Picadas ilegales y bandas motorizadas: las causas de este peligroso fenómeno juvenil

Picadas ilegales y bandas motorizadas: las causas de este peligroso fenómeno juvenil

Anomia, la necesidad de rebelarse ante el mandato social de los padres y de las autoridades, pero también el forjamiento de una identidad interactúan en un cóctel adolescente que muchas veces convive con la marginalidad y el delito y que puede tener derivaciones trágicas.

Todos los días, todo el año, en la escuela, en la casa o en la calle, los jóvenes dejan en claro que no buscan la aprobación de los adultos sino más bien todo lo contrario.

Cuando se habla de chicos, se hace referencia a los que atraviesan los catorce, quince, dieciséis años. Pero también a los que se extienden un poco más allá. A esos que tienen poco más o poco menos de veinte, porque encuadran en esa etapa difícil que es la adolescencia.

Lógicamente no todos actúan del mismo modo. No todos confrontan las normas y la autoridad establecidas pero está claro que en nuestra ciudad hay un gran grupo de chicos que se hace oír. 

Y mientras se hacen oír, aturden con sus escapes y sus interminables circuitos por determinadas arterias de la ciudad, en sus motos, a toda velocidad

No está mal que en esta etapa de cambios confronten a todo aquel que se les oponga. El problema es que muchas de sus acciones ponen en riesgo su vida y la de muchos otros, rayando más de una vez en el plano de lo vandálico.

Y ahí el problema es de todos. No solo de ellos.

Tal vez lo necesario es preguntarse ¿qué buscan? ¿Qué hay detrás de este fenómeno de dar mil vueltas por las avenidas y calles sin respetar semáforos, circulando sobre una de sus ruedas, desafiando a la gente y a las autoridades? ¿Qué nos dicen los chicos cuando intentan llamar tanto nuestra atención?

Tres profesionales juninenses consultados por Democracia dan algunas posibles respuestas.

 

“Soy invencible”

Para entender un poco el detrás de escena de este fenómeno juvenil es necesario comprender algunos aspectos que acompañan a la adolescencia.

La psicóloga de nuestra ciudad Romina Becerra recuerda que esta es una etapa de paso, de tránsito, en la vida del ser humano.

“Es el momento de transición a la edad adulta, donde no solo sus cuerpos sufren transformaciones   sino también la personalidad”, destaca la profesional. 

“Se puede estimar que el camino que se empieza a recorrer va desde los once años aproximadamente, lo que sería la pre adolescencia, hasta los diecisiete o dieciocho años. Pero se podría decir que actualmente nos encontramos con adolescentes prolongados, que superan la mayoría de edad”.

Según la profesional, “en este proceso de cambio se producen conflictos generacionales, entre el adolescente y quien intenta ponerle límites. Aquí están en juego los padres, los   profesores, las instituciones, las normas y las reglas sociales”.

Para la docente y Psicopedagoga Paula Sánchez, “por lo general están buscando llamar la atención de la sociedad, es un fenómeno social extendido, hoy por hoy, en varias partes del mundo asociado a una etapa evolutiva particular como la adolescencia. Yo como docente podría trasladar este tipo de situaciones a lo micro, a la clase misma, donde situaciones desafiantes, y sin importar las consecuencias, se viven todos los días”, destaca.

“Estoy convencida que tiene que ver con el momento que viven, con su ineficacia para expresar al mundo lo que están sintiendo, y de probarse a sí mismos que son tan poderosos como dicen”, advierte la docente.

En el mismo sentido, Becerra asegura que “existe en el adolescente un sentimiento de omnipotencia. Cree que, haga lo que haga, nunca le va a suceder nada, ni a él ni a sus seres queridos. Es por esto que actualmente vemos conductas de peligro, como picadas mezcladas con alcohol y sustancias tóxicas, donde corren riesgos y se exponen al peligro constante”.

Para la profesional, “se podría pensar que esta acción tiene que ver con que el sentimiento de vértigo, de lo prohibido, les genera adrenalina y mucho placer, ya que la etapa adolescente se basa básicamente en la “pulsión de muerte”. Es esta sensación placentera de estar y vivir al límite, donde el joven cree que nada le va a pasar, que todo lo puede   controlar”. 

Alejandro Casas, abogado, docente de la Unnoba y escritor -su última novela, "Tan cerca y tan lejos" fue publicada en 2012 por ediciones Deldragón-   entiende que el fenómeno de los adolescentes y sus comportamientos son propias de la posmodernidad.

“Mi aporte desde la dimensión sociológica tiene que ver con que esos comportamientos se enmarcan en un contexto de "anomia" que atraviesa a la sociedad en todos sus estratos sociales, como así también en sus diferentes estratos generacionales”, explica. “Anomia significa un estado de confusión y de desdibujamiento de las normas sociales que, en mayor o menor medida, deben estar presentes en las sociedades para regular los comportamientos interindividuales. Ese estado promueve, incentiva y exacerba conductas que no reconocen ni admiten límites, y más aún, que llevan a desafiar y violar todo límite”.

