A caballo y a pie, muchos de ellos con sus hijos en brazos, hombres y mujeres desafiaron el cansancio, el hambre y la sed en la ancestral carrera hasta tomar gracia del Santo en Sumamao. El gobernador Zamora estuvo presente en la celebración religiosa. Monseñor Torrado llamó a tomar el ejemplo del mártir venerado.
Comienza a amanecer y la visión que muestran las primeras luces es sorprendente: una interminable cola de personas que superan los mil metros, que luego de caminar esperan más de dos horas para tomar gracias. Sus rostros se ven agotados.
“Yo caminé desde Loreto, son 23 kilómetros, se me hicieron ampollas, estoy rendida, pero feliz por haber podido cumplir mi promesa”, testimonia María de los Ángeles, mientras espera sentada en el piso su turno para ingresar en la capilla.
En un ciclo interminable las bombas y gruesas de cohetes se intercalan una y otra vez, el aire huele a pólvora, y por el sistema de audio un animador da cuenta de la presencia de músicos y celebridades, mientras que en el lugar donde tradicionalmente se realizan los vivas, se comienzan a colocar los arcos (grandes ramas de quebracho blanco, plantados allí previamente por los promesantes que han nombrado al santo protector) de éstos cuelgan golosinas, serpentinas, globos, papeles multicolores, los que serán el centro de la disputa de los alféreces (jinetes) en la ultima corrida.
Al principio en una ordenada ceremonia los músicos ingresan al predio, y ejecutan la tradicional marcha con acordeones y bombos, el pegadizo ritmo es contagioso, a tal punto que es casi imposible, no acompañarlo con palmas, o golpeando los pies el piso, los promesantes montan y pasan entre los arcos y luego de superar el último, salen a todo galope hacia el público que les arrojan caramelos y otras golosinas.
La pequeña imagen sale al patio para la llegada de los “indios”, éstos se postran ante ella y algunos pasan por debajo de las andas que la sostienen cumpliendo con las promesas realizadas, la fiesta de San Esteban entra en su etapa final. El calor del verano santiagueño obliga a buscar las enramadas, las sombras de los árboles que terminan siendo insuficiente, pero esto no impide de que algunos bailarines ensayen zarandeos y mudanzas bajo un frondoso algarrobo, completando la postal de la religiosidad popular que sólo en Santiago del Estero se puede de esta forma expresar.
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