En la relocalización, hubo vecinos contentos por el traslado y por recibir una casa, y algunos que no quisieron irse. Los que consiguieron una vivienda, vivieron el proceso con una gran carga de angustia
Desde la entrada a la villa Ranqueles, entre los árboles y los cables desordenados que cruzan la calle, se divisa, impecable, la estructura blanca del puente colgante. Algunos vecinos, entre ellos Marcela Arabel, se preguntaban cómo hubo tanto dinero para esa obra y tan poco para construir viviendas.
Guadalupe Correa (23), madre soltera de una nena de dos meses, vivía en una piecita al fondo de la casa de su madre, sobre la calle Roberto Payró.
Hasta el último, peleó para conseguir una casa para ella y su hijita. Durante todo el día de ayer, vio ir y venir por el barrio a varios funcionarios del Gobierno de la Provincia.
Cuando les planteó el tema una vez más, le dijeron que no había más viviendas disponibles.
"No puedo estar más acá, si ya sacaron todo", dice resignada Guadalupe, que pensaba resistir la demolición para obligar a que le dieran un lugar propio. Es que, como ella misma cuenta, se le hizo imposible: a primera hora, cuadrillas de Epec y Emos habían dejado su cuadra sin electricidad y sin agua. A la fuerza, la joven se fue a la casa de la madre. Ya no tiene esperanzas de conseguir una para ella.
Lorena Argüello vivía en iguales condiciones: en un mismo terreno estaban la casa de su madre y la suya. Su mamá, Liliana, también peleó hasta el final para conseguir una vivienda para ella. El Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia sólo entregó una, y fue para la hija.
"No le dieron nada; le mintieron y no le dieron nada. La amenazaron con que, si no se iba a ahora, nos dejaban sin vivienda a mí y a mi hermana, y ella tuvo que aflojar e irse.
Hace 14 años que vivo acá, y me quisieron dejar sin casa porque le di un pedazo de terreno a mi mamá", cuenta Lorena, enojada. Liliana, su madre, está viviendo desde ayer en la casa de uno de sus hijos.
"A nosotros no nos sirve. Mi hermana tiene cinco hijos, nosotros somos seis, y mi mamá y un hijo... No nos alcanza", evalúa Lorena. La mujer muestra su vivienda, con dos habitaciones y un amplio comedor. Y la de su mamá, en la esquina: una casita pequeña pintada de amarillo.
Una de las quejas de los vecinos fue el mal trato que recibieron de parte de algunos funcionarios del Ministerio de Desarrollo de la Provincia. Pero tanto o más que eso los molestó el apuro con que tuvieron que dejar sus casas listas para ser demolidas.
El caso de Lorena Argüello es idéntico al de muchos otros en Ranqueles. "Hace dos días que tengo los muebles afuera; comemos y dormimos al aire libre, porque ya sacamos el techo para no perder los materiales. Nos dijeron que si no desarmábamos nosotros, iban a romper todo cuando vinieran (las máquinas). Hoy estuvimos levantados desde las 5 de la mañana".
"Hubo muchas injusticias. Le dieron casa a hombres solos, que nunca vivieron acá. Y a personas que tienen un sueldo, que podrían tener un hogar digno si lo quisieran", comentó la mujer.
El sueño de la casa propia
Delicia Argüello es una de las vecinas que está contenta con la relocalización. Su casa, ya demolida, quedaba en la esquina de Payró y Ranqueles. En un alto de los trabajos para desmantelar su vivienda, la mujer expresa:
"Estoy orgullosa de irme a vivir a una casita así; estoy feliz. Durante toda la semana, han venido los chicos de Vivienda".
Optimista, esperanzada, Delicia comenta que ya conoce el nuevo lugar donde va a vivir. "Las casitas son muy hermosas, lo mismo que el barrio; es toda gente de acá (por Ranqueles)", comenta.
Delicia, su hijo y algunos ayudantes, trabajaron ayer desde las cuatro de la mañana para sacar de la construcción todo cuanto tuviera algún valor.
Como ellos, muchos trabajaron durante la madrugada, a ritmo frenético, para retirar aberturas, sanitarios, grifería, etc. Según los propios vecinos, el barrio no durmió durante toda la noche.
Los que decidieron quedarse
Juan Vilches (70) y Segunda Cortés (80) no quieren irse de villa Ranqueles. Su casa está en la traza del nuevo puente colgante, y les correspondía una vivienda en el barrio Anexo Padre Mujica, donde fueron trasladados sus vecinos. Pero ellos decidieron quedarse.
Segunda, que vive ahí desde "hace 40 años", ha quedado ciega hace tiempo. Su marido, Juan, la va a acompañar en la decisión de quedarse: "Ella ya se maneja acá, en el barrio. Y siente mucho todos los años que vivió acá", afirma el hombre. Dice también que firmaron un acuerdo con funcionarios provinciales, en el que manifiestan su voluntad de quedarse en el lugar.
"Esta casita es mía, y hace 40 años que estoy acá", cuenta Segunda. Los dos llevan una vida muy tranquila; dicen no molestar a nadie y que nadie los molesta.
"No quiero irme", dice la mujer. "Esta casa me trae muchos recuerdos; yo perdí tres hijos acá. va a ser peor si me voy. Por lo menos, si estoy acá, aunque sea voy a poder vivir un año más. Si voy a otro lado, no". Los recuerdos la inundan, y la anciana rompe en llanto.
La pareja ayer quedó sin agua y sin luz, como todas las viviendas ubicadas dentro de la traza del acceso al puente. Pero Juan comenta que ya le prometieron que le van a restituir los dos servicios.
Le dijeron que sería rápido.
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