Peronismo sin conducción

Por Juan Manuel Asis

Un ex radical gobierna la provincia en nombre del peronismo, un ex socialista encabeza lo que en apariencia será el principal acople alperovichista del oeste, un ex ucedeísta sería el candidato a intendente de Yerba Buena por el Frente para la Victoria, un hombre que ni siquiera aparece entre las autoridades del PJ fue arrojado a la parrilla para la intendencia capitalina.

 Frente a todo esto, ¿dónde está el peronismo hoy en Tucumán? Tal vez habría que preguntarse si existe el justicialismo en su forma más ortodoxa en la provincia; o en el Gobierno. Pero hay otra aún peor sobre el “movimiento”: ¿tiene conducción el peronismo tucumano? En la página http://pjtucuman.org/?page_id=133 aparece la lista de autoridades, y si se lee con detenimiento la integración se observarán las divisiones reales: por ejemplo: en el consejo provincial conviven alperovichistas, amayistas y massistas. La fractura llega a los territorios capitalinos, donde la pelea por los circuitos quebró antiguos códigos, que establecían el respeto al trabajo territorial de los referentes y sus zonas de influencia. Aún más, en el no lejano siglo pasado, existía una especie de “división de trabajo”, donde los legisladores poco y nada influenciaban sobre los circuitos electorales. 

Eso cambió. Hoy se “pizarrean”, diría la “popular.” El método de influencia se modificó, y drásticamente. Murió la militancia a la antigua, la de los célebres Vergara, Racho Passeri o Baigorria; o la existencia de agrupaciones que disputaban espacios de poder en el PJ, que sobraban: movimiento de unidades básicas, frente peronista, 17 de octubre, 2 de noviembre. La historiografía peronista es rica en fechas y referentes como para elegir nombres. Esas pancartas no existen. Ahora, en los actos políticos aparecen carteles con los apellidos de los parlamentarios o intendentes; ¿líneas políticas?, ninguna. El debate político, incluso el de las mesas de café, se extraña en el ambiente del peronismo. En la actualidad existen los “grupos”, que no son líneas de pensamiento, sino asociaciones de apellidos con cuotas de poder. Así los grupos Terraza o Frontón, a los que se les podría sumar, sin mucho ingenio, otros como Cornisa, Balcón o Entrepiso, o Tenis, Pádel o Capicúa. 

El tema es mostrar que se existe, con planteos que enfrentan más que lo que unen. Todo eso bajo el denominador común de la inexistencia de una conducción política en el PJ que encamine las relaciones, minimice las diferencias y reflote una parte de la marchita, esa de “todos unidos triunfaremos”. No se puede pedir que ese rol lo cumpla la presidenta del PJ, la senadora Beatriz Rojkés, ya que es su marido el que tiene el poder real, pero al que muchos le están faltando el respeto, con hechos y con palabras. Obviamente porque se avecinan tiempos de recambio político, de fines de ciclos y de renovación de nombres.

Otrora, casi por una cuestión doctrinaria, el gobernador era el presidente del PJ -pasó en la época de la gestión de Miranda-, con la intención de darle más poder sobre el peronismo. Pero, al mandatario actual poco y nada le importa lo que le suceda al PJ como una herramienta más -en este caso electoral- del movimiento peronista. El hecho de no querer asumir la titularidad del partido y poner en ese lugar a la primera dama dice mucho en ese sentido. Es un instrumento que hace a la organicidad, pero no a la gestión política. La conducción, en este caso, no está donde debiera porque al frente está quien no tiene poder sobre el peronismo, y el que tiene el poder de hacer y deshacer no le interesa el PJ.

A esta ecuación la definió, tal vez sin querer, hace pocos días, el secretario de Saneamiento, Alito Assán, cuando dijo que las divisiones perjudican a la gestión, más aún cuando el peronismo está un poco huérfano de conducción. Sincericido. Si hay divisiones es porque no se respeta a la autoridad, sin autoridad el peronismo en Tucumán se fractura. Y dividido corre riesgos en las urnas. El quiebre es público, las diferencias se exponen explícitamente, la fecha de vencimiento de la gestión tiene en ascuas a la dirigencia y la obliga a sacar la cabeza para decir existo y puedo esto. Otro dirigente peronista, el concejal Ramón Santiago Cano, trató de poner paños fríos a la batalla que se viene: dijo que las críticas deben hacerse puertas adentro y que hay dirigentes que se aprovechan de la coyuntura para sacar ventajas, aludiendo a la aparición de estos “grupos” de acción. Clara muestra de que en el peronismo no hay una conducción real, sino ficticia, y pragmática.

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