Ranqueles: alegría y desazón en una jornada signada por el desarraigo

En la relocalización, hubo vecinos contentos por el traslado y por recibir una casa, y algunos que no quisieron irse. Los que consiguieron una vivienda, vivieron el proceso con una gran carga de angustia
Las ca­sas se caen a pe­da­zos, mien­tras la gen­te de vi­lla Ran­que­les, in­mó­vil, en si­len­cio, con­tem­pla la es­ce­na. Así, se de­rrum­ban tam­bién los años de la in­fan­cia, el es­fuer­zo de mu­cho tiem­po, par­te de la vi­da en el ba­rrio -según el testimonio de los ve­ci­nos. El de­sa­rrai­go de­sa­ta un sin­fín de sen­ti­mien­tos en­con­tra­dos: es­tá el que año­ra el pa­sa­do que se es­fu­ma, el in­dig­na­do por­que hu­bo in­jus­ti­cias, el es­pe­ran­za­do, el que es­tá fe­liz de te­ner una nue­va ca­sa. In­clu­so, hay quie­nes re­cha­za­ron una vi­vien­da en el sec­tor don­de son reu­bi­ca­das 64 fa­mi­lias, y se que­dan en su ba­rrio, en la cos­ta nor­te del río. Tam­bién hu­bo ba­ta­llas, ga­na­das y per­di­das: la ale­gría del que pe­leó y con­si­guió una ca­sa, la de­sa­zón del que no lo lo­gró.

Des­de la en­tra­da a la vi­lla Ran­que­les, en­tre los ár­bo­les y los ca­bles de­sor­de­na­dos que cru­zan la ca­lle, se di­vi­sa, im­pe­ca­ble, la es­truc­tu­ra blan­ca del puen­te col­gan­te. Al­gu­nos ve­ci­nos, en­tre ellos Mar­ce­la Ara­bel, se pre­gun­ta­ban có­mo hu­bo tan­to di­ne­ro pa­ra esa obra y tan po­co pa­ra cons­truir vi­vien­das.

Gua­da­lu­pe Co­rrea (23), ma­dre sol­te­ra de una ne­na de dos me­ses, vi­vía en una pie­ci­ta al fon­do de la ca­sa de su ma­dre, so­bre la ca­lle Ro­ber­to Pay­ró.

Has­ta el úl­ti­mo, pe­leó pa­ra con­se­guir una ca­sa pa­ra ella y su hi­ji­ta. Du­ran­te to­do el día de ayer, vio ir y ve­nir por el ba­rrio a va­rios fun­cio­na­rios del Go­bier­no de la Pro­vin­cia.

Cuan­do les plan­teó el te­ma una vez más, le di­je­ron que no ha­bía más vi­vien­das dis­po­ni­bles.

"No pue­do es­tar más acá, si ya sa­ca­ron to­do", di­ce re­sig­na­da Gua­da­lu­pe, que pen­sa­ba re­sis­tir la de­mo­li­ción pa­ra obli­gar a que le die­ran un lu­gar pro­pio. Es que, co­mo ella mis­ma cuen­ta, se le hi­zo im­po­si­ble: a pri­me­ra ho­ra, cua­dri­llas de Epec y Emos ha­bían de­ja­do su cua­dra sin elec­tri­ci­dad y sin agua. A la fuer­za, la jo­ven se fue a la ca­sa de la ma­dre. Ya no tie­ne es­pe­ran­zas de con­se­guir una pa­ra ella.

Lo­re­na Ar­güe­llo vi­vía en igua­les con­di­cio­nes: en un mis­mo te­rre­no es­ta­ban la ca­sa de su ma­dre y la su­ya. Su ma­má, Li­lia­na, tam­bién pe­leó has­ta el fi­nal pa­ra con­se­guir una vi­vien­da pa­ra ella. El Mi­nis­te­rio de De­sa­rro­llo So­cial de la Pro­vin­cia só­lo en­tre­gó una, y fue pa­ra la hi­ja.

"No le die­ron na­da; le min­tie­ron y no le die­ron na­da. La ame­na­za­ron con que, si no se iba a aho­ra, nos de­ja­ban sin vi­vien­da a mí y a mi her­ma­na, y ella tu­vo que aflo­jar e ir­se.

Ha­ce 14 años que vi­vo acá, y me qui­sie­ron de­jar sin ca­sa por­que le di un pe­da­zo de te­rre­no a mi ma­má", cuen­ta Lo­re­na, eno­ja­da. Li­lia­na, su ma­dre, es­tá vi­vien­do des­de ayer en la ca­sa de uno de sus hi­jos.

"A no­so­tros no nos sir­ve. Mi her­ma­na tie­ne cin­co hi­jos, no­so­tros so­mos seis, y mi ma­má y un hi­jo... No nos al­can­za", eva­lúa Lo­re­na. La mu­jer mues­tra su vi­vien­da, con dos ha­bi­ta­cio­nes y un am­plio co­me­dor. Y la de su ma­má, en la es­qui­na: una ca­si­ta pe­que­ña pin­ta­da de ama­ri­llo.

Una de las que­jas de los ve­ci­nos fue el mal tra­to que re­ci­bie­ron de par­te de al­gu­nos fun­cio­na­rios del Mi­nis­te­rio de De­sa­rro­llo de la Pro­vin­cia. Pe­ro tan­to o más que eso los mo­les­tó el apu­ro con que tu­vie­ron que de­jar sus ca­sas lis­tas pa­ra ser de­mo­li­das.

El ca­so de Lo­re­na Ar­güe­llo es idén­ti­co al de mu­chos otros en Ran­que­les. "Ha­ce dos días que ten­go los mue­bles afue­ra; co­me­mos y dor­mi­mos al ai­re li­bre, por­que ya sa­ca­mos el te­cho pa­ra no per­der los ma­te­ria­les. Nos di­je­ron que si no de­sar­má­ba­mos no­so­tros, iban a rom­per to­do cuan­do vi­nie­ran (las má­qui­nas). Hoy es­tu­vi­mos le­van­ta­dos des­de las 5 de la ma­ña­na".

"Hu­bo mu­chas in­jus­ti­cias. Le die­ron ca­sa a hom­bres so­los, que nun­ca vi­vie­ron acá. Y a per­so­nas que tie­nen un suel­do, que po­drían te­ner un ho­gar dig­no si lo qui­sie­ran", co­men­tó la mu­jer.

El sue­ño de la ca­sa pro­pia

De­li­cia Ar­güe­llo es una de las ve­ci­nas que es­tá con­ten­ta con la re­lo­ca­li­za­ción. Su ca­sa, ya de­mo­li­da, que­da­ba en la es­qui­na de Pay­ró y Ran­que­les. En un al­to de los tra­ba­jos pa­ra des­man­te­lar su vi­vien­da, la mu­jer ex­pre­sa:

"Es­toy or­gu­llo­sa de ir­me a vi­vir a una ca­si­ta así; es­toy fe­liz. Du­ran­te to­da la se­ma­na, han ve­ni­do los chi­cos de Vi­vien­da".

Op­ti­mis­ta, es­pe­ran­za­da, De­li­cia co­men­ta que ya co­no­ce el nue­vo lu­gar don­de va a vi­vir. "Las ca­si­tas son muy her­mo­sas, lo mis­mo que el ba­rrio; es to­da gen­te de acá (por Ran­que­les)", co­men­ta.

De­li­cia, su hi­jo y al­gu­nos ayu­dan­tes, tra­ba­ja­ron ayer des­de las cua­tro de la ma­ña­na pa­ra sa­car de la cons­truc­ción to­do cuan­to tu­vie­ra al­gún va­lor.

Co­mo ellos, mu­chos tra­ba­ja­ron du­ran­te la ma­dru­ga­da, a rit­mo fre­né­ti­co, pa­ra re­ti­rar aber­tu­ras, sa­ni­ta­rios, gri­fe­ría, etc. Se­gún los pro­pios ve­ci­nos, el ba­rrio no dur­mió du­ran­te to­da la no­che.

Los que de­ci­die­ron que­dar­se

Juan Vil­ches (70) y Se­gun­da Cor­tés (80) no quie­ren ir­se de vi­lla Ran­que­les. Su ca­sa es­tá en la tra­za del nue­vo puen­te col­gan­te, y les co­rres­pon­día una vi­vien­da en el ba­rrio Ane­xo Pa­dre Mu­ji­ca, don­de fue­ron tras­la­da­dos sus ve­ci­nos. Pe­ro ellos de­ci­die­ron que­dar­se.

Se­gun­da, que vi­ve ahí des­de "ha­ce 40 años", ha que­da­do cie­ga ha­ce tiem­po. Su ma­ri­do, Juan, la va a acom­pa­ñar en la de­ci­sión de que­dar­se: "Ella ya se ma­ne­ja acá, en el ba­rrio. Y sien­te mu­cho to­dos los años que vi­vió acá", afir­ma el hom­bre. Di­ce tam­bién que fir­ma­ron un acuer­do con fun­cio­na­rios pro­vin­cia­les, en el que ma­ni­fies­tan su vo­lun­tad de que­dar­se en el lu­gar.

"Es­ta ca­si­ta es mía, y ha­ce 40 años que es­toy acá", cuen­ta Se­gun­da. Los dos lle­van una vi­da muy tran­qui­la; di­cen no mo­les­tar a na­die y que na­die los mo­les­ta.

"No quie­ro ir­me", di­ce la mu­jer. "Es­ta ca­sa me trae mu­chos re­cuer­dos; yo per­dí tres hi­jos acá. va a ser peor si me voy. Por lo me­nos, si es­toy acá, aun­que sea voy a po­der vi­vir un año más. Si voy a otro la­do, no". Los re­cuer­dos la inun­dan, y la an­cia­na rom­pe en llan­to.

La pa­re­ja ayer que­dó sin agua y sin luz, co­mo to­das las vi­vien­das ubi­ca­das den­tro de la tra­za del ac­ce­so al puen­te. Pe­ro Juan co­men­ta que ya le pro­me­tie­ron que le van a res­ti­tuir los dos ser­vi­cios.

Le di­je­ron que se­ría rá­pi­do.

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