Se recibió de entrenador de básquet Nivel 1 y enseña a chicos en el club Jorge Newbery de Río Ceballos.
–Todo (responde y hace un silencio de reflexión). Lo que más me gusta es cuando viene un chico y me dice ‘profe’.
De repente, el mundo de Santiago Aguirres se transforma. Y todo, absolutamente todo, tiene sentido. Su sentido. Este chico, que nació con síndrome de down, escucha ese insustituible ‘profe’ casi todos los días de su vida. A cada rato. De la boca de chicos que lo respetan. Que lo admiran y lo quieren.
Santiago Aguirres, de 26 años, se recibió hace un par de meses de entrenador de básquet Nivel 1, en un curso que realizó en el Ipef (Instituto Provincial de Educación Física). Rindió con siete un examen que fue bastante similar al que rindieron el resto de los alumnos que, como Santi, quieren ser técnicos de básquet. Eso de ponerse a prueba no fue algo nuevo para él.
Hizo la primaria en la escuela pública Vélez Sársfield de Unquillo, su localidad; y la secundaria, en la IPEM 78 también de su ciudad. Además, realizó un curso de monitor (entrenador de niños) de básquet. Hace más de cinco años que trabaja en el club Jorge Newbery de Río Ceballos (recibe una beca por su labor), enseñando fundamentos en el básquet formativo, a niños de entre 6 y 9 años. Ésta oportunidad acomodó su vida.
Enseña a jugar al básquet, sí. Entre tantas cosas más, que poco tienen que ver con ese hermoso juego donde los pibitos corren detrás de la bola naranja. Para que la puerta en Newbery se abriera, fue clave la gestión del ex intendente de la localidad, el doctor Lemos, quien lo conocía porque sus hijos compartieron equipo con Santi.
El título de entrenador y el carné que lo legitima como profe y que lleva en la billetera, son el orgullo de Santi.
Hermano mellizo. Santiago nació distinto a su hermano mellizo Nahuel. Y a sus otros tres hermanos. “Somos cuatro varones y una mujer”, cuenta y los nombra: “Nahuel, Anahí, Facundo y Lucas”. Daniel es su papá y es psicólogo. Su madre es Graciela y trabaja de médica de guardia. “Mi papá está loco”, se ríe. Y no se quiere olvidar de sus sobrinos: Araluz, Coral, Merlín, Lino y Nicanor.
Viaja todos los días desde Unquillo. Antes de las seis de la tarde ya está dentro del gimnasio Arnaldo Ciacci. Como ayer, un martes cualquiera de junio. El club está lleno de pibes y pibas.
Pero antes de conocer a Santiago, hay que darle la mano a Gerardo Loza, el entrenador general de las inferiores del club. Su mentor. “Santi tiene síndrome de down, pero es un fenómeno. Es increíble su capacidad y lo que sabe. Es importante que lo destaquen porque su caso es único”, dice Gerardo, el profe que está vestido como para jugar una final de la NBA ya mismo. “En el caso de Santiago, decir que es un chico diferente es complicado. Porque siempre ha sido uno más. Lee y escribe. Se recibió en el curso de profe de básquet en nivel 1 y le tomaron como a cualquiera. Con eso puede enseñar en todo el básquet formativo. Seguir avanzando para hacer el nivel 2, es algo más complicado”, dice Gerardo, que fue un jugador destacado en Río Ceballos e integró varias selecciones locales. Algo complejo para alguien del Gran Córdoba.
Santi jugó toda su vida al básquet en el Club Unión de Unquillo y, luego, en Newbery. Cuando terminó esa etapa fue el propio Gerardo quien lo invitó a participar en el club, ayudándolo con los chicos. “Acá hay un proyecto de integración. Santiago es parte de Jorge Newbery y todos los clubes nos conocen por él. Es muy querido en el ambiente”, asegura.
También aparece Facundo, quien es jugador de la Sub 23 del club y otro proyecto de entrenador que ayuda a Gerardo con las prácticas. En total, entre 80 y 100 chicos entrenan de martes a viernes. “Santi nos da una mano muy grande y la tiene re clara. A los mosquitos (más pequeños) los maneja él solo. Yo ahora estoy un poco hasta las manos porque estudio en Córdoba Ingeniería Química. Pero Santi siempre aporta mucho y los chicos lo adoran”, cuenta. Al toque se arrima Gerardo y hace la pregunta de todos los días. “Santi, ¿quién es más famoso en Unquillo? ¿Vos o Nalbandian?”. “Yo”, responde Santi y provoca la risa de todos. “Cuando vengan a sacarte las fotos ponete una peluca, te estás quedando pelado”, lo carga.
