La entrada está casi escondida detrás del aparatoso exhibidor de un vendedor ambulante. No tiene timbre y si no fuera porque quien se acerca conoce su existencia sería difícil encontrarla. Sin embargo, atravesar la puerta de San Luis 1038 es como entrar a otro mundo.
Los pensionistas más antiguos llevan más de dos años allí. Otros llegaron hace dos o tres meses. Hay familias con varios niños, ancianos y jóvenes. Rosarinos e inmigrantes. Desocupados, vendedores ambulantes, buscavidas y jubilados. Todos con diferentes historias atrás y con una pesada realidad en común: la falta de otro lugar donde vivir. Una piedra con la que tropieza cualquier intento de modificar la situación.
Por eso algunos inquilinos ni siquiera se animan a quejarse mucho. Y quienes lo hacen piden que no se los identifique antes de declararse “estafados” desde hace tiempo. Pero, en los últimos meses, dos hechos dispararon aún más la bronca de varios: el retiro del medidor de agua, lo que los obligó a ir y venir decenas de veces hasta la plaza Montenegro acarreando baldes para cargar un tanque que les permitió cocinar o higienizarse. Y un poco más recientemente, la pretensión del administrador de subir a 900 pesos los alquileres cayó cuanto menos como una broma de mal gusto.
“Vivimos sin agua, con la luz clandestina, con piezas que se llueven, moviendo permanentemente los muebles para que no se arruinen y, encima, ahora nos quieren cobrar más”, se queja una pensionada que apenas junta al mes lo que paga por su habitación. “Esto es inhabitable, ¿qué otra cosa puedo decir?”, apura otro joven, pero rápidamente recuerda que hace pocos meses dormía en una plaza.
Olvidada. La antigua construcción de San Luis 1038 se levanta en un terreno de pocos metros de frente cuyo fondo llega al centro de manzana. Los vecinos más antiguos aseguran que en algún momento fue un hotel, pero ahora lleva tiempo abandonada. Tiene la típica disposición de un viejo inquilinato, muy maltratado por el paso del tiempo.
Sus 30 habitaciones están repartidas en dos plantas, conectadas por una escalera de tres tramos. Todas se abren a un hall central, que otrora fue un patio y ahora está cubierto por toldos de aluminio y chapa. Entre ellas se cuelan otras piezas, oscuras y llenas de cosas en desuso.
La cocina de la planta baja funciona directamente en el vestíbulo. La de la planta alta, en otra piezucha donde apenas cabe el artefacto. Hay cinco baños, algunos sin puerta, llenos de humedad, y dos duchas en idénticas condiciones. A las piezas les falta ventilación, pero les sobran goteras y filtraciones. Metros y metros de cable recorren los pasillos y las habitaciones llevando electricidad para alimentar alguna que otra heladera o ventilador.
Dignidad. Aun así, a excepción de un par de cochecitos y varias bicicletas, los espacios comunes lucen ordenados. Alguien también colgó unas lucecitas navideñas sobre la puerta de algunas habitaciones. Intentos, quizás, para mantener la dignidad o la alegría.
“De tanto en tanto, hacemos alguna mejora o un arreglito, yo me doy maña. Pero la casa se cae a pedazos y los dueños no quieren poner un peso. ¿Qué podemos hacer nosotros con eso?”, pregunta otro de los inquilinos y remata con la frase que cierra todas las quejas: “¿Sabés qué pasa? No tenemos otro lugar dónde ir”.
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