Se cumplen 90 días sin noticias del paradero de la chica de 13 años. El miedo de un pueblo y la apatía de la sociedad mendocina.
Los argentinos lo sabemos bien. La desaparición está marcada en la piel de nuestra historia reciente. Y no es una cuestión superada. La historia de Johana Chacón lo evidencia.
La chica de 13 años desapareció hace tres meses de la puerta de la finca donde vivía con la familia Curallanca. Desde entonces, se han tejido por lo menos dos hipótesis que han colocado a Lavalle, uno de los departamentos más pobres de Mendoza, en un mapa incómodo de la geografía política.
Una de estas líneas de investigación es que Johana fue asesinada por alguien de su entorno íntimo. Su cuerpo, a pesar de los allanamientos, todavía no aparece.
La otra línea sigue el más arduo curso de la trata de personas, en un Lavalle que permitiría ciertas ventajas a estas redes de esclavitud modernas por encontrarse en la frontera con otra provincia.
Ya lo hemos dicho: la historia de Johana Chacón es una historia de violencia. Su madre se alejó de la familia cansada de los abusos de su pareja, Bernardo Chacón.
Su historia, así mismo, es una historia de ausencias. Principalmente, la ausencia del Estado que no estuvo en el momento indicado cuando la violencia germinó el el hogar de los Chacón.
El viernes pasado, la marcha por la aparición de Johana llegó hasta la Legislatura provincial. Participaron unas 500 personas aproximadamente. El reclamo también pidió por la aparición de Soledad Oliverda, desaparecido en esa misma localidad lavallina un año antes.
Desde Lavalle, las fuerzas de convocatoria fueron menguando en cada movilización a medida que el tiempo se estiraba y la chica que terminaba sus estudios primarios en la escuela Virgen del Rosario seguía sin aparecer. Sucede un fenómeno particular en la localidad de Tres de Mayo, donde todo ocurrió: los vecinos tienen miedo por sus hijos. Tienen miedo que sus hijos corran la misma suerte que Johana. Los vecinos tienen miedo que sus hijos un día de estos no aparezcan más.
En el día de la marcha a la Legislatura, el grueso de la columna lo aportaron los colectivos femenistas y las agrupaciones de izquierda y universitarias.
La marcha por las desaparecidas de Lavalle tuvo varios ausentes.
No se vio al militante kirchnerista que el próximo fin de semana se movilizará por la Ley de Medios y que ha militado hasta el hartazgo en las redes sociales que el próximo 7D hay una refundación de la democracia.
No se vio tampoco a los grupos pro vida que este martes se concentrarán para rechazar la posible adhesión de Mendoza a la Guía de Aborto No Punible y que han llamado a enviar correos electrónicos a nuestros legisladores, presionándolos para que se manifiesten en contra de este protocolo.
Particularmente, no se escuchó a la clase media que, el pasado 8N, colmó el microcentro con diversas consignas contra el Gobierno nacional, como el cepo al dólar, la corrupción y una justicia sin independencia del poder político. Y con un reclamo que toca de cerca al gobernador Francisco Pérez y a su ministro Carlos Aranda: la inseguridad.
No se vio tampoco al intendente de Lavalle, Roberto Righi, haciéndose parte del reclamo de su propio pueblo, ni a los concejales -salvo uno solo- que representan a los lavallinos.
La apatía y el miedo que se viven en Lavalle por estas desapariciones -y podrían ser más- no son ajenas al resto de la provincia.
La marcha por Johana Chacón y Soledad Olivera confirma al menos unas cuantas circunstancias dolorosas.
Que el reclamo de seguridad enarbolado en tantas ocasiones - y que este año se encendió con la muerte de Matías Quiroga, que congregó a miles en la Legislatura- se reduce a una expresión que la clase media parece no compartir.
Y que, valga la paradoja, el kilómetro cero de esta capital puede llamar tanto la atención de la clase política -y provocar tal vez un espasmo- o mostrar la peor cara del mendocino. Esa que apura el paso y sigue mirando las vidrieras con las ofertas de la temporada.


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