Francisco Wichter, el único sobreviviente de la famosa lista de Schindler que vive en la Argentina, contará en Tucumán su terrible experiencia
"Me llamo Francisco Wichter, Faivel es mi nombre en idisch. Mi número de condenado fue 105.262 KL. Soy judío, creo en los diez mandamientos. Pero en el horror que me tocó vivir, supe que hay uno más: 'Sobrevivirás'. Esa fue mi consigna y la de todos nosotros. Esa fue la fuerza que nos sostuvo y la que sostiene la historia increíble que voy a contar". Este es el prólogo del libro "Undécimo mandamiento", testimonio desgarrador del genocidio perpetrado por los nazis hace 70 años. Su autor, Wichter, es el único sobreviviente de la famosa lista Schindler que reside en Argentina. Luego de que su familia fuera exterminada por los alemanes y tras pasar por sucesivos campos de trabajo forzado, fue llevado a la fábrica que Oskar Schindler había montado en Checoslovaquia y que inspiró la aclamada película de Steven Spielberg.
En aquel momento tenía 13 años. Hoy, a los 88, será el principal orador del acto que se realizará mañana a las 20.30 en el centro cultural de la UNT (25 de Mayo 265) para conmemorar el Día del Holocausto y el Heroísmo, al cumplirse los 70 años del Levantamiento del Gueto de Varsovia. Durante el encuentro, que es organizado por la DAIA Filial Tucumán, disertará también el arzobispo de Tucumán, Alfredo Zecca.
En diálogo telefónico con LA GACETA, Wichter -que vive en Buenos Aires- reconoció que será su tercera visita a la provincia, aunque en las dos oportunidades anteriores su presencia pasó inadvertida. "Una vez vine como turista y otra como conferencista", aclaró. De todas formas, aseguró que esta visita le genera muchas expectativas. "Lo mejor es poder transmitir mi historia. Pese a todo estoy conforme con mi vida. Hasta dónde llegué y lo que pude hacer. Porque pude cumplir el legado que me dio mi madre. Hay mucha gente que no puede contar esta historia, el dolor los hace llorar o les cierra la garganta", explicó.
Sin embargo, no siempre fue así. Durante muchos años no pudo dar testimonio del genocidio realizado por los nazis y que acabó con toda su familia. Hasta que el reencuentro con Emilie Schindler en la Argentina desató la necesidad de hablar. "Mi familia no murió: fue exterminada. Por eso siempre digo que el Estado de Israel fue construído con las cenizas de los judíos masacrados en Polonia", agregó.
Cuenta que nació cerca de Lublin, una ciudad pequeña donde vivía su abuela: "la guerra empezó cuando yo tenía 13 años cumplidos, pero a los 16 ya me había quedado solo. Lublin era uno de los últimos pueblitos de judíos que todavía estaba casi intacto en ese sentido, aunque ya habían pasado muchas cosas".
El recuerdo de aquellos días quedó plasmado crudamente en su libro. "Tres días antes de la Fiesta de la Torá, que es un festejo de alegría, fusilaron a mi padre. Lo acusaron de cualquier cosa. Lo detuvieron cuando llevaba un ternero al mercado. Nos dieron cinco minutos para que alguien de la familia hablara con él. Mi madre no pudo y fui yo, que era el hijo mayor. Lo vi encadenado, no se podía parar. Me preguntó por la familia y me dijo: 'sos el hijo mayor y ahora tenés que ser el jefe de la familia'. ¿Qué podía hacer? Horas después lo fusilaron", recordó. Al otro día, ya advertidos de lo que sucedía en Polonia, los mayores de la familia eligieron a 10 jóvenes y los encerraron en un sótano. Esa fue la última vez que Wichter vio a su madre y a sus hermanos menores. Después se desató el infierno. Los nazis llegaron al pueblo, hubo corridas, gritos y luego un silencio que hería los oídos. Cuando todo pasó, los diez que están encerrados en el sótano salieron a la superficie y encontraron un pueblo fantasma. "Ahí descubrí que me había quedado huérfano", dijo.
Estuvieron rondado por el pueblo devastado varios días hasta que, junto con otros judíos, se agruparon en un campo de trabajos forzados que pertenecía al municipio. Pero, finalmente, se incorporó a la lista de Schindler porque tenía oficio.
Cuando terminó la guerra y luego de una azarosa travesía por Europa, Wichter llegó a Roma. Allí conoció a su esposa y se casó. Ella tenía visa para ir a Estados Unidos, pero terminaron en la Argentina, donde vivía una tía de él. Era el 4 de julio de 1947. Tenía 20 años y, con el tiempo, descubrió que aquí también se había refugiado el propio Schildler, junto a su esposa. "Esta experiencia te cambia para siempre -sostuvo-. Hemos perdonado muchas cosas, pero no se puede perdonar a los nazis ni a los hipócritas que dicen que el holocausto nunca sucedió".

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