Por: Hernán de GoñiLa idea de contar con un plan de desarrollo industrial de largo plazo seguramente será bien recibida por los empresarios. Muchos se preguntarán, sin embargo, por qué no hubo una iniciativa de este tipo en los ocho años de gestión previos, y cuál es el apuro de ponerla en marcha un debate complejo justo cuando el país se prepara para vivir un recambio presidencial dentro de nueve meses.
Los objetivos que el Gobierno pone sobre la mesa lucen razonables, aunque es inevitable apreciar ciertos contrastes (por no decir contradicciones) con la instrumentación de algunos aspectos de la política vigente. Por ejemplo, alcanzar un crecimiento promedio del PBI de 5% no solo es deseable, sino que sería un éxito para cualquier gestión. Sin embargo, cuando algunos analistas o empresarios aconsejaron en algún momento de 2010 levantar el pie del acelerador para no forzar las presiones inflacionarias, muchas voces oficiales se resistieron a la idea de enfriar la economía. Ahora, pasar de un PBI que sube 9% a otro que mejora 5% implica ajustar variables para que la meta sea consistente.
La planificación pública es saludable, pero no es una condición necesaria para invertir. Regulaciones, costos e impuestos pueden asfixiar el mejor plan.
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