Por Eduardo Aliverti.En coincidencia con la aprobación de la nueva ley de Medios Audiovisuales, estos días que le siguieron son una muestra muy interesante de lo que significan las construcciones mediáticas.
Por supuesto, ese desprecio por las materias recién citadas no fue reemplazado por el vacío. Consumada la ley de Medios, hubo y habrá reflejos de sangre en el ojo. Se llaman ir a los Tribunales para conseguir dictámenes de inconstitucionalidad. Promesas opositoras de revisar la sanción para congraciarse con El Grupo. Periodistas-felpudo a la orden. Un mastín reaparecido, Elisa Carrió, en defensa de no investigar el origen filial de los hijos de Ernestina Herrera de Noble. Y un enorme operativo destinado a posicionar como decisoria la sospechosa voluntad de la senadora correntina, en una votación que terminó 44 a 24. Pero, con todo, esa batería empieza a parecerse a una procesión que va a llorar a la iglesia. De tal manera comenzó a re-suceder el vértigo informativo disperso, supletorio del carácter excluyente que durante semanas le confirieron a la ley mediática. El espeluznante asesinato de un adolescente, en Tigre, reintrodujo de la noche a la mañana la discusión en torno de "la inseguridad", erigido ya como un clásico de los clásicos del periodismo: aparece y desaparece en relación inversamente proporcional con la ausencia o presencia de noticias políticas mayores. ¿Qué habría acontecido si el hecho se hubiera dado durante la batalla por la ley? Lo mismo que pasó cuando los meses más duros del conflicto con "el campo". Nada. En esos períodos, la inseguridad desapareció de los medios llevando a una de dos conclusiones que, en realidad, pueden ser concurrentes. O el incremento del delito no es lo alucinante que pintan, o cada vez que lo pintan hay detrás objetivos políticos o de artificios mediáticos (que en mirada de largo alcance terminan siendo la misma cosa).
Esa lógica de los desvanecimientos noticiosos y permanentes trepó a una de sus cúspides tras la fiesta de sexo oral a que llamó Maradona. A partir de ese momento, diríase que el país y los medios –o al revés, según quiera determinarse el orden de cómo se ancla una agenda– no hablan de otra trama. Veamos lo objetivable. Un director técnico de fútbol, que al fin y al cabo es antes eso que el principal santo y seña para identificar lo argentino en el mundo entero, brinda una nueva muestra de sus desequilibrios emocionales. Ni un marciano pretendería que el episodio quedara desapercibido; y entre otras razones porque, sin justificar y ni siquiera tratar de comprender a Maradona, es igualmente objetiva la saña con la cual venía tratándolo esa parte del periodismo deportivo a la que invitó a fellatiarlo. El se tiene que hacer cargo, como sus acusados, de estimular un espectáculo caníbal. Ambos viven del sensacionalismo. Pero también lo hace el conjunto periodístico que elevó el tema a problema nacional. E igualmente tienen que hacerse cargo de su frivolidad las gentes que dedican su tiempo, su indignación, sus arrebatos, sus llamadas a las radios, a una pelotudez semejante. Perdón por el lugar común, pero imaginemos toda esa energía "analítica" volcada a las cuestiones prioritarias de la sociedad.
Más luego y más allá de ese hecho en sí, aparece, nueva y esplendorosamente, el desparpajo con que los medios colocan el tema. Si un Maradona y unos periodistas bastan y sobran para que vuelva a desaparecer, por ejemplo, "la inseguridad" (dicho de modo maximalista pero –cree uno– de semántica precisa), quiere decir que hay una conjunción entre lo que inventa/ubica el periodismo y lo que "la gente" debate. Hay que alterar ese paradigma. Es nefasto. Nivela para abajo. Acostumbra. Condiciona. Nos hace obedientes en lugar de rebeldes. Se trata de algo de eso cuando se habla de mejorar la oferta mediática, de abrirse a otras voces, de permitir nuevos actores. Con probar no se pierde nada.

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