"Una prueba de Dios”

"Una prueba de Dios”
El futbolista marplatense contó su lucha para superar la aparición de un tumor en un testículo. Los miedos, el apoyo de la familia, las ganas de salir adelante y un mensaje bien claro: “Volver a jugar por todo lo que pasé”
Cáncer. Sólo escuchar la palabra genera tensión y miedo. Imposible no asociarla con el caso de algún conocido que la peleó y terminó perdiendo. Empezar a “hacerse la cabeza” con las sensaciones que arroja esa maldita enfermedad, llega a helar la sangre. Lo sabe bien Luciano Broso. A este joven futbolista marplatense surgido en Aldosivi se le vino el mundo abajo cuando escuchó de boca del médico que tenía un tumor en un testículo y que había que extirparlo y luego hacer estudio. Con 27 años, excelente estado atlético y una actitud de vida positiva que se le nota al instante, “Lucho” atravesó esa horrible situación con entereza y salió adelante. “Fue una prueba de Dios”, resume hoy más distendido mientras recalca su mayor deseo: “Volver a entrar a una cancha de fútbol”.

El delantero que también pasó por Unión, Boca de Río Gallegos y Deportivo Roca, compartió su experiencia con El Atlántico. Los miedos, la lucha, la ayuda psicológica, la contención de su familia, la “locura” por su ahijada y las ilusiones de un joven que maduró de golpe.

“De un día para otro me encontraron un tumor en un testículo. Me dijeron que tenía que hacer ecografía y tomografía para ver si era correcto lo que me decían. Los estudios dieron que sí, que era un tumor encapsulado en el testículo, y lo mejor era operar, extirpar todo y empezar a hacer controles y tratamientos para ver si el cáncer se había ramificado. Me asusté mucho. Llevarme esa sorpresa fue duro. Gracias a Dios me operaron, me hice los estudios y salió todo perfecto”, explicó.

-¿Cómo surgió todo?

-Cuando estaba en Roca, un día me estaba duchando y sentí que se me había disminuido el testículo derecho, no le di mucha importancia. Lo hablé con el médico, me dijo que podía ser normal y que esté tranquilo. A los dos meses se me endureció, se me hizo una dureza, pero nunca fue doloroso, pensé que podía ser un quiste. Y ya cuando vine a pasar las fiestas, tres meses después, me empezó a doler la panza, le dije a mi viejo para ir al médico. Fuimos al urólogo, me reviso y me dijo que había que hacer estudios porque para él era un tumor. Fue una sorpresa. Sentía la dureza pero nunca pensé que me iban a decir tumor, cáncer. Eso fue fuerte para mí.

-¿La primera reacción?

-Cuando me lo dijeron lo primero que hice fue sacar valentía para que mis viejos me vieran fuerte. Me dijeron que tenía que hacer un tratamiento, quimioterapia. Por suerte todo salió bien, ahora solo quedan controles de rutina. Fue todo muy rápido. De un día para otro estaba pescando con mis hermanos, me empezó a doler la panza, el lunes fui al médico me dijo que tenía un tumor. Cualquier persona asocia: tumor –cáncer –muerte. Pero enseguida me tranquilizó, porque me dijo que el caso ese era un 95% curable. Fue duro porque enseguida le vi la cara a mi viejo y se puso mal. Llamar a mis hermanos y decirles que tenía un tumor o cáncer, fue un momento duro para mi familia. Siento que fue una prueba de Dios, que me la puso a mí, como le puede pasar a cualquiera. Me puse bien de la cabeza, en un momento me sentí mal y pedí ir al psicólogo para que me ayude. Encima no me dejaban jugar porque tenía que hacer un tratamiento de rayos. Al estar enfermo y no poder jugar… me puse mal. Pero gracias a Dios con mi familia y amigos fui saliendo. No fue fácil. Pero de a poquito me recuperé, empecé a entrenar, a correr y si Dios quiere y sale algo, jugaré que es lo que más quiero en la vida.

-¿Momentos de bajones?

-Sí, cuando me operan me dicen que al mes podía empezar a entrenar. Me habían llamado para ir a un equipo de Tandil y no me dejaron ir porque tenía que hacer los rayos. Al mes de operado, empecé a entrenar y a los dos meses, los rayos. Eso fue lo que más me golpeó: no poder jugar. Y los rayos fueron durísimos. Zafé de hacer quimioterapia. Lo más duro era ir a hacer los rayos que me acompañaba mi mamá. Salir y no poder mantenerme en pie… Que mi vieja me vea así fue horrible.

-¿Fue importante la asistencia psicólogica?

-Me ayudó mucho, pero sinceramente el factor fundamental fue mi familia. Saber que iba a ser tío y padrino de una nena me motivó. Me puse a pensar que mi viejo con 66 años si me veía mal se iba poner mal y yo no quería eso. Ir a la parrilla y hablar con la gente del fútbol me hacia bien. Voy a estar siempre agradecido a mi familia. No sé que hubiese hecho sin ellos.