 

Resistir a la autoridad 

Pasar por alto los semáforos en rojo, no detenerse a un control, circular a alta velocidad por las calles, constituyen algunos de los comportamientos que denotan la intención de ignorar la autoridad que como norma social de convivencia se exige mínimamente para hacer la vida en sociedad más aceptable.

Para la docente Sánchez, “en nuestra ciudad particularmente, supongo que debe estar relacionado a esta modalidad instaurada de persecución y prohibiciones que se tiene de los jóvenes respecto del uso de las motos. Estoy segura que si educáramos en respeto, sobre el uso adecuado de los vehículos y una buena base de educación vial desde pequeños, las futuras generaciones tendrían un futuro diferente respecto de estos temas”.

Para Casas, la autoridad hoy se encuentra en jaque y cuestionada. 

“La autoridad y su legitimidad y reconocimiento por parte de los individuos está en jaque. Algo que, por supuesto, se profundiza por los hechos de corrupción que, en mayor o menor medida, atraviesan los distintos estamentos gubernamentales del estado en sus diferentes poderes, como así también en otros estamentos no estatales -partidos políticos, sindicatos, empresas, iglesia, etc.”.

Pero el profesional advierte que “también la crispación y violencia sociales que se manifiestan tanto en representaciones verbales -discursos de todo tipo-, como en conductas físicas, contribuyen a hacer más complejo el cuadro de situación que vivimos en las sociedades modernas”.

Según la docente Sánchez, “existe un juego particular respecto de los semáforos, que como madre de adolescentes, he escuchado más de una vez en alguna sobremesa. Los chicos “juegan” a pasar los semáforos a alta velocidad sin importar en que color esté. Esto no es más diferente que lo que expuse anteriormente, probarse a sí mismo y la necesidad de lograr una identidad de grupo. Todo el tiempo intentan pertenecer a un grupo, ser parte del mismo, y a veces deben pasar por estas pruebas para ser considerados.

La psicóloga Romina Becerra advierte que tenemos que tener en cuenta que “lo que el adolescente pretende es disfrutar, pasarla bien y demostrar que puede, que nada le va a pasar. Es por eso que vemos que se muestran desafiantes frente a las leyes de tránsito, frente a las autoridades y el adulto en general, porque se siente cuestionado. Pero lo único que quieren es la búsqueda constante de límites, aunque parezca lo contrario”.

Convivencia y respeto

“Las nuevas tecnologías -en especial las de la comunicación-, no resultan ajenas a este contexto”, explica Casas. “Todo lo contrario, su uso indiscriminado y sin control ni filtro alguno, coadyuva a exacerbar y profundizar el estado de anomia y descontrol social.

Obviamente no podemos ignorar que, en el contexto social sucintamente descrito, las características de personalidad de los adolescentes y jóvenes -que siempre existieron-, se agudizan aún más y vemos a los jóvenes desafiando los límites de todo tipo, aún de aquellos que ponen en juego su propia integridad física y hasta su vida”.

La docente Paula Sánchez entiende esta rebeldía como “una forma de manifestarse, de decir así no. Tanto en Junín, como en muchos pueblos del interior el tema de las motos nunca estuvo reglamentado y de repente, cuando se desbordó y no supieron que hacer, en vez de educar salieron a castigar o multar. No quiero decir que debemos dejar que todo se convierta en libertinaje, sino que hay que buscar estrategias adecuadas”.

“Yo desafío a las autoridades a tomar este tema con la seriedad que amerita, y que se construyan las bases de una nueva sociedad a través de la educación, la única manera de construir. Pero también hago un llamado a los padres, ya que ellos son los primeros maestros de sus hijos”, aclara.

“Deberían tener un fuerte mensaje al respecto, muchos jóvenes actúan así porque es lo que viven y escuchan en casa. No podemos poner todo el peso en el Estado o en el municipio, siempre hay que mirar qué pasa en casa, qué podemos hacer desde allí, cómo colaboramos. Este tema exige responsabilidad de todos”.

Alejandro Casas considera que la exigencia de los límites y cumplimiento de normas son parámetros ineludibles en la sociedad.

“Para que esto se dé, el restablecimiento de la legitimidad y reconocimiento social de las autoridades en el ámbito estatal y en el ámbito privado, son requisitos necesarios. Y esta tarea -ardua, antipática y difícil-, debe ser encarada por los adultos en los ámbitos en los que nos toque actuar, ya sea desde la vida familiar o en el ámbito social. Porque si bien vivimos en sociedades mucho más complejas de aquellas en las que nos educamos cuando éramos adolescentes y jóvenes, debemos tener en cuenta   también que es un desafío que debemos acometer si queremos recuperar una vida social más ordenada y pacífica que ésta en la que estamos inmersos".

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