Un recorrido por El Cairo, un calvario entre tanques, retenes y civiles armados

Un recorrido por El Cairo, un calvario entre tanques, retenes y civiles armados
“Yalla, yalla”(vamos, vamos), dice el chofer a un joven oficial en tono de súplica para que le permita seguir su ruta en uno de los numerosos retenes montados por los militares en El Cairo. El toque de queda aún rige y un trayecto que debía durar unos veinte minutos entre el aeropuerto y el centro de la capital egipcia terminó ayer por la madrugada convirtiéndose en un calvario de casi tres horas por los controles militares, desvíos, calles cerradas y registros de las Fuerzas Armadas desplegadas con tanques y fusiles de asalto, y por los grupos de autodefensa barriales armados con palos, barras de metal, cuchillos e incluso armas de fuego, que custodian sus sectores con celo policial.
La escena se repite hasta el hastío. Tanto con los militares cuanto con los civiles. Desde que se impuso el toque de queda, circular por El Cairo se convirtió en una odisea en donde los controles y los desvíos son la regla y resulta en una real parálisis para todo el que viaje en auto entre las tres de la tarde y las ocho de la mañana del día siguiente.

Los tanques desplegados en las principales arterias de la ciudad, con la tropa de a pie armada con fusiles Kalashnikov, se erigen como un disuasivo natural a cualquier intento por evitar el control. En los barrios, los civiles montan barricadas con vallas, neumáticos o bloques de hormigón para obligar a los autos a pasar por un único lugar, allí donde ellos están.

En cada checkpoint los militares, o los civiles, registran los vehículos y verifican la identidad de los conductores. Esto puede hacer cuadruplicar el precio de un trayecto, sin la garantía de llegar a destino si el vigilante del momento se empecina en no dejar pasar.

Durante el día, cuando no rige el toque de queda, los militares abren los retenes pero no abandonan el lugar. Los tanques y vehículos blindados ligeros se quedan apostados en las principales avenidas. Los civiles, en algunas zonas, pasan a ordenar la circulación. En el Down Town y en Bulak, aun ayer, cuando supuestamente la policía regresó a las calles tras permanecer ausente desde el viernes, los grupos de autodefensa barriales organizaron el tránsito. Los semáforos, cuando los hay, no funcionan.

Los rastros de la violencia de la semana pasada aún son visibles. Cerca de la plaza Tahrir, epicentro de las marchas, hay vehículos dados vuelta, carbonizados.

Por Qasr el Ayhi, una avenida que desemboca en la plaza, no muy lejos del lujoso hotel Sheraton y de la embajada de Estados Unidos, se siente un fuerte olor a combustible delante de una estación de servicio saqueada hace varios días, y donde yace la carcasa carbonizada de un móvil policial.

Cerca de la plaza, a orillas del Nilo, del edificio donde estaban las oficinas del Partido Nacional Democrático del presidente Hosni Mubarak sólo queda la estructura de cemento, ennegrecida por el incendio provocado el viernes.

A siete días del inicio de las manifestaciones que dejaron al menos 125 muertos y miles de heridos, la seguridad se convirtió en una obsesión para los habitantes y las instituciones públicas. En el Hospital Universitario de El Cairo, uno de los más importantes de la ciudad, que recibió 605 heridos y los cuerpos de 22 muertos en las protestas, según indicó a Clarín su director Ashraf Hatem, la seguridad es la prioridad desde que intentaron saquear el lugar el fin de semana .

En el barrio central de El Dokki, donde está la Universidad de El Cairo, los vecinos salieron anoche con palos a montar la guardia . La noche comenzó tranquila. No circulaban autos y sólo se oían charlas de vecinos en las calles, interrumpidas de tanto en tanto por el motor de los helicópteros que realizaban sus últimos vuelos sobre la ciudad.

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