El rezo se hizo cada vez más fuerte y dejó de ser una letanía. Era un grito desesperado. Del otro lado del alambrado se podían ver las cabezas rapadas que se inclinaban hacia adelante y hacia atrás en forma lenta. La mirada de esos hombres de largas barbas se mantenía sobre el pequeño grupo de periodistas que habíamos podido entrar al amurallado Campo Delta de la Base aeronaval de Guantánamo un caluroso día de diciembre del 2003. De pronto, el rezo se hizo más fuerte y más claro. El Allah u Akbar (Alah es el más grande) se convirtió en un grito de protesta. Los prisioneros no tenían otra forma de expresar su drama. Los periodistas no teníamos otra manera de escucharlos.
Estuvimos tres días en la base pero la visita al interior del campo duró tres horas. Pasamos dos puertas y una valla de alambres de púa para introducirnos en un corredor donde aparecieron los infames carritos, parecidos a una camilla de dos ruedas, donde transportaban a los prisioneros que iban engrillamos y con una barra de metal entre los brazos hasta los containers donde los interrogaban.
El campo estaba dividido en tres secciones de acuerdo al "nivel de peligrosidad" de los prisioneros. Eran todos hombres apresados en Afganistán, Irak, Pakistán u otros países y acusados de atacar o intentar atentados contra Estados Unidos. Cada bloque del campo está compuesto por 48 celdas con rejas de acero entramado de unos dos metros de cada lado. Allí permanecían los encarcelados más de 23 horas al día con apenas unos minutos de recreo en unas jaulas de unos cinco metros por otros cinco metros al que accedían sólo si colaboraban en sus interrogatorios. Cuando vimos al jefe de operaciones del campo, el comandante Jerry Cannon, nos explicó claramente el objetivo de ese lugar: "No tenemos ninguna intención de rehabilitar a estos hombres, nuestra misión es mantenerlos bien custodiados y seguros para que puedan seguir proveyéndonos de la información que necesitamos para ganar esta guerra, nada más".
Para cumplir con este objetivo también tenían a tres chicos de 13 y 15 años a quienes mantenían apartados del resto de los prisioneros pero eran sometidos al mismo régimen de interrogatorios. En el hospital de la base, el médico naval Luis Louk, nos dijo que hasta ese momento se habían registrado 32 intentos de suicidio y otros cuarenta prisioneros tuvieron "heridas autoinfligidas" para no aguantar las torturas.
Los verdaderos cerebros detrás de toda esta maquinaria fueron el vicepresidente Dick Cheney y el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, obviamente con el conocimiento y el apoyo del presidente George W. Bush. Pero el hombre que hizo de la tortura de Guantánamo un método de exportación fue el general de dos estrellas Geoffrey Miller. El inventó el esquema de unos 300 interrogatorios por semana. Y unos meses más tarde lo puso en práctica en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.
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