Pergamino solidario: voluntarios asistirán a una comunidad Wichí

Dos veces al año llegan a Miraflores, Chaco, para ayudar a indígenas que viven en condiciones de extrema pobreza. Allí atienden necesidades y realizan acciones sanitarias. El próximo viaje será el 20, por lo que quienes lo deseen están a tiempo de tender una mano.
El grupo “Ayuda del corazón” está integrado por vecinos de Pergamino que desde hace varios años realizan viajes solidarios. Empezaron recorriendo Santiago del Estero y otros lugares, hasta que llegaron a Chaco y se conmovieron con la extrema pobreza que sufren las comunidades indígenas que habitan en el pueblo Miraflores. Desde aquel momento, ocurrido hace tres años, concentran sus esfuerzos en asistir a esa población, integrada por 120 familias, alrededor de 450 personas privadas de las condiciones mínimas para la subsistencia. Los viajes se hacen dos veces por año, en otoño y primavera, y las donaciones se trasladan con el vehículo y el combustible que provee el Sindicato de Choferes de Camiones. Todo lo demás es producto de la buena voluntad y de un compromiso sostenido, ejercido lejos de banderías políticas y de cualquier otro interés que no sea ayudar a otros.

El próximo viaje será el miércoles 20 (víspera de los feriados de Semana Santa), por lo que por estos días cada uno de los integrantes del grupo está abocado a colectar lo que resulte necesario para incrementar la ayuda. Llevan a Miraflores las donaciones que reciben de vecinos de Pergamino y realizan operativos sanitarios para la atención médica y odontológica. Todo lo entregan personalmente a los wichis, sin intermediarios. Viajan alrededor de 20 voluntarios que lo hacen en sus vehículos particulares.

En diálogo con LA OPINION, integrantes del grupo relataron los aspectos más salientes de la actividad que realizan y apelaron a la “solidaridad de los pergaminenses que siempre se manifiesta” para poder hacer más importante la ayuda que en pocos días más llegará a los wichis.

En el momento de la entrevista, que se concreta en la casa donde se reúnen las donaciones, el grupo es numeroso y variado; jóvenes, adultos y hasta niños participan de las reuniones en las que van coordinando la tarea. La doctora Cristina Martínez, una de las integrantes, asume la conducción de un relato tan conmovedor como valioso, que se enriquece con la palabra de los demás que cuentan sus vivencias.

Así, recuerdan que el grupo empezó trabajando con viajes a Santiago del Estero, y desde hace tres años se cambió el destino por Chaco, “cuando vimos las necesidades que había en la zona”.

“Desde ese momento nos concentramos en asistir a comunidades wichis que son las más postergadas dentro de lo que son las comunidades indígenas del Chaco. El lugar al que vamos se llama Miraflores, ubicado en la zona de El impenetrable”, agrega Cristina Martínez y comenta que cada vez que van hacen base en dos escuelas, donde realizan controles médicos y odontológicos, mientras el resto del grupo toma contacto con las comunidades y llevan los productos que recolectan aquí.

Una realidad indescriptible

“La realidad es terrible y no hay otra forma de describirla”, plantean los integrantes de “Ayuda del corazón” cuando relatan cómo viven las comunidades a las que asisten.

“Viven prácticamente como animalitos, en casas de adobe con techos bajos y de paja, no tienen camas, ni sillas ni mesas, ni utensilios para el hogar. Para dormir hacen una especie de pozo en el suelo, como los perros, y se acuestan allí, algunos cubriéndose con trapos. No tienen agua para beber, toman de los charcos y hacen grandes pozos en la tierra para que se acumule el agua de lluvia, esa es la que toman”, comenta la odontóloga Astrid Marzo, miembro del grupo.

Habitan terrenos fiscales que les dieron, pero en esas tierras no hay nada. No todos hablan el castellano. Comen raíces y los animales que pueden cazar y conviven con la más extrema pobreza, una condición que los lleva a sobrevivir con lo que pueden.

Algunos no van a la escuela y las propias escuelas no tienen todo lo que necesitan. “Por ejemplo, no tienen baño, cuentan apenas con una letrina sin agua”, relató otro integrante.

“No se le puede enseñar hábitos higiénicos a un chico que no tiene agua para tomar o que no tiene un baño”, plantean mostrando la cara más cruda de una realidad.

“Las maestras les enseñan hasta donde pueden pero un chico con hambre no aprende”, reconocen.

Enfermos y postergados

Cuando los voluntarios llegaron a Miraflores por primera vez, les asombró no ver gente demasiado grande. Después entendieron que es porque mueren jóvenes, muchos a causa de enfermedades evitables en otras condiciones de vida.

“No se ve gente demasiado grande, casi todos son de edad media o menos, lo que explica que mueren jóvenes”, asegura la médica Cristina Martínez.

Entre los principales problemas sanitarios aparecen el mal de Chagas, la tuberculosis, la pediculosis que además les provoca alergias y problemas cutáneos severos.

“La última vez que fuimos muchos tenían sarna que no pudimos tratar porque, aunque habíamos llevado medicamentos, después del tratamiento tienen que bañarse y no tienen cómo hacerlo”, revelaron.

Aunque hay un hospital al que también visitan, los wichis no tienen acceso a los sistemas de salud. “Están lejos y no tienen movilidad para llegar, una ambulancia realiza recorridas esporádicas pero eso no alcanza para resolver los problemas que tienen”, plantean los integrantes del grupo.

En el relato subyace la certeza de que estas comunidades son víctimas de la discriminación. “No sé hasta qué punto son bien vistos o integrados, hay mucha discriminación, es una cuestión cultural”, opina Luis Puentes, otro de los voluntarios. A pesar de ello son pacíficos y amables.

“Hemos encontrado bebés que nacieron porque la comunidad misma atendió el parto y no los había visto nadie hasta que los revisamos nosotros”, comenta Cristina Martínez, a lo que la odontóloga que participa de los viajes agrega que las condiciones de salud bucal “son terribles”.

“Las patologías son diversas, fundamentalmente infectocontagiosas, que abordamos cuando llegamos en los controles que realizamos”, dijeron sobre la ayuda profesional que brindan.

Transformar realidades

Lo que acercan a Chaco es el fruto de la tarea solidaria que realizan durante el año. “Lo hacemos boca a boca, ninguna empresa o entidad es benefactora del grupo, organizamos actividades para recolectar fondos y pedimos donaciones que personalmente llevamos en cada viaje”.

“Lo que siempre hace más falta son alimentos no perecederos y agua mineral”, señalan y plantean que la idea que barajan es que además de llevarles agua puedan instalar bombas para que ellos puedan tener su propio líquido vital para cocinar, alimentar animales y tener algún tipo de cultivo para el consumo familiar.

Para el viaje que emprenderán en los próximos días se consiguieron doce bombas de agua para instalar en las comunidades. Se necesitan más y se precisan herramientas, semillas y todo lo que pueda servir para crear una economía sustentable.

En cada viaje se proponen modificar realidades. Y esto es posible porque con la continuidad la tarea rinde mejores frutos. El esfuerzo es de ellos y de toda la gente de Pergamino que en forma anónima y desinteresada acerca lo que se necesita.

“La continuidad abre la posibilidad de darles mejores condiciones de vida”, asegura la odontóloga Astrid Marzo, quien reconoce que “con el paso del tiempo se van tejiendo lazos y encontrás gente conocida que de algún modo te espera”. Son muy generosos y agradecidos. Pero están resignados y no pelean, según relatan los miembros del grupo.

“En el último viaje una mujer nos pidió que le enseñáramos a tomar sus pastillas anticonceptivas. Alguien se las había dejado y ella no había entendido cómo tomarlas. Era una mujer que estaba enferma y que sabía que en esas condiciones no podía tener más hijos. Esa es una señal de que con el tiempo se va generando un grado mínimo de conciencia que les permite a ellos modificar su propia realidad y eso te da impulso para seguir”, agrega al relato María Inés, otra de las integrantes del grupo.

Saben que muchas veces lo que realizan no alcanza, pero saben también que la mano que tienden es la misma que dan otros grupos de distintos lugares que llegan a Chaco a lo largo del año. “Sabemos que cuando nosotros volvemos otra gente va para continuar la ayuda”, afirman. Y eso los conforta.

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