Comodoro Rivadavia con vecinos de barrios como Las Flores.

En ese sector, la Escuela 34, que se encuentra en los Nogales y Granaderos, lleva adelante la educación nocturna para los mayores que desean terminar sus estudios primarios. Y lo más llamativo es que la propia asociación vecinal del barrio la Flores se sumó a esta actividad y funciona como sede de la escuela nocturna.

"Tenemos gente que trabaja y no concurre todos los días, son flexibles los horarios de adultos porque nosotros trabajamos por ciclo. Tenemos primero y segundo ciclo y nos adaptamos de acuerdo a la necesidad de los alumnos", destacó Sandra Garrido, maestra del lugar.

En total allí son trece los alumnos que asisten a clase de lunes a viernes. En ese espacio reducido, pero acogedor, adolescentes y grandes aprender a sumar, multiplicar y escribir, como es el caso de Blanca Vargas quien llega a diario del barrio San Cayetano.

"Soy ama de casa, por ahora, -aclara- y quiero terminar mi primaria para saber más. Aprender más de lo que uno no sabe y poder escribir mejor, expresarse mejor y poder entender multiplicación porque todas esas cosas son buenas para nuestra vida", explicó la mujer que también estudió para modista y peluquera.

Blanca nació en la Isla de Chiloé, en Chile, donde llevaba una humilde vida rural, cuenta. A kilómetros del pueblo más próximo era difícil estudiar para los hijos de los campesinos, porque a medida que los chicos crecían las responsabilidades laborales aumentaban para poder colaborar con sus padres, relata.

En otros casos, el destino les jugó una mala pasada y les impidió la continuidad de los estudios. "Yo siempre quise aprender y tuve la mala suerte de chica de que mataran a mi papá, nunca supe lo que era ir al colegio, nunca supe lo que era ponerme un guardapolvo blanco. Mi mamá pudo mandar a mis hermanos, pero a mí no. Yo ayudé a todos mis hermanos y tuve que salir a trabajar para ayudar a mi mamá y criar a mis hermanos cuando estaba internada. Tenía que lavar la ropa y zapatillas", recuerda Sara.

UNA ESCUELA DISTINTA

Antes de las 17:30, Sandra llega a la asociación vecinal de Las Flores. Primero sube la escalera y en cuanto ingresa al salón ordena todo para cuando lleguen los alumnos. En la tarde del miércoles, la maestra se encontraba junto a Mirtha Garrido, encargada del taller de artesanías. "Son gente que por distintas situaciones no pudo estudiar y después ven la necesidad de enseñarles a sus propios hijos. El interés más grande de los adultos es ese. Por ejemplo hay una señora que tiene a su hija en catecismo y dice que le cuesta leer la lectura en la misa", comenta Sandra, quien el año pasado tomó una suplencia e inicio su labor con los adultos.

"Nunca había trabajado con ellos, me tocó un grupo de 23 adolescentes que terminaban noveno. Terminaron, pero fue una lucha terrible. Logramos cambiar muchos hábitos de los chicos y uno se siente conforme, entonces dije si pude hacerlo vamos a seguir", remarca la maestra.

El aula de Sandra en la asociación vecinal tiene sus propias características. Dentro del lugar que no supera los 16 metros cuadrados se encuentra una mesa colectiva donde todos están sentados como en una mesa redonda, cara a cara.

Esto genera una dinámica que permite una fluida comunicación entre los participantes que interactúan con alegría en esta aula, que además tiene un pizarrón pintado por los propios vecinalistas.

"Me gusta todo. Lo que estamos aprendiendo es hermoso, por ahí había cosas que yo escribía mal y eso fue lo que más me atrajo para poder escribir mejor", destaca Blanca, quien había intentado continuar con sus estudios hace más de 35 años, al igual que Sara durante el año pasado.

"Iba a la escuela de Rada Tilly y cuando empezó el problema de la gripe la maestra que yo tenía se enfermó y se fue a Córdoba, entonces no alcancé a terminar, pero yo pienso que algún día voy a terminar lo que quiero y por eso yo dije ‘el día de mañana cuando Leonardo (su hijo) crezca yo voy a poder seguir la escuela’", explica.

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