Cientos de fieles marcharon en procesión hacia la Catedral. Al llegar a la iglesia, el obispo Lona ofreció un discurso y la gente entonó el Himno. Luego hubo misa en el templo.
La convocatoria fue en la esquina de Illia y Lafinur —en la vereda del edificio donde funciona la AFIP— y estaba fijada para las 18, hora en la que alrededor de ciento cincuenta personas ya estaban allí en respeto de la puntualidad. Minutos después, llegó el obispo de San Luis, Jorge Luis Lona, seguido por su sucesor, Pedro Daniel Martínez.
En plena caída del atardecer, el sol recalentaba los cuerpos de los creyentes que comenzaban a enfilarse, aunque el viento volvía difícil la tarea de mantener en alto las pancartas.
Los primeros en acomodarse para conducir la procesión, fueron unos cuarenta hombres, compuesto por curas, monaguillos y seminaristas.
Una vez que el obispo estuvo listo, el rodado del Ejército Argentino que llevaba la imagen de María comenzó su marcha. Justo detrás de él, iban Lona y Martínez, escoltados a su derecha por unos veinte niños y niñas que recibieron su Primera Comunión.
A sus espaldas, los cientos de peregrinos conformaban una caravana de casi una cuadra de largo por siete metros de ancho aproximadamente, ocupando así la totalidad de la mano de avenida Illia que corre en sentido oeste-este en dirección a plaza Pringles. Incluso, un grupo de caminantes que conformaban una columna de unos cincuenta metros, desbordó su marcha sobre la vereda luego de cruzar la calle Constitución.
A una velocidad inferior de paso de hombre —el velocímetro del vehículo que cargaba a la Virgen marcaba cinco kilómetros por hora— los devotos acompañaban el andar con rezos y cánticos. Los fieles en su mayoría eran mujeres de entre cuarenta y más de setenta años, de una estatura promedio de 1,60 metro de altura. El pelo corto caracterizaba a las de edad más avanzada. También hubo niños.
El género femenino marcó una fuerte asimetría con el masculino, que fue minoría: cada ocho mujeres aproximadamente había un hombre. Al pasar por la puerta del Sanatorio Ramos Mejía, el portavoz pidió por un altoparlante "un rezo por los enfermos y sus familiares".
A medida que la procesión avanzaba, cada vez más gente se sumaba. Luego de recorrer con profunda paciencia nueve cuadras en alrededor de cuarenta minutos, los fieles desbordaron la esquina de la Catedral, ubicada en Rivadavia y Pringles, donde la imagen de la Inmaculada Concepción reposó por unos instantes, mientras era objeto de caricias y rezos. Lona subió cada uno de los escalones del templo también a paso relajado. Como en un altar y de frente a la multitud, la máxima autoridad eclesiástica de la provincia pronunció un breve discurso que fue anunciado por el sonar de las campanas. "Hoy (por ayer), todos nosotros en este día, vamos a unir nuestra fe al amor en nuestra Patria y nos consagraremos a María una vez más", expresó Lona. Dijo que a pesar de las múltiples expresiones y nombres que encarna la Virgen, "siempre es la misma María Inmaculada, siempre es aquélla que Dios eligió de modo extraordinario y que nos llama a todos a verla y a estar con Ella, nos llama a ese sí de nuestra vida".
Sin apartarse de las acepciones religiosas, el obispo recordó que a pesar de haber sido criada como ser humano, fue elegida para que desde su concepción estuviera libre del pecado original, "aquél que en otra mujer que estaba en la gracia original, Eva, había recibido junto con Adán los dones de Dios más plenos".
Luego de las palabras, los peregrinos entonaron el Himno Nacional Argentino al unísono y, con aplausos entre medio, Lona invitó a que todos realizaran una plegaria: "Pidamos por nuestra Patria; siga pidiendo para que Dios nos siga llevando al cielo".
Después de eso, los creyentes ingresaron a la Iglesia Catedral para participar de la Santa Misa que selló un día —feriado— especial para todos los católicos.
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