Guillermo Poblete, vive en el barrio Nuestras Malvinas desde 1980, es uno de los primeros pobladores que empezaron a poblar la densa geografía que hoy muestra el lugar. Junto a su esposa María Encarnación, recordó los primeros pasos al llegar al lugar. Su mejor momento de su vida “fue poder viajar en avión”, dijo y su peor recuerdo “no haber tenido todos los aportes para mi jubilación”, expresó.
Su vivienda rodeada de plantas diferentes, muestra un lugar acogedor, una cocina económica, que “nos acompañó desde que nos mudamos desde lo que es hoy el barrio Quimey Hue”, confesó.
Estuvimos casi doce años esperando poder comprar un terreno, hasta que finalmente lo logramos, el primer día que llegamos a este lugar, vimos solo malezas y arboledas, sin calles a la vista, dijo Guillermo.
“Fue un trabajo pesado, limpiar el terreno, llegar desde el Quimey Hue por una picada que encontramos desde el barrio Arrayanes, no teníamos ningún servicio, sin agua, sin luz, sin calle, de noche no se podía ver nada”, explicó. Con cuatro hijos, la familia Poblete se instaló en el lugar, Guillermo contó que “para contar con agua, teníamos que ir hasta el arroyo Ñireco y encontramos una vertiente, con bidones, podíamos contar con el agua necesaria, sostuvo.
De oficio albañil, Guillermo dijo que “para ir al trabajo, todos los días, tenía que ir caminando por una picada, y luego llegar hasta Brown, donde pasaba el colectivo, volvía casi de noche, así, todos los días”, recordó.
El lugar de uno de sus trabajos fue en el Mascardi, Poblete recuerda que “iba caminando, a la vuelta, me ponía en la ruta haciendo dedo para regresar hasta la ciudad y del centro, hasta mi casa, caminando”.
Para contar con la red de agua, así como con energía eléctrica, Guillermo confesó que “trabajamos varios vecinos haciendo la zanja y lo mismo para contar con la luz”.
También remarcó que “los inviernos de antes eran muy nevadores, todos recordamos el del ’84, teníamos que palear fuerte para poder salir”.
Hoy con dos nietos, vive junto a su esposa María Encarnación, y sobre su mejor recuerdo, sonriendo, Guillermo dijo que “fue haber viajado a Buenos Aires en avión”, y sobre el peor momento, confesó que “fue cuando me enteré que no tenía los suficientes aportes para jubilarme”. Así recordó que “en esos años, venían empresas que te daban trabajo unos meses y luego se iban de Bariloche, nunca imaginamos que no hacían los aportes previsionales”, expresó.
El barrio con el tiempo fue creciendo y hoy, muestra otra fisonomía, sin embargo Guillermo recordó varias veces que “esto era todo matorral”.
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