En las plazas se consigue ropa usada desde $5

En las plazas se consigue ropa usada desde $5
Crecen las ferias en los paseos públicos. Amor y odio de los vecinos

“¿Me puedo instalar acá?”, pregunta una jovencita que carga una mochila mucho más grande que sus espaldas. Beatriz Ibarra, con su bandeja todavía llena de bizcochuelo la mira, se encoge de hombros y le dice que sí. “Si la chica no ha venido hasta esta hora, ya no va a venir. Así que armá no más mami”, le indica la veterana. Entonces la chica “desensilla”, tira la manta y comienza a acomodar. Ropa usada, accesorios, algunos zapatos con la cara recién lavada.

Son las 17 del domingo y la plaza San Martín, en pleno barrio sur, es una inmensa feria americana a cielo abierto. La escena se repite los viernes y los sábados y a veces, incluso, el resto de la semana. Pero es domingo, el día más concurrido, y la plaza está repleta de vendedores y de clientes que se prueban prendas por encima de la ropa. “Acá es a ojo. A menos que tenga muy poca vergüenza y se quiera probar los pantalones delante de todo el mundo...”, bromea una de las vendedoras. El cliente no lo piensa demasiado y se lleva sin probarse dos jeans y una camisa por $ 60.

Ya sea por apuntalar un sueldo magro que llega agonizante a fin de mes, para diversos fines benéfico, o bien para mostrar lo que fabrican las manos locales son capaces de hacer, varias plazas de la ciudad han sido elegidas como espacios para montar ferias de ropa usada, artesanías, juguetes, accesorios y una infinidad de cosas más. Algunos vecinos las reciben con los brazos abiertos y encuentran en esta propuesta un hermoso paseo para un domingo a la tarde; para otros, en cambio, es un atropello a su derecho de transitar libremente por los espacios públicos. “A mí me encantan las ferias, es un entretenimiento y además una forma de comprar cosas baratas. Además acá, en la San Martín, los puesteros dejan todo limpito cuando se van. Debería aprender la gente que viene a pasear su perro y jamás levantan las necesidades de los animalitos. Son muy sucios algunos vecinos”, compara Dina Chaile, una estudiante a punto de recibirse de médica.

Elvira Medina, en cambio, está en la vereda de enfrente: “es un mercado Persia a cielo abierto, no se puede caminar y cada vez son más y más puesteros”, se queja la señora, quien vive en uno de los edificios de la calle Chacabuco. Tanto su opinión como la de Dina se multiplican en partes iguales: están los que aman y los que odian las ferias en su barrio.

El gato y el ratón

Catalina Romano es feriante hace un año aproximadamente. Salió a la calle cuando comprobó que el sueldo de su marido no alcanzaba para mantener a toda la familia. Esta historia también se repite en los aproximadamente 80 puestos de la plaza San Martín: la mayoría son mujeres, casadas o separadas, que necesitan un dinero extra. “Además es un buen espacio para traer a los chicos y pasar una linda tarde”, replica Verónica Gómez.

Desde que comenzó la feria en la plaza San Martín, hace dos años y medio, hasta este momento, las cosas han cambiado mucho. “En diciembre pasado fue el boom. Cuando comenzaron a subir los precios de todo y la plaza dejó de alcanzar, la gente se lanzó a vender en la feria”, explica Lucas Andrade, quien dice ser el primer puestero de la San Martín.

Entre los vecinos que no los pueden ni ver, los municipales que de tanto en tanto los corren y la lluvia que puede estropear la recaudación prevista para toda la semana, los puesteros sienten que están en un permanente juego del gato y el ratón. Carlos Soto, director de Tránsito de la Municipalidad, es bastante claro: “salvo en la plaza de Villa Luján, en ninguna otra están autorizadas las ferias. Cuando las detectamos, no tenemos otro remedio que pedirles que levanten los puestos”, señaló el funcionario.

Los puesteros lo saben, pero insisten en que necesitan trabajar. “Creemos que no le hacemos daño a nadie y además nos autorregulamos. Cuando llega gente que se quiere instalar en las caminerías, por ejemplo, les pedimos que vayan a otro lado para no interrumpir el paso. Nuestro deseo es que la Municipalidad regule la actividad, ponga cupos y seleccione qué se puede vender y qué no. Hasta el momento no hemos tenido respuesta a los pedidos que hicimos”, explica Verónica Gómez.

Ropa usada, calzados, accesorios, bijouterie, antigüedades, juguetes... de todo se puede conseguir entre las mantas de barrio sur desde los $ 5. Y es por eso que la concurrencia -de feriantes y de clientes- crece a cada fin de semana. Sin embargo, según confió Soto, todavía no hay planes de regular la actividad. “Las plazas están para el disfrute de los ciudadanos, no para hacer negocios”, concluyó el funcionario.

El loco de los juguetes

Lucas es el mejor amigo de los más chicos y de los adultos que siguen siendo niños

A nadie parece importarle que Lucas Andrade haya sido el pionero. Él fue el primer vendedor que se instaló en la plaza San Martín, hace más de dos años y medio. Lo que le importa a sus clientes, en realidad, son sus novedades: tiene una infinidad de muñecos, un tesoro para coleccionistas, niños y adultos que siguen viviendo su infancia. Personajes retro y algunos más nuevos forman su colorido ejército, que le ayuda a apuntalar su sueldo de $ 3.500 mensuales como empleado público. “Esa plata no alcanza para mantener cinco personas, entonces me vine a la plaza”, confiesa el vendedor. Su mayor anhelo es que la Municipalidad regule la actividad para no seguir jugando al gato y al ratón.

La feria ambulante en la plaza de la fundación

Ayer no pudo armarse, pero desde hace algunos meses, la Feria Ambulante ocupa diferentes plazas de la ciudad para vender ropa usada, artesanías, arte, objetos y accesorios. Según el Facebook de este grupo, ayer iba a montarse en la nueva Plaza de la Fundación, al lado de la Maternidad, pero la lluvia los obligó a cambiar de planes.

Una abuela de acero

Beatriz junta plata para ayudar a su nietito de cuatro años que padece cáncer

“Antes trabajaba en la construcción. Pegaba ladrillos como cualquier albañil. Ahora vendo bizcochuelos, golosinas y ropa usada”. Así se presenta Beatriz Ibarra, una mujer de 52 que quiere dejar en claro su fortaleza. No le importa lo que tenga que hacer: su objetivo es juntar algo de plata para ayudar a su nieto Aaron, de cuatro años, quien padece un tipo de cáncer. “Con la venta ambulante ayudo a mi hija a comprar la medicación para mi nieto, si no él no tendría nada. Lo único que me importa es verlo bien y verlo crecer”, dice esta abuela de hierro y de inmediato muestra una foto de Aaron en su celular. Está contenta: con lo que recauda en la feria ha logrado comprarle todo para festejar el próximo cumpleaños de su nieto, en un mes.

Las ferias son un fenómeno de muchas ciudades. Algunas tienen una tradición tan fuerte que hasta son las incluye en los recorridos turísticos. Son actividades que no se pueden prohibir, sino que se deben marcar límites para que no se degraden los espacios verdes de uso público, indicó el arquitecto Raúl Torres Zuccardi, docente de la FAU de la UNT.

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