"Los punteros políticos sobran, pero nunca hacen nada, todo es promesa"

| Los habitantes de los barrios cercanos al río Salí dicen que están olvidados, pero la Municipalidad lo niega . Inseguridad, falta de alumbrado y derrames cloacales son algunas quejas. Se hacen obras, según los ediles
Las calles embadurnadas con barro y líquidos cloacales parecen estar desiertas. Sólo un par de niños y algún que otro carro tirado por caballos transitan por la zona conocida como "La Costanera", en Banda del Río Salí, durante la tarde. Recién algunos minutos después de estar en el lugar se perciben señales de vida detrás de las cortinas o de los portones de chapa de las casas. Los barrios que lindan con el cauce como El Palomar, Soldado Tucumano, San Antonio del Bajo y Presidente Perón, entre otros, suelen ser protagonistas de las crónicas policiales. La inseguridad se percibe en el ambiente: gente escondida, pasos rápidos y sigilosos, miradas desconfiadas y rejas que custodian hasta el más mínimo ventiluz. LA GACETA recorrió algunos de esos sitios durante un día de lluvia y pudo dialogar con vecinos, quienes señalan que están abandonados y que la falta de seguridad es sólo uno de sus problemas.

El estigma y el miedo

Pocos de los habitantes de La Costanera acceden a hablar y a dar sus nombres, el resto se escabulle y afirma que teme represalias por parte de algún ladrón o vendedor de droga. Incluso para un foráneo es difícil llegar dado que los lugareños no quieren reconocer que viven en "La Costanera". Intentan despegarse de los prejuicios que pesan en ese nombre indicando que se llama así sólo a la franja de casas de madera a la vera del río. "Si entra a algunos de estos barrios después de las 18 no sé si sale", advierte un hombre que no quiso identificarse y que explica por qué el movimiento vespertino es escaso.

Hace más de 30 años que María Luisa Jiménez (55 años) vive en el barrio Presidente Perón, justo al frente de un descampado, apenas visible desde la calle por la altura de los pastizales que lo rodean: "en esos yuyales se esconden grupos de chicos y desde allí tiran piedras a los ómnibus. Llamé a la comisaría varias veces y nada. No sé que están esperando, que lastimen a alguien o que haya un accidente", dice ofuscada. Mientras señala los postes del alumbrado público, asegura que desde el año pasado que están sin luz. "De noche, no nos vemos ni las manos", afirma Luis Ortega (71), un albañil jubilado. El hombre de gestos adustos es claro: "ojalá yo creyera que van a arreglar algo, pero no, no lo harán. Todas son promesas incumplidas. Punteros políticos sobran pero no hacen nada. Seguramente, cerca de las elecciones volverán y andarán macaneando por aquí (sic)", adelanta el vecino de El Palomar.

Viviana Díaz (31 años) pregunta sobre qué tendrá que hablar porque "hay temas de los que no conviene", según alerta. La joven, que lleva a sus dos pequeños hijos de la mano, nunca puede salir a dar un paseo con su familia completa: "ya aprendimos que siempre tiene que quedar alguien en la casa para cuidar las cosas. Hace siete años que me mudé y nos robaron, desde entonces, cuando salimos, siempre falta uno", relata. El ama de casa dice que tiene "mucho miedo" de que a sus niños les pase algo por lo que rara vez los deja salir a la vereda.

Un río de cloacas

Una lluvia copiosa basta para que la pedregosa calle Avellaneda, del barrio Presidente Perón, se transforme en un riacho que corre en bajada hasta desembocar en el Salí. No es muy diferente a la situación en las vías paralelas. Pero sí hay una diferencia: "no crea que es sólo agua ¿Siente el olor? Son líquidos cloacales que salen de un bocatormenta y de algunos desagües. Están muy deterioradas las cañerías", explica Manuel Urbano (60 años). "Cuando comienza la época de lluvia ya no podemos tomar mates en el jardín, por el olor a desperdicios que hay. Y nadie hace nada", asegura detrás de unas rejas gruesas.

"Encima, toda el agua sucia que baja, se mete en las casas de las familias que viven más cerca del río. Durante la última tormenta, había como 10 centímetros de agua en las habitaciones de mis vecinos", recuerda el albañil Raúl Padilla (45 años). "Encima del lodazal y de la mugre, están los descampados, la víbora más chica mide medio metro", se indigna. "Estamos olvidados, esto siempre es tierra de nadie", concluye.

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