Ya fueron remitidas las notificaciones. Los pagos deben realizarse por el Banco Nación; del total, 243 multas corresponden a bandeños, 236 a conductores de Santiago capital; el resto, de las ciudades vecinas.
“De este total, 243 corresponden a infractores bandeños, 236 procedentes de Santiago y el resto, corresponde a otras ciudades”, anunció Carlos David, coordinador de Tránsito.
Por donde se lo mire, el fenómeno deviene en una inequívoca concepción económica. Veamos, entre noviembre y diciembre, han sido labradas 6.000 infracciones: en la práctica, cada infracción acarrea una multa de $ 750 que con descuento (por pago efectivo) arroja una multa a ser efectivizada por $ 531.
Multiplicándose los $ 531 por las 600 primeras notificaciones, surge una eventual recaudación de $ 300.000; de esta cifra, un 70 % irá a parar a Tránsito y el 30 % restante, a favor de la empresa concesionaria del sistema inteligente.
Ahora bien, los $ 531 multiplicados por las 6.000 boletas generarán ingresos por $ 3.000.000 en un futuro no lejano.
Respeto y mucho más
“Esta no es una concepción recaudatoria. Lo que buscamos es que la gente respete los semáforos; el 100 por 100 de los fondos serán destinados en la mejora del sistema; en más personal; dos nuevos semáforos serán instalados la semana próxima; también en llevar más seguridad a las escuelas”, detalló el funcionario.
En tanto, se supo que muchas personas acudieron a la Defensoría del Pueblo y al propio Concejo Deliberante, en busca de un resorte legal que tienda a otorgar rebajas de un 50 %, en caso de aquellos conductores debutantes en violar semáforos.
Los reproches no pasaron de allí a más, ya que en el Tribunal de Faltas prevalecieron las facultades especiales, otorgadas el año pasado por el Concejo.
“Que mi madre está enferma; los chicos debían llegar a la escuela; me dolía mucho la cabeza; el rojo me agarró a mitad de cruzar el semáforo”. Éstos son los argumentos más reiterados por los transgresores del semáforo, ante la contundencia de las imágenes que pasan a la posteridad la eterna debilidad por desairar al rojo de las esquinas.
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