Pequeñas picardías pergaminenses que ocasionan grandes problemas

Pequeñas picardías pergaminenses que ocasionan grandes problemas
Luego de sucesivos análisis y ensayos de explicaciones, surge el aspecto cultural como única conclusión común que subyace a estos males cotidianos.

La “viveza criolla” atraviesa nuestra sociedad, desde los más altos estratos económicos hasta el más humilde de los hogares; desde el más encumbrado profesional hasta el peón de campo; desde los cargos de mayor responsabilidad a un changarín; desde los adultos mayores hasta nuestros niños. Lamentablemente, este pretender “salirnos con la nuestra”, esta visión maquiavélica de que el fin justifica cualquier medio, nos está dando como resultado una ciudad selvática, donde el que es “vivo” la pasa mejor que quien hace bien las cosas.

No hay ley ni gobierno que nos saque de este esquema. A esa conclusión lleva el presente informe. Somos nosotros los que lo hacemos y sólo nosotros podemos cambiarlo.

DE LA REDACCION. Los pergaminenses poseemos una falta de conciencia social. Sí señor, las líneas que siguen están dirigidas a usted. Y a usted también, señora. Porque los actuales (o pasados, para el caso da igual) funcionarios pueden aplicar con rigor muchas ordenanzas municipales aprobadas por el Concejo Deliberante, pueden crear centenares de programas para información la comunidad, pero si usted no respeta las normas mínimas de convivencia –leyes escritas y consuetudinarias-, entonces deberá aceptar que tenemos un problema cultural y de una grave ausencia de conciencia social.

Cosas de todos los días

Si en la ciudad nos encontramos con restos de basura a cada paso, en cada vereda, de cualquier barrio que sea, la culpa recae en cualquiera menos en el ciudadano: tanto el servicio de recolección de residuos domiciliarios y el de voluminosos no son deficientes sino que existe una falta de conciencia de la comunidad en el incumplimiento del horario de sacar la basura o en arrojar papeles en la vía pública. Somos indiferentes a esta información y nos movemos según nuestra comunidad en cuanto al horario en que disponemos nuestros desechos en la vía pública. También en cuanto a la forma: que nos pasen a buscar las ramas producto de nuestra poda no quiere decir que las tiremos en la vereda así como las sacamos de los árboles sino que hay que embolsarlas para que el recolector haga su trabajo.

Por estas actitudes es habitual encontrar en horario matutino pilas de bolsas de basura, las que después son rotas por los perros, generando olores nauseabundos y las molestias del caso. ¿No ha visto también acumulación de basura en lugares inapropiados? Estas prácticas no sólo ocasionan la proliferación de plagas y roedores que transmiten y generan enfermedades sino que dificultan la recolección por parte de los camiones encargados de tal tarea. Pero claro, le echamos la culpa a los perros que rompieron las bolsas y al “basurero” que no junta el desperdicio que dejaron los animales.

El tránsito, caótico

El tránsito en Pergamino es caótico. ¿La culpa? Del crecimiento del parque automotor, de la cantidad de motos que circulan, del Estado municipal por la falta de controles. La culpa del desorden en las calles de la ciudad se le imputa a cualquier factor mas nunca a la falta de acatamiento de las normas por parte del ciudadano pergaminense, cuando en numerosos casos la responsabilidad sobre ciertos hechos lamentables es consecuencia directa de su conducta.

