Pepe Mujica, o cómo sigue una historia muy uruguaya

Hace treinta y ocho años, en la agitada ciudad de Montevideo, dos guerrilleros eran detenidos: él, experimentado ciclista, en buen equilibrio sobre una bicicleta cargando una subametralladora; ella, fatigada, ocultando una granada, con un revólver de grueso calibre en la cintura. Ninguno opuso resistencia.
A esas alturas el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros estaba derrotado definitivamente, y el hombre con cicatrices de bala mal curadas y varias fugas y detenciones en su haber no estaba, al igual que su compañera, también prófuga, en condiciones de continuar. El maltrecho guerrillero era José Mujica Cordano; ella, todavía glamorosa, Lucía Topolansky Saavedra. Dos mandos medios tupamaros de profuso historial hoy convertidos: él en presidente de la República Oriental del Uruguay, ella en primera senadora de la lista más votada, del partido más votado, en las últimas elecciones.

En 1984, cuando el país recuperó la democracia, la pareja, luego de trece años de durísimo confinamiento, no se distinguía del resto de los presos políticos. Por entonces los "tupas" ni siquiera integraban la coalición de izquierda que en los primeros comicios posdictadura, frustrando esperanzas, mantuvo sus guarismos fundacionales. La guerrilla era otro de los muchos grupúsculos radicales, por más que lo inusual de su pasado inspirara repudio en las mayorías y aisladas simpatías en las izquierdas, sin que ni ello ni la creciente literatura retrospectiva que la rodeó le otorgaran mayor significación política. En esa atonía, que duró años, el Pepe y Lucía eran dos entre otros.

Los aires cambian rápido a partir de 1994, cuando el hombre es elegido diputado y la izquierda comienza su despegue, con una modesta contribución tupamara. En el nuevo escenario el Pepe se destaca como una figura atípica, inusual en todo: su lenguaje (franco, coloquial, bárbaro, sin conjugaciones ni plurales, pleno de solecismos, usualmente tierno, no sin desplantes, a veces actoral), su historia, su ausente corbata, su motoneta, sus desplantes, su pareja, su decrépita casa-chacra, sus flores, su decir entre Discépolo y Sartre, la polémica que lo sigue. Al unísono, la fulminante atención de los medios, más interesados en él cuanto más agredidos.

En 1999 asciende al senado, el MLN crece, fundamentalmente con el voto joven y los decepcionados: Mujica es personaje. En 2004, ya ministro del Frente, jura que no será candidato pese a ser el político más popular del país. La gente aplaude la que entiende su autenticidad, su falta de acartonamiento, su calidad antisistema. En el 2009, imparable, vence a su rival en la interna, un economista hiperracional que juega a su antítesis. Enseguida es electo presidente. Su esposa, figura igualmente atípica, primera senadora; el MLN Tupamaros, a su influjo, el grupo más votado de la izquierda.

En quince años el guerrillero de bajo perfil asciende a las cumbres del poder. Hoy, ayudado por sus últimas actitudes y sus discursos de apertura, abiertos y contemporizadores, emerge como el hombre de la providencia. Seguramente muchas cosas explican este éxito, pero una se destaca por sobre todo: la enorme plasticidad del sistema político uruguayo y de su cultura democrática, capaz de digerir, sin deformarse ni romperse, cambios históricos de esta magnitud. Una plasticidad que engloba a todos los actores, desde la oposición a la izquierda, de sindicatos a empresarios.

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