Las discos pasaron de moda y ahora se hacen en casas. Arrancan al atardecer y cobran entre 30 y 5 mil dólares.
Es viernes, promedia la tarde y el dato nos lleva a Laguna Escondida, el barrio privado más exclusivo de José Ignacio, a la vera de la ruta 10. Dos hombres de negro franquean la entrada: están los que compraron el ticket anticipado (en Facebook se vendían a u$s 60 hombres y u$s 30 mujeres, pero también se pueden pedir mesas VIP por las que se paga hasta u$s 5.000 con bebidas incluidas), los que tenemos la suerte de figurar en la lista indicada y los que tratan de convencer a los encargados de que ellos también tienen que estar. No hay carteles porque todos saben que hay que seguir por el camino de asfalto, pasar un segundo ingreso y voilà: la fiesta.
Hay dos chicas sentadas en el borde de una pileta que se funde con la laguna. Los que llegaron más temprano coparon las reposeras. Unas pocas mesas que tienen dueño rodean el VIP dentro del VIP. Ellos lucen traje de baño (corto, bermuda a la rodilla no va más), camisa y el pelo corto estilo europeo. Ellas minishort, plataformas y algo que tape la bikini. Infaltables los anteojos modelo wayfarer con marco de colores y cristales tornasolados.
En la barra venden champagne (de u$s 45 a u$s 180 por botella, aunque la mayoría pide el más barato); agua o energizante a u$s 10; tragos de u$s 10 a u$s 15. A un costado, un trailer con “sanitarios móviles de lujo”: enchapado imitación wengue en el piso, grifería, ploteado con diseño blanco y negro.
Josefina (32) vive en Buenos Aires, veranea acá desde los 8 y, sí, tiene todos los datos. “Tenés que elegir, porque hay muchas. Me gusta que sean exclusivas. No es tanto levante, más bien onda”, explica. Y cuenta que la mayoría de los que asisten se conocen porque pertenecen al mismo circuito que recorre la “cream” de la noche porteña. “Esto es por contacto, por apellido o porque sos tan magnate como ellos”, resume. El ritmo lo marcan los brasileños”, sigue.
Después de las 20 empieza a caer el sol y la pista se llena de gente que no supera los 30 años. El DJ pasa una mezcla de house y tecno y prepara el ambiente para la llegada de Barem, el show principal de la noche. Los chicos se mueven más intenso que las chicas. Ya es noche cerrada, pero Marian, Gysel, Celeste, Juli y Maxi siguen con los anteojos puestos. “Me encanta que sea al aire libre y que no haya acceso para cualquiera”, dice Marian. ¿La playa? “Hoy ni fuimos”, responde. Un valiente se mete a bailar en la pileta. Dura poco. Todavía hay una fila de autos esperando sobre la ruta para entrar.
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