Las irregularidades cometidas por falta de sentido común y de conciencia social dificultan el buen desenvolvimiento del tránsito y pueden enumerarse: vehículos estacionados en garages u otros lugares que deben mantenerse libres para la circulación como comercios que tienen estacionamiento sólo para clientes, estacionar en doble fila, en las esquinas, encima de la vereda interrumpiendo el paso peatonal, en las paradas de colectivos y cerca del cruce peatonal. El “balicero” en la ciudad es un ciudadano reconocido fácilmente no sólo por la señal lumínica del automóvil con la que indica su maniobra sino también por sus frases en las que aduce: “Son cinco minutos nada más”, “Estoy esperando a mi señora que ya viene”, “Bajo a los chicos y vuelvo”, “Che, estoy trabajando”. En el caso de encontrarse con alguien que lo aliente a mover el automóvil, hará el típico gesto de la mano izquierda extendida con la palma hacia abajo y la punta del dedo índice de la derecha señalando la palma exigiendo “un minuto”. No estamos ni en la Edad Media ni en medio de una guerra para valernos del axioma atribuido a Maquiavelo de que “el fin justifica los medios”. No importa cuán importante o breve sea lo que usted tenga hacer; un automóvil que se detiene en doble mano siempre y en todos los casos perjudica al resto: todo se desordena por una actitud imprudente pero por sobre todo cómoda y desaprendida del bien común. A partir de ella otros deberán modificar su marcha con maniobras complejas o peligrosas para evitarlo. Esta infracción ocupa el primer lugar en el listado de las acciones que desorganizan el tránsito pergaminense de cada día, sobre todo en el microcentro. Encender las balizas no minimiza la infracción en la que se incurre. Y esto no se soluciona con un inspector en cada esquina sino asumiendo un par de cosas, como que no siempre se puede aparcar donde uno pretende, que existen estacionamientos céntricos a muy bajo costo, que quienes viven entre los famosos cuatro bulevares bien pueden movilizarse a pie hacia el Centro tratándose de un recorrido de no más de 10 cuadras o bien, si prefieren motorizarse, que a la hora de estacionar el barrio Acevedo no es el otro lado del mundo cuando el destino es San Nicolás y Avenida.

También es frecuente observar la circulación de motocicletas en contramano, por la Peatonal, por veredas, en fin, por espacios por los que no se debe.

Por otra parte, si bien están determinados los sectores de carga y descarga, así como también los días y horarios, es habitual ver transportes de carga que no cumplen con la normativa municipal, sobre todo en el microcentro, aunque en arterias alejadas del radio céntrico también se repiten estas infracciones.

Peatones

A pesar de que el semáforo es uno de los mecanismos creados para brindar seguridad vial a todos los ciudadanos, peatones, automovilistas y motociclistas no lo respetan. Aun mediando abultadas multas por cometer esta infracción, muchos conductores evaden las indicaciones del semáforo, así como también los peatones, poniendo en serio riesgo sus vidas. Cruzar una calle por cualquier lado menos por la senda peatonal o no tomar a un niño de la mano también son infracciones que se observan a diario.

Por todo lo expuesto es importante que aprendamos a querer a nuestra ciudad y a nuestra comunidad, a no arrojar desperdicios en la vía pública, a colocar la basura de manera adecuada, en bolsas bien cerradas, a dejarla en lugares dispuestos para ello y no esperar que todo lo resuelva el Estado.

Lo más triste es que actuamos de esta forma en Pergamino, en nuestra casa, donde manejamos cierta información que nos brinda holgura, pero cuando salimos y vamos a otras ciudades o países, nos manejamos como se debe, de manera prudente, atendiendo a las indicaciones viales, preguntando dónde y cómo proceder, aparcando donde es debido y pagando por ese espacio si es necesario para luego caminar hasta llegar a nuestro destino final. En otras palabras, afuera somos lo que debemos ser: buenos ciudadanos.

Si usted se sintió identificado con al menos una de estas prácticas es hora de darse cuenta quién causa todos estos inconvenientes: es hora de cambiar nuestro modo de pensar y actuar por el bien de todos y de las generaciones futuras. Un viejo refrán reza: “La educación empieza por casa”. La culpa no siempre es del Estado y parte de la solución está en nuestras manos.

Colofón

Como argentinos primero, y como pergaminenses luego, tenemos que cambiar de comportamiento reemplazando la viveza por la inteligencia, porque una sociedad no avanza en medio del caos sino con una actividad disciplinada y en equipo, en el cual cada uno asuma plenamente su responsabilidad por el bien común. La capacidad de recuperación argentina está ligada a la comprensión y superación de que tanto retroceso y tanta crisis en un país que todo lo tiene, está ligado más a la conducta y forma de ser de la sociedad que a factores externos.