Más que inclusión. La anécdota es muy recordada en la familia Aguirres y ocurrió 10 años atrás. Los hermanos de Santiago empezaban a salir al boliche. Y el lugar elegido era Bokete, en Río Ceballos. Un sábado cualquiera, Santi se plantó: “Yo también quiero salir”. Sus padres accedieron. Todo iba normal, hasta que un policía lo confundió con un borracho. Lo sacudió de la campera y lo sacó. Ahí la noche se terminó para todos en Bokete. No hubo más música y todos fueron a defenderlo. “Eso demuestra lo que lo quiere la gente de la zona. Es un mérito de él. Va a todos lados solo. Se maneja solo”, cuentan desde su familia.
De todos modos, una de las paredes más dolorosas con las que se chocó fue tras culminar el secundario. Llegaron hasta el Ipef para que Santi cumpliera su anhelo de ser profesor de educación física. Pero, después de algunas vueltas, vino un rotundo “no”. “Es una espina que tengo clavada”, repite.
Ahora, además del básquet, se encuentra trabajando en una cerrajería gracias a un programa de la Nación. Recibe 1.500 pesos al mes y trabaja cuatro horas al día. “Si logra aprender el oficio, en hora buena. Si no, es otra cosa que lo mantiene activo. Porque, claro, es como todos. A veces se bajonea”, cuentan quienes conviven con él.
Santiago se acomoda los lentes con el dedo índice y pispea si viene el InterCórdoba por la avenida San Martín para volver a Unquillo. No se impacienta como la gente que hace una larga cola. Él ya se subió a todos los colectivos que le pasaron en su vida. Porque aprovechó cada chance. Y ahí va, con boleto en mano, hasta la próxima.
De la T y el Griego. “Poné en el diario que nací en Córdoba y después me fui a Unquillo. Pero me gusta más Unquillo. No hay smog y estoy tranquilo”, dice. Y habla de su fanatismo por el deporte: “Soy de Talleres y River. Me gusta el fútbol y el básquet. Pero más el básquet porque el futbol es violento”.
En Unquillo, la familia Aguirres vive a dos pasos de la plaza Herbera. Allí hay un playón de básquet. Y no hay sábado a la tarde que no juegue al 21 con los chicos del barrio. Santi asegura que no puede hacer el próximo nivel de profe de básquet, porque está “caro”. Hasta que se recibió, cursaba sábado por medio en el Ipef. Siempre le dijo a su familia que su gran sueño es algún día ser entrenador del gran Atenas. El máximo anhelo de cualquier basquetbolero cordobés.
Igual, anda ilusionado con el nuevo Griego, el club de sus ídolos. “Está Marcelo (Milanesio), Mario como técnico y volvió Herrmann. Me gusta ir a la cancha, pero no voy seguido”, comenta. “Ahí vengo, ya termina la práctica de los pre mini y arrancan los mini”, y sale corriendo hacia la mitad de la cancha. Allí los chicos juntan las manos y se despiden hasta la práctica de mañana. El sábado hay partido. “Nos vemos, profe”. Santiago se ríe. Se lleva esas letras (P-R-O-F-E) en su bolso. De Río Ceballos hasta Unquillo en el InterCórdoba. De su mundo al de todos los demás. Esas cinco letras que todo lo transforman. Como dice el carné que está en su billetera: Profesor Aguirres, Santiago. Querido profe.
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Lo dice. Orgullo. “Lo que más me gusta es cuando alguno de los chicos me dice profe”, cuenta, emocionado.
Edad. 26 años. Es nacido en Unquillo. Tiene un hermano mellizo. Y tres hermanos más. Lo adoran.
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La opinión de Graciela, mamá de Santiago: Más lento que el resto, pero él siempre llega. Para nosotros, como papás, fue un golpe porque uno siempre tiene la expectativa de un embarazo normal. Sobrellevarlo fue todo un tema. Pero la principal causa de su integración es aceptarlo como es. Eso nos ayudó. Él, de muy chiquito, empezó en el Cabred. Después nos vinimos a vivir Unquillo, siempre asesorados con el Instituto. La idea fue tratar de incluirlos con sus pares, lo más que podamos. De ahí empezamos con una guardería de chicos normales, entre comillas. Peleamos para incorporar al primario, que fue toda una lucha, con mucho acompañamiento familiar. Logró el secundario también y el paso terciario fue complicado.
Siempre jugó al básquet en Unión de Unquillo y después en Newbery. Desde los seis, siete años arrancó. También jugó al fútbol, pero se le hacía más difícil. Era un riesgo grande para que sea ayudante. Pero lo que lo ha movido a él es el básquet. No lo saqués de esa palabra. Es su pasión. Es lo que lo mantiene vivo. Fue muy estimulado desde todo el nucelo familiar. Por donde pasó siempre fue aceptado. Eso ayuda mucho. Esto depende mucho de los padres e ir superando los miedos. Se puede y hay que pelear por eso.
Siempre nos dice: ‘Mirá que soy más lerdo’. Uno vive todo rápido y él un montón de veces nos frena. Hay que esperarlo. Pero aprendió a caminar más lento, a escribir más lento, a leer más lento, pero siempre llega. Santiago siempre llega.
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