-¿Tardaste en hacer el click?

-Cuando me dijeron lo del tumor fue el 30 de noviembre y me operaron el 13 de diciembre. Esos quince días estuve con mucho miedo, lloraba mucho, me quedaba encerrado en la pieza mirando tele, mi familia no me podía levantar de la cama. Estaba asustado. No era fácil asumir de un día para otro que tenía cáncer. Pero bueno, después de la operación ya sentía que todo estaba saliendo bien, los estudios eran positivos y mi familia me daba fuerzas. El primer mes me costó mucho, no quería ver a nadie, no salía de casa; a mis amigos les conté después porque no quería molestar a nadie. De a poquito me fui soltando hasta que en febrero arranqué en la parrilla y ahí mi cabeza cambió: me di cuenta que estaba bárbaro. En un mes me cambio totalmente la vida. Sé que fue una prueba de Dios. Creo mucho en él y sé que lo que más quiere es que juegue el fútbol y sé que voy a tener otra oportunidad. No sé si podré jugar cinco, diez años más, o uno, pero sé que voy a volver a jugar. Lo que más quiero es entrar a la cancha por todo lo que pasé, lo que superé y que el día de mañana mi ahijada me vea jugar.

-¿Sentís que esto te “abrió” la cabeza y miras la vida de otra forma?

-Sí, seguro. Valoras muchísimo más las cosas. Porque yo, si no me dolía la panza, por ahí se me ramificaba a los pulmones o al cerebro y me moría. Me lo agarraron justo. Yo tengo que valorar esas cosas. Quizás fue una prueba de Dios para darme cuenta de muchas cosas. Me ha hecho madurar mucho y valorar muchísimo más las cosas. Yo ahora estoy trabajando. No entreno dos horas y juego los fines de semana como antes. Dependo de otra gente, esas cosas te hacen crecer un montón. Antes me dolía el tobillo, iba al médico del club, había diez personas esperando y me hacían pasar. Ahora tengo que ir y hacer la cola. Son pequeñas cosas que te hacen vivir la realidad.

-¿Qué le recomendarías a los que pasan por esa situación?

-Que tienen que estar tranquilos. Que se hagan chequeos, uno no se da cuenta y después es difícil asumirlo. Lo que le puedo decir a la gente de mi edad más que nada que se haga chequeos, que se controle, es una enfermedad que asusta pero se puede pelear, más que nada si lo agarras a tiempo. Uno, hasta que no le pasan las cosas, no se da cuenta. Cuando uno es deportista, lo primero que piensa es “por qué me pasa a mi, que entreno, que estoy sano”. Le puede pasar a cualquiera. Es una enfermedad fea pero se puede pelear así que hay que estar tranquilo. Entre los 20 y los 40 le pasa a muchos hombres.

“Necesito jugar porque me hace feliz”

Con la tranquilidad de haber pasado lo peor, a “Lucho” Broso lo desvela una ilusión: volver a pisar una cancha de fútbol. “Necesito jugar porque me hace feliz”, explicó el ex delantero que tiene marcado a fuego su etapa formativa en Aldosivi, club del que es hincha. “Toda mi vida jugué en Aldosivi. Tuve la suerte de debutar en el Argentino A en 2003, después estuve en el plantel que ascendió, hice contrato en el Nacional B. Estuve once años. Mi familia es toda del club, mi hermano hasta en el documento firma Aldosivi. Yo me volví de Roca para verlo con River”, contó.

Tras su salida de Aldosivi, Broso integró el plantel de Unión que ascendió al Argentino A y luego pasó por Boca de Rio Gallegos y Deportivo Roca, en el Argentino B. “Estoy esperando que me salga algo. Mi idea es jugar. Que salga lo que salga, donde sea yo me iría. Hace seis meses que no juego y sé que me va a costar, pero es lo que más sueño. Necesito jugar porque me hace feliz y más que jugar un partido, me hace feliz viajar, concentrar, estar con mis compañeros en un vestuario”, resaltó.

“Sin mi familia no hubiese hecho nada de lo que hice"

La contención familiar fue fundamental para “Lucho” Broso. La llegada al mundo de su ahijada Caterina significó una gran alegría en tiempos difíciles. Ni hablar del apoyo incondicional de papá Roque, mamá Graciela, los hermanos Martín y Nahuel y su cuñada Gisel.

“Sin mi familia no hubiese hecho nada de lo que hice. Fue muy duro todo el tratamiento, los estudios que tuve que hacer, cada diez días, sacarme sangre, tomografía, ecografía. La familia que tengo, mis viejos, mis hermanos y mi cuñada, fue fundamental, aparte del apoyo de mis amigos”, subrayó.

“Y en este momento estoy trabajando en la parrilla El Gancho con Marcelo Zwicker, que me llamó y me dijo que me daba la libertad para hacer lo que quiera. Me dio una mano importante y siempre le voy a estar agradecido por el apoyo que me brindó”, agregó.

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