Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas, la desocupación a nivel nacional en 2012 fue del 10,7 por ciento (hoy supera el 11 por ciento) y en regiones del sur como Calabria y Campaña alcanzó el 19,3 por ciento.
No se trata de un aburrido malabarismo de números. Se trata de seres humanos, de familias con uno o dos hijos que no pueden pagar la luz, los impuestos, el alquiler, ni comprar lo que necesitarían para vivir normalmente. Porque tal vez trabaja escasamente uno de los miembros de la familia. Porque tal vez el hombre ha quedado sin trabajo, aumentando los números de la desocupación ya de por sí altísima, porque supera el 11 por ciento el desempleo general y el 36 por ciento el juvenil. Como dato al margen se debe recordar la impresionante cantidad de suicidios que ensombrecen la sociedad italiana, un padre que mata a sus hijos y después se suicida porque no sabe cómo mantenerlos, un anciano que mata a su esposa y después se pega un tiro por las dificultades económicas, un jubilado que se mata porque el fisco le secuestra la casa, un pequeño empresario que se tira del techo porque no puede pagar los sueldos a sus empleados.
El informe del Istat “Nosotros Italia, 100 estadísticas para entender el país en el que vivimos” precisa que en 2012, cerca de 9,6 millones de individuos vivían en condiciones de “pobreza relativa” (en el año 2000 eran 2,7 millones), entendiéndose por esto que vivían con un ingreso medio inferior a la media nacional que debería rondar en torno de los 1000 euros. La “pobreza absoluta” –es decir los que apenas podían o que directamente no podían comprar los bienes y servicios elementales que los estadísticos llaman “canasta familiar”– afligía al 6,8 por ciento de las familias equivalente a 4,8 millones de personas. El panorama más desolador se presenta en el sur del país, dice el Istat, donde la pobreza absoluta llega al 17,3 por ciento de la población y la pobreza relativa alcanza al 19,9 por ciento. La situación más grave la padecen las familias residentes en Sicilia, Apulia, Campaña y Calabria, donde prácticamente son pobres un cuarto de todas ellas.
Pero hay un dato curioso entre todos éstos. Por el contrario de lo que podría imaginarse mirando el tradicional mapa italiano del norte rico y del sur más pobre, es que la más grande desigualdad en la distribución de la riqueza existe en una región del sur, la Campaña, es decir la zona de Nápoles, reino absoluto de la mafia conocida como Camorra. Y aunque el informe estadístico no entra en estos particulares, se sabe que la Camorra vive principalmente del comercio de vestimentas y objetos de lujo de firmas famosas falsificados, de las extorsiones a los comerciantes y empresarios que actúan en su territorio y del tráfico de droga, cocaína y hashish principalmente. Y para esos comercios usa a jóvenes desocupados que no ven otras perspectivas y, sobre todo, a inmigrantes africanos y asiáticos que no tienen otras fuentes de ingreso y que aceptan ganar pocas monedas antes que volver a sus países de origen donde vivirían peor. Por eso se ve en las calles de muchas ciudades italianas a jóvenes negros que ofrecen, acomodándolas en un trozo de tela en el piso, carteras y bolsos de marcas famosas a precios accesibles, y que corren, poniendo todo apuradamente en una bolsa, cuando ven aparecer un auto de la policía. Los señores que dirigen estos tráficos ganan millones y claramente no pagan impuestos. Esta es seguramente una de las razones importantes de la diferencia abismal entre ricos y pobres en Campaña.
A esto se le agrega el altísimo nivel de la desocupación que a nivel nacional en 2012 fue del 10,7 por ciento (hoy supera el 11 por ciento) y en regiones del sur como Calabria y Campaña alcanzó el 19,3 por ciento. Las mujeres, además, han sido más castigadas que los hombres, sobre todo las jóvenes, cuya desocupación ha llegado al 37,5 por ciento, 3,8 puntos más que la desocupación juvenil masculina.
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