En la categoría 48 kilos de judo, cayó por waza-ari ante la cubana Dayaris Mestre, a quien terminó alzando para felicitarla por el logro
uando salió del edificio de la Villa Panamericana escuchaba música a través de sus grandes auriculares rojos. Estaba hiperconcentrada; parecía Floyd Mayweather dirigiéndose hacia el ring. El trance de Paula Pareto empezó allí mismo, cerca de la una y media de la tarde, con el primer paso hacia la ruta del oro en losJuegos Panamericanos. "Mirá lo que es, el aplomo que tiene. Mirá con la seguridad que camina. Encima es médica, ¿qué más le podés pedir?". Así la seguían con la mirada los dirigentes argentinos, mientras que ella se perdía en el interior de un ómnibus para abrazar la gloria en el tatami del Mississauga Sports Centre.
Esta vez no pudo, Pareto. Era el mascarón de proa de esta delegación de 467 deportistas. La gran apuesta. Un talento de 29 años que se resume en la pequeñez de su metro cincuenta de altura y que sigue sumando méritos para llevar la bandera argentina en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Es cierto, tuvo que conformarse con la medalla plateada en la categoría de 48 kilos. El oro se lo arrebató Dayaris Mestre, la cubana a quien le había ganado por ippon en la definición de Guadalajara 2011. Pero hace rato figura bien arriba en la elite del judo. El final fue conmovedor: Pareto levantó a su rival tomándola de sus piernas y la honró durante sus lágrimas doradas. Son amigas. Así es la Peque, también grande en la derrota. No hay resignación, porque sabe que ésta no será su última batalla. Ni siquiera conoce cuál será la fecha de su retiro; ella sigue sacando provecho de esa coraza que protege su cuerpo para intimidar rivales. Íntimamente, intuye que algo muy bueno puede ocurrir, después de su primer bombazo con el bronce en Pekín 2008.
Quizá sea prematuro proyectar, pero Pareto es un crédito invalorable para la máxima cita dentro de un año. Primera en el ranking olímpico después de ocho podios al hilo, con esta medalla plateada sigue encumbrándose y atraviesa el momento más parejo de su carrera dentro de las mejores de esta actividad. ¿Hasta dónde puede llegar? El nuevo podio en tierra canadiense invita a soñar y agrega un mojón a esa racha de figuraciones en los primeros puestos desde principios de año. La apuesta desde enero fue acumular puntos para clasificarse tranquila a los próximos Juegos Olímpicos, y de alguna manera pagó aquí ese trajín por distintos países. Si bien esta participación en Toronto 2015 no le servía en nada en pos de esa carrera hacia Río, quería venir para defender el logro de hace cuatro años.
"Esto es un deporte, se gana y se pierde. Tal vez ahora le tocaba a ella, que es una muy buena luchadora, se entrena mucho y se lo merece. Estoy contenta por Dayaris también", intentó desdramatizar la judoca.
Laura Martinel, su entrenadora, lloraba al costado del tatami. Reconocía que su dirigida había cometido un error, al intentar sacar a Mestre del área de combate y forzar una sanción; resultó que la cubana usufructuó ese envión y terminó superándola. "Paula se está estabilizando en el alto nivel, pero todavía tiene margen para crecer. Ella siempre da todo lo que pueda dar", comentaba Martinel.
La proyección del COA respecto de las medallas doradas sufre su primer retoque. Si bien el deporte nunca entrega certezas definitivas, la faena de Pareto en estos Juegos debía concluir en una dorada, según las previsiones en las planillas de Power Point de los directivos. "En este caso, duele también porque es una medalla que suma para el medallero y para el grupo en general", apuntaba la Peque, que después del retiro se dedicará a la traumatología. Pareto sabe contextualizar: al borde de los 30, es una mujer con pensamiento maduro. Supo asistir a enfermos terminales o con fuertes crisis durante sus prácticas en el Hospital de San Isidro. Vive la realidad de la calle, lejos de una burbuja. Puede poner en el cuadro correcto cada situación que va experimentando. Incluso, entiende que el judo es una lotería. Está aferrada a una frase: "Acá, cualquiera le puede ganar a cualquiera, nunca se sabe".
Le queda un dejo de decepción, por supuesto, pero el Cristo Redentor la espera con los brazos abiertos dentro de un año..
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