Fue 2 a 0 sobre Banfield con goles de Ferrari y Carrizo. Explicar el triunfo del conjunto de Arroyito es tener que hacer alusión al salto en largo que dio en un partido que podía rotulárselo casi como bisagra.
Explicar el triunfo de Central es tener que hacer alusión al salto en largo que dio en un partido que podía rotulárselo casi como bisagra. Es no dejar afuera de la mesa del análisis la solvencia con la que ganó tras un primer tiempo que se le presentó trabajoso. Es hablar del triunfo número once de manera consecutiva, de la tranquilidad que se palpó en el vestuario, de la alegría con que se fueron los hinchas canallas. Son muchos los argumentos de este Canalla ganador que hacen un todo. Es más, cuando Patricio Loustau pitó el inicio todos sabían que la carrera se arrancaba como escolta de Olimpo, quien ya había vencido a Aldosivi. Pero el ímpetu dijo presente, la claridad volvió a marchar de la mano de este equipo y el coraje se hizo carne en esto de no claudicar, amén de la chance que le entregaban los números. Palo y a la bolsa, como suele decirse vulgarmente fue lo que hizo Central ayer contra Banfield.
El torneo está entrando en un terreno en el que los errores pueden castigar más de lo habitual. Y Central dio una clara muestra de que no está dispuesto a dar el brazo a torcer, que el rótulo de candidato no le pesa. Aun con algunas lagunas lógicas, jamás le tembló el pulso al equipo de Russo para tirarle la chapa encima a Banfield. Lo demostró desde los primeros minutos, aunque ese arranque que prometió ser arrollador duró sólo un rato hasta que el Taladro se le plantó con más decisión.
Allá por el minuto 17 Prichoda habilitó a Chávez y el delantero remató desviado de zurda. Fue un susto importante. Ahí fue cuando se comenzaba a lamentar aquel remate de Jesús Méndez (3') desde afuera del área que Santillo envió al córner con la punta de los dedos, el tiro cruzado de Encina que se fue lamiendo el palo izquierdo (6') y el patadón al aire de Toledo cuando Medina se la dejó servida en el punto de penal (14').
A nadie se le cruzaba por la cabeza perder esa paciencia que viene fortaleciendo al equipo fecha tras fecha, pero la cosa no venía del todo sencilla. Más aún cuando Medina debió dejar el campo de juego por un golpe en la cintura (ver página 5), un minuto antes de que Toledo otra vez desaprovechara otra situación muy clara, esta vez entrando por izquierda.
Sin intención de cambiar la estrategia, Central siguió siendo el mismo tras el descanso. Delgado estuvo cerca con un tiro libre, pero el verdadero quiebre del partido llegó a los 8' cuando Loustau le mostró la segunda amarilla a Galarza. Las obligaciones se acentuaban y había que obrar en consecuencia.
No fue sencilla la tarea porque Banfield, que a esa altura parecía que el empate le servía porque estaba con uno menos, pero no le redituaba desde lo numérico. Igual, se parapetó cerca de Santillo. Cómo entrarle y desnivelar el partido corría todo por cuenta de Central, que de a poco se las fue ingeniando. A veces abusando del pelotazo frontal, pero sabiendo que no tenía licencias para no lograrlo. Hasta que llegó esa media vuelta de Ferrari luego de que Toledo se debatiera de espaldas contra los centrales para desatar la alegría. Fue prácticamente principio y fin de un resultado que, desde ese momento, jamás corrió peligro.
Qué decir después de la corrida de Encina, el remate de Bareiro y el zurdazo goleador de Carrizo. La pelota fue hacia un costado, hacia el otro, hacia adelante y hacia atrás. Fue un toqueteo con el propósito de hacer correr el reloj y también para regalarles a los hinchas una ínfima cuota de tranquilidad. A esa altura la misión de jugar como líder y de no ajar la pilcha de candidato estaba ya cumplida.
El primero de un defensor
Paulo Ferrari abrió el camino de la victoria canalla en el Gigante y lo festejó con alma y vida. El tanto fue el primero que marcó un defensor a lo largo de todo el campeonato cuando se llevan jugados 23 partidos.
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