Hay que cambiar la corrupción por la honestidad, el individualismo por la solidaridad, la anomia por el respeto a las normas y, en definitiva, la viveza por la inteligencia y el trabajo para llegar a tener una ciudad respetable.

Y las reformas deben surgir desde la familia, que es la primera educadora en los valores y célula esencial en la formación de la vivencia del respeto de cada uno y de sus derechos.

Diez casos tipicos

El pergaminense medio entre otras cosas se cree vivo cuando…

… el semáforo se pone en amarillo y en vez de frenar, acelera.

…como peatón, cruza las calles por donde se le antoja.

… para no tener malos olores o no afear el frente de su casa, coloca la bolsa de basura en el cesto del vecino.

… desde la mesa de café soluciona todos los problemas, pero nunca se sumó a un grupo de trabajo comunitario.

… estando apurado o no, o incluso bajo el pretexto de estar trabajando, estaciona en doble fila o en la mano izquierda, obstruyendo el tránsito.

… un inspector le advierte una infracción, no la acepta y trata de “arreglar de otra manera”

… si un convecino le advierte una infracción, le espeta un insulto.

… en la cola del banco, de cualquier oficina o la de la estación de gas, cualquier descuido del que está adelante es suficiente para ganar un turno.

… habiendo cestos de basura en la vía pública arroja papeles y otros desperdicios en la calle.

… va en moto y lleva el casco en la mano y no colocado en la cabeza, agravando el cuadro cuando transporta a toda la familia “para ahorrar unos mangos”.

Aforismos

Hay ciertas sentencias, situaciones y pensamientos que revelan la idiosincrasia de la viveza criolla:

“El vivo vive del zonzo, y el zonzo de su trabajo”.

La “mano de Dios” con la que Maradona hizo un gol a los ingleses en 1986 y que se celebrara como una viveza que produjo el beneficio del triunfo.

“Madrugar antes de que te madruguen”, lo que no significa levantarse temprano sino actuar rápido para engañar a los demás. Madrugar es sorprender. Es golpear primero. Es asegurarse la parálisis del otro para que ni siquiera haya réplica.

“Si uno no joroba, lo joroban”.

El “caballo del comisario”, pronunciada con comprensión para referirse a una persona con “cuña”, a favor de quien se realiza cualquier arbitrariedad.

“Total, si no robo yo, robará otro”.

“El fin justifica los medios”. El bienestar propio y Maquiavelo autorizan cualquier acción.

“Hecha la ley, hecha la trampa”.

La viveza criolla como causa de nuestros males cotidianos

Un grave defecto moral y cultural nos afecta como sociedad argentina y se ha convertido en factor de retroceso y crisis sucesivas.

La existencia de una cultura que busca el placer y evita el esfuerzo y el trabajo ha llevado a la crisis de la sociedad argentina que hunde sus raíces en las costumbres, prácticas y en la idiosincrasia de la “viveza”, caracterizada por la falta de respeto por los demás y la indiferencia por el bien común.

Los problemas de la Argentina cotidiana, los de la calle, están relacionados con algunos valores, creencias, normas y hábitos arraigados en nuestra sociedad, que influyen sobre nuestro modo de ver y hacer las cosas como individuos o grupos y se extienden a la actividad económica, las instituciones gubernamentales y la sociedad civil toda.

Y la causa principal no es otra que la “viveza criolla” como filosofía de progresar siguiendo la línea del menor esfuerzo e ignorando las normas, el sentido de responsabilidad y la consideración por los demás. Es la actitud argentina por excelencia, extendida a todas las capas sociales y económicas, a toda hora y en cada situación.

La viveza criolla significa la depredación oportunista, es decir, la prontitud para obtener máximo provecho a la mínima oportunidad, sin escatimar los medios a utilizar ni las consecuencias o perjuicios para los demás.

Alrededor de la viveza se imbrican una serie de manifestaciones culturales y morales que la forman y contribuyen a mantenerla. Como el individualismo extremo, con desconfianza en los demás y poca capacidad para asociarnos y cooperar en objetivos comunitarios. Ya no hay confianza interpersonal, que es un componente decisivo para el desarrollo económico y el buen funcionamiento de las instituciones democráticas.

También está la anomia -o debilitamiento de la moralidad común- como desviación social en forma de comportamiento que se aleja de las leyes generalmente aceptadas en una sociedad. Se traduce en la omisión, alteración o reemplazo de las normas de acuerdo con la conveniencia de algunos. Es palpable, la vivimos a diario, en las calles, las veredas, los espacios públicos. Y lo más triste es que la hemos naturalizado y eliminado de nuestro ámbito de responsabilidades para ponerle un valor monetario: si yo pago mis impuestos, esto o aquello deben estar limpio, sano, debe funcionar.

El hábito de culpar de nuestros problemas a algún otro es, tal vez, la expresión cultural que más daño nos causa, no sólo porque fomenta la paranoia y extravía el pensamiento y la acción, sino porque concede un permiso para la autoindulgencia.

La viveza personificada

Jorge Luis Borges nos describió diciendo: “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama viveza criolla”.

Seguramente estas afirmaciones las hizo Borges con su conocimiento y contacto con la vida porteña, cuyo prototipo de corrupción figura en una historieta que tiene más de 50 años: Isidoro Cañones, personaje de Dante Quinterno y típico “porteño vivo”. Pero bien nos cabe a los pergaminenses.

Otro personaje que nos ilustra fue Avivato, también porteño y vividor, dibujado por Lino Palacio, como personaje de la clase media que trata de evitar el trabajo y saca provecho de los demás.

Vivo o piola es el que se las sabe todas, es el vividor a costa de los demás, que utiliza como elemento principal la mentira, adornada con simpatía, considera que todos los medios son buenos para conseguir sus fines, Su interés justifica y legaliza todo.

Nuestro problema como sociedad radica en este punto de la viveza criolla, pues suele constituir un estilo de vida, conducta o comportamiento que fascina a algunos grupos sociales, por interpretarla como una capacidad especial más digna de admiración que de rechazo.

También el pensador y escritor Marcos Aguinis en “El atroz encanto de ser argentinos” se refiere a la viveza criolla en un capítulo; dice que tiene un efecto antisocial, segrega resentimiento y envenena el respeto mutuo y que sus consecuencias, a largo plazo, son trágicas. Sostiene que el considerado “vivo” se siente el centro del mundo; si las cosas le salen mal, la culpa la tiene otro; que es un maestro del fraude, que empaqueta en fina seducción.

Así somos

Aguinis describe al cultor de la viveza criolla con un rasgo básico: el “vivo” no cree en la Justicia. La viveza criolla consiste, precisamente, en atacar sin importar la ley y sin que la víctima pueda devolver el golpe. Desprecia la ley. Más aún: la ley es un obstáculo que se debe saltear o burlar. ¡Siempre!

Esta actitud es característica de los pergaminenses: menospreciamos la letra escrita y vigente; somos hijos del rigor que sólo nos atenemos a lo que sabemos es ley cuando existe la amenaza de ser reprendidos económicamente. Exigimos, demandamos normas que nos den mejor calidad de vida y no las cumplimos, las despreciamos. Hacemos valer nuestra localía y utilizamos el conocimiento del paño para estar siempre en el límite entre legalidad e ilegalidad, mientras que afuera, cuando la jugamos de visitantes, somos otras personas.

Y por sobre todo, despreciamos al de al lado, al vecino, al prójimo cuando accionamos en nuestro favor sin importar el bienestar del otro, en el tránsito, en la vía pública, en nuestro barrio.

Y al hacerlo, nos sentimos “vivos”.

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