Por Ricardo Roa.La soledad es lo último que necesita un gobierno para gobernar. El de los Kirchner es un gobierno insular por propia elección: está enfrentado con el campo, la Iglesia, los medios, los jueces y también con los empresarios. Todas, guerras comenzadas y fogoneadas por el mismo oficialismo.
Un día antes, ante un auditorio de dirigentes adictos, Cristina Kirchner había dicho que su “obligación es tenerles paciencia hasta a los que no tienen razón”. Y pidió “un poco de inteligencia y comprensión” a quienes critican al Gobierno por la inseguridad jurídica.
Con una modestia sólo aparente, les dijo de hecho que la única razón está del lado del Gobierno. Y que quienes deben tener inteligencia y comprensión son ellos, los empresarios. Comprender que es lícito avanzar sobre las empresas, imponer las reglas de juego que quiera o utilizar fuerzas de choque para presionar. Y encima, que acepten que nada de eso vulnera la seguridad jurídica.
Y sin modestia, la Presidenta se ufanó de ser quien “más ha hecho por la industria” en estos años. Desplegó estadísticas y patinó en una: la tasa de inversión está hoy en el 22% contra el 23,1% de 2008. No se preguntó por qué el proceso de inversión se había frenado. La respuesta es simple: desconfianza. La certidumbre determina si se arriesga capital o no.
Gobernar no es aislarse y agredir y pedirle a los otros comprensión. En todo caso, el deber prioritario de comprender es del mismo Gobierno